De la herencia neoliberal
Juan M. Negrete
Le hemos estado dando un entre somero a la formación y construcción de estados nacionales en el mundo. Es asunto complejo. Nuestra intención es aportar, como se dice, un granito de arena. Para su mejor comprensión, buscamos ejemplos con figuraciones y cuadros de la historia mexicana. Partimos de la visión que nos transmitieron nuestros ascendientes.
Estamos conscientes de que una buena parte de nuestra población apenas roza la superficie de tales asuntos. Pero en honor a la verdad también hay que decir que los mexicanos estamos mejor enterados de nuestro pasado de lo que lo están muchos otros pueblos. Es el caso de nuestros vecinos gringos, para no ir más lejos. Pero mejor sigamos adelante.
Ya dijimos que en estos trabajos de construcción ocupó un lugar preponderante lo que conocemos como ‘nuestro pacto social’. Nos duró desde 1917, con la promulgación por el gobierno de la revolución de nuestra carta magna, hasta la llegada al poder de los tecnócratas en 1982. A partir de tal fecha se le fue dando un viraje en serio a nuestra economía y al mismo perfil de país que habían venido construyendo nuestros ancestros, hasta convertirla en un adefesio neoliberal.
Por el año del 2018, mediante la vía electoral, nuestro pueblo frenó la descomposición o desnaturalización de lo heredado de nuestros abuelos revolucionarios. Se inició la reconstrucción de aquel pacto social, descuidado o de plano abolido. El daño estructural propiciado por este viraje fue enorme. Volver a poner sobre sus pies a nuestro estado-nación ha sido faena de titanes. A ello está entregada la que nombramos 4T o cuarta transformación del país. Esto ya nos es plenamente conocido pues es lo que aplaudimos o desaprobamos todos los días. Son los asuntos vivos de nuestra cartelera cotidiana y no podemos fingir demencia, como si no nos afectara esta cuita colectiva.
Para conectarnos pues bien con lo que había y que ya íbamos perdiendo, démosle una pasada rápida a lo que teníamos (que ya lo expusimos) y que se había cebado la tecnocracia local en dilapidar o de plano destruir: Los materiales modificados por la experiencia neoliberal con nuestras cosas. Tal vez así entenderemos mejor los empeños de los gobiernos actuales o de la 4T. Cada uno de estos puntos conocen una amplitud enorme. Vamos tan sólo a señalarlos.
El punto central de esta disputa interminable se radica en el papel que se le señala a la instancia misma llamada estado. Dijimos que el formato económico que teníamos era el de una economía mixta, en el que participan a brazo partido tanto los particulares, como el estado. Éste ocupa un lugar preferencial, en el sentido de que cuando la iniciativa privada falla, el brazo estatal interviene y frena los daños. Por tanto, habrá que entender que es el que atiende los renglones estratégicos, que son centrales en toda economía: los energéticos, la minería, la actividad portuaria, los transportes y más.
En el campo educativo, la presencia estatal dominante iba siendo dinamitada con la presencia y expansión de los institutos educativos privados. El magisterio nacional le hizo frente a las reformas estructurales en este campo, que volvían a la educación una mercancía y la desinflaban como derecho social. Los neoliberales no pudieron demoler esta resistencia y hay buenos augurios de que la tarea recupere su cauce.
Al santo clero se le había despojado de su personalidad jurídica. Se había enviado a la clerigalla a un segundo plano, ateniéndonos a su relación con las instancias del poder y aún de la economía casera. Esa vieja dinámica concluyó y los señores prelados volvieron por sus fueros. Lo primero que se hizo para este retorno fue el restablecimiento de relaciones diplomáticas con el Vaticano. Si esto es positivo o negativo, ya se verá.
En lo normado a favor de la clase trabajadora, las conquistas conseguidas a su favor sí sufrieron en serio un descalabro. Tal vez los liberales no modificaron tanto en lo formal de nuestras leyes laborales. Pero dato duro saber que lo que amparaba la existencia de sindicatos, de contratos colectivos, de derechos de huelga y prestaciones sociales pasó a ser letra muerta. Seguirán todas estas conquistas estampadas en los escritos legales, pero… como si no estuvieran. Al darle un repaso a lo que se conoce como outsourcing, a la expansión de los contratos temporales, a la eventualidad laboral, al desempleo rampante, a la informalidad y más yerbas, podemos concluir no que sea un campo minado sino, de plano, devastado. Tal vez no habrá que arrancar de cero, pero casi.
Mucho peor es la suerte infame a la que sometieron nuestros liberales con nuestros campesinos. Salinas de Gortari gritó a voz en cuello que el reparto agrario había concluido. Tras ello, se decretó la pena de muerte para los ejidos existentes y para las comunidades agrarias indígenas. Las propiedades ejidales pasaron del régimen social al formato de la propiedad privada. Y si se puede traficar con ello, pues entonces pasaron a ser mercancía y las rigen los vaivenes del mercado.
No se detuvieron en esto nuestros neoliberales. En el campo de la minería autorizaron lo que llamaron concesiones y entregaron a este rubro la cantidad de 130 millones de hectáreas. Si se compara con las cifras del anterior reparto agrario, con el que se favoreció a campesinos sin tierra, que fue de 110 millones de hectáreas, sobran los discursos. Más claro no canta un gallo. Si consideramos que la extensión del país es de 200 millones de hectáreas, sólo un ciego no ve a dónde se dirigía el conato real de nuestros neoliberales.
Su bandera de fondo era la privatización total de todos nuestros empeños económicos. Eso fue el Fobaproa, eso son las Afores, eso son las insultantes ganancias bancarias. La moneda sigue en el aire.




