La Chilaca (cuento) / VII
Mel Toro
Séptima parte:
No fue al obispo Miguel González Ibarra al que se la canté. Él llegó a Autlán en el año 61. Yo tenía entonces apenas diez años. Ni esperanzas que me hubiera dado todavía al trago. Así que no fue con él. No duró mucho aquí. Se lo llevaron pronto a Hermosillo, para sustituir a uno que mataron por allá. Dijeron que por robarlo. Sería como unos cuatro años después de que llegó a Autlán. Sacando cuentas andaba yo en los catorce o quince años, cuando lo trasladaron a Sonora. Yo todavía no tomaba alcohol. El siguiente fue Everardo López Alcocer. Tampoco le canté la canción a él. Y te voy a decir por qué lo descarto.
Una es la misma de antes. Yo no tomaba todavía. Y el hecho ocurrió cuando ya me ponía mis buenas guarapetas. Así que tampoco fue con Everardo. Tengo más razones para descartarlo. Murió muy pronto. Fue el que chocó en el crucero de la Concha dos o tres años después de que llegó. Pero además fue un obispo muy serio. No le daba bola al profe Memo Chanclas, como sí se la dio a éste González Ibarra. El profe Memo les sabe hallar el lado sensible a los hombres poderosos. Se les planta a un lado y luego medra a sus costillas, o a su sombra. Y éstos lo dejan hacer. No logra embaucar a todos. Con López Alcocer no pudo hacer de las suyas.
Esa fiesta, en la que canté, fue organizada por el profe. Así que ¿ya ves, comunista? Son muchos elementos para descartar a González Ibarra y a Everardo.
_ Tuvo que haber sido entonces con Maclovio.
_ Exacto. Fue con Vázquez Silos, el tercer obispo que tuvo Autlán. Él sí le hizo caso a las impertinencias del profe. Le volvió a dar bola como González Ibarra.
Por cierto, el profe encandiló a Maclovio con la tarea de construir una capilla en un barrio nuevo, que se estaba abriendo entonces. Es el barrio que sigue al del Pocito Santo, donde eran los patios. Ahora le dicen Talpita, por lo de la capillita. Eran patios donde se ponían a secar los chiles. También jugaba ahí beisbol la muchachada. Nadie sabía a quién pertenecían estos terrenos. Pero un día el licenciado Sergio Corona Blake, hijo de don Alfonso, los empezó a fraccionar y los vendió. Por el hambre de vivienda, volaron los lotes, aunque es un espacio barroso y se resquebraja el piso. El licenciado dio papeles en trozos de papel de estraza. Los llenaba a mano. Nadie se la hizo de tos, porque era mucha la urgencia de tener un rincón donde ampararse.
Antes no había tanta boruca con esto de las escrituras. Se asentaba uno en un lote, lo manifestabas y a poco ya era tuyo. Nadie te reclamaba ni te hacía bronca por el terreno. Así que el licenciado vendió. Volaron todos los lotes en un santiamén. Si era terreno suyo o no, ya es cosa juzgada. Ahora ni siquiera tiene importancia la cosa, porque luego vino el Corett y regularizó todo. Todo mundo tiene sus escrituras en regla. Pero de cosas de barrios te dije que ya no iba a hablar. Traigo a la memoria el dato, porque fue en las fechas en que se andaba levantando todo esto. Memo Chanclas andaba desatado construyendo la capilla de Talpita. Fue pues cuando Maclovio y cuando yo ya era briago en forma.
Chanclas organizaba tardeadas y fiestas. Tenía variados motivos. Que si reinas del pueblo; que si la miss Grullo; que si torneos deportivos; que si graduaciones del fin de curso de su academia. No perdía pretexto. Las más lucidas de sus extravagancias tuvieron que ver con las campañas políticas, de las que no podía darse de lujo faltar, pues lo hacían acomodarse con los grillos en turno.
Como era muy listo para el chanchullo, emborucó a monseñor Maclovio para construir la ermita de nuestra señora de Talpa. El obispo le autorizó colectas, fiestas y kermeses con dicho fin. Memo era hiperactivo y en pocos años, ya con el permiso de la curia en la bolsa, empezó la construcción. Quién sabe cuánto se echaría él a su propia bolsa, que es la parte oscura de sus tratos. Y quién sabe también qué clase de cuentas le rendiría al obispo. Pero de que se veían avanzar las obras del templecito, que ni qué.
La fiesta, en la que le canté a monseñor Maclovio la canción del grullense, no era para el templo. Tampoco para campañas políticas, porque entonces no se usaba que los señores de sotana se pararan a los mítines, ni a cosas de la política. Lo tenían prohibido. Fue para una graduación de su academia. Se acordarán que en esos cursos el profe enseñaba a la muchachada a escribir a máquina y a redactar oficios. Dizque salíamos listos para trabajar en las oficinas. Muchos dieron el ancho para secretarios, sobre todo muchachas. No sé si por bonitas o por eficientes, pero las contrataban. Pues terminó uno de sus cursos y montó la graduación con misa, fiesta y toda la cosa. Engatusó a Maclovio para que fuera el padrino de la generación y lo hizo oficiar la misa. Ya para entonces eran amigos.
El señor vino. Le dio el gusto. Ofició la misa a pleno mediodía, en la parroquia. La comitiva de los graduados, en junta de familiares y amigos, se trasladó del templo al banquete de honor. La fiesta fue en el club de leones. No era un fiestonón de antología, como tú dices cuando cuentas tus cosas, pinche comunista. No iba a haber gente pomadosa, porque los alumnos de la academia del Chanclas eran más pobres que los de la otra academia, la de la seño Cuca Carvajal. Pero como sea, juntaron lo suficiente para rentar el club y ahí fue todo el guateque.
[Continuará…]




