40 años sin Rulfo

40 años sin Rulfo

Josefina Reyes Quintanar

El pasado 7 de enero se cumplieron 40 años del fallecimiento de Juan Rulfo, novelista, cuentista y fotógrafo fundamental de la cultura mexicana del siglo XX. En 1986, a las 8 de la noche, murió en su casa de la calle Felipe Villanueva número 98 en la ciudad de México por un infarto a causa del cáncer pulmonar que padecía. Reconocido mundialmente por sus aportes a la literatura, es considerado una leyenda en nuestro país, mostrándonos en sus obras tradiciones cristianas e indígenas situadas en escenarios rurales en un tiempo posterior a la Revolución Mexicana y a la Guerra Cristera.

Nos mostró la situación socioeconómica de los pueblos, la relación entre el hombre y la naturaleza, sus carencias, sus soledades, una realidad cotidiana de hombres y mujeres incrustados en un mundo quimérico. La recreación de personajes como gente común y corriente, pero que recuerdan y transmiten sus vivencias y remordimientos, como si fueran a morir, pero con una conciencia del que ya esta muerto, una narrativa de conciencia al borde la muerte.

Rulfo vino a poner fin a la Novela Revolucionaria, apartándose de los grandes de esa época como Agustín Yáñez, Martín Luis Guzmán y Mariano Azuela; tenía una perspectiva crítica y pesimista debido a la superficialidad en el tratamiento de sus personajes, dejando de lado las secuelas humanas y sociales del conflicto; criticó profundamente los ideales de la revolución por su falta de concreción y la desolada situación que dejó el conflicto armado en la población. Describió esa soledad absoluta en que quedaron los pueblos al final de la Revolución, ese olvido en el cual muchos así se quedaron. Digamos que, transformó esa visión en algo profundamente más humano. Fue el parteaguas que dio paso a la generación de escritores pertenecientes al boom latinoamericano.

Es considerado incluso como el padre del realismo mágico en la literatura hispanoamericana. Cuentan que, al llegar Gabriel García Márquez a la ciudad de México, con algunas obras inconclusas bajo el brazo y aún sin un estilo propio para darles un buen término, su amigo Álvaro Mutis le recomendó algunas lecturas, principalmente Pedro Páramo, diciéndole que lo leyera para mejorar su escritura. Ese fue el punto de inflexión y la gran influencia en la que García Márquez descubrió una narrativa diferente, el toque de contar historias únicas desde elementos fantásticos e irreales dentro de la cotidianeidad.

Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno siempre fue controversia al momento de definir sus orígenes. Que si nació en Apulco, o en Sayula o en San Gabriel, o en algún pueblo del sureste jalisciense. Con sólo seis años, la Guerra Cristera le arrebató a su padre y cuatro años más tarde de este suceso pierde a su madre. Es claro que su infancia marcó su personalidad sobria, Juan solía rehuir a hablar sobre sí mismo. Era silencioso, introvertido, celoso de mostrar su intimidad y enigmático

Como fotógrafo, fue en 1980 que Rulfo se dio a conocer en una exposición en el Museo del Palacio de Bellas Artes, concebida como homenaje nacional. Dejó un legado de más de 6000 mil negativos. Basta conocer algunas de sus fotografías para darnos cuenta de que no fueron tomas improvisadas, sino parte de la naturaleza de Rulfo plasmada en imágenes, donde profundiza en los mismos temas que en sus obras literarias. Hagan el ejercicio de releer sus obras a la par de mirar algunas de sus fotografías y la experiencia es bastante grata. No en vano trabajó en cine, escribiendo argumentos y guiones cinematográficos, participando en 37 películas, colaborando incluso con Emilio “el Indio” Fernández.

Juan Rulfo es un misterio como escritor. Alabado por Pedro Páramo y El llano en llamas, el público no le perdonó el silencio que se impuso después de estas obras. Siempre juzgado y cuestionado en entrevistas por la falta de más producción, tenía respuestas para todos. ¿Fue Pedro Páramo una manifestación del genio en estado puro? Decía Rulfo: “Yo no creo en la inspiración, sino en el trabajo. A veces escribo seis o siete páginas y de pronto surge la historia que quiero contar… Pedro Páramo lo tenía en la cabeza desde hacía muchos años. La tenía escrita en la cabeza, pero no encontraba la forma. Los cuentos me sirvieron de ejercicio. En ‘Luvina’ encontré la atmósfera necesaria para la novela” le confió en una entrevista a Armando Ponce.

Tuvo que encontrar su piel de lagarto ante las críticas por su laconismo. ¿Por qué no escribió más? Porque el escritor no es una fábrica, como bien lo dijo en su momento Rulfo. Considero su mejor respuesta a la falta de más obras la muerte de su tío Celerino, quien “le platicaba todo”. No en vano su estilo fue el realismo mágico; el tío Celerino realmente existió, y fue quien le contaba esas historias fantasiosas de pueblos y gentes.