¿Ah, verdad? ¿No que el Oxxo y el súper eran mejores que la tiendita?
Un día después del cataclismo criminal, esas pequeñas oquedades en los barrios —tapizadas de publicidad de todo y visibles por sus largas filas— surgieron como pequeños remansos. Ahí estaban sus últimos cartones de leche, el huevo, el pan industrializado y una que otra chela; muchos carbohidratos, frituras interminables y latas de lo que hubiera para sortear la penuria delictiva frente al streaming y mis redes gordas, gordas, repletas de fake news y comunicados oficiales que juraban, hasta por Diosito, que todo estaba en orden y absoluta normalidad.
Ah, cómo extraño los taquitos de todas las esquinas de mi Guadalajara y la corneta (aunque me alburee yo solo) de cualquier antojito de reparto por moto.
No, si eso del crimen organizado está cabrón.
Un monumento a mi tendero: valiente, audaz y carero.




