Manuscrito
Josefina Reyes Quintanar

Alguna vez me explicaron sobre la importancia de la correspondencia, ese ejercicio entre dos personas de escribirse cotidianamente, un medio de comunicación que permite el contacto a distancia, teniendo un tema en específico o simplemente contando nimiedades del acontecer diario. En ese momento no lo comprendí, pero con el pasar de los años esa explicación ha creado eco en mi pensar, la relevancia que puede tener en la vida el fungir como remitente y contar con un fiel destinatario fomentando una relación, un lazo de amistad, un estudio serio sobre alguna materia significativa para alguno.
Actualmente nos jactamos de una buena comunicación, inmediata; basta enviar un whatsapp o incluso realizar una videollamada para acercarnos al otro, para hacer de su conocimiento un mensaje. Pero comúnmente esto debe ser rápido, un texto corto y claro; la vida no nos da para profundizar en nada con estos medios de comunicación. Y ya ni hablar de vernos en persona, el tráfico y la distancia nos lo prohíben. Hasta configuramos la aplicación para que en un corto periodo de tiempo borre todos los mensajes. Todo es instantáneo, lo que escribí hoy mañana ya no importa.
Quizá el correo electrónico podría funcionar, hagamos una excepción con este medio. Pero la correspondencia tradicional es un caso distinto. Es algo similar a la eterna discusión de optar entre el libro electrónico o el físico. Una carta escrita a mano es de una valía extraordinaria. La belleza de la caligrafía (y en muchos casos su antónimo), el aroma, la textura del papel (todo esto puede ser exponencial si hay sentimientos de por medio). La tinta utilizada, la firma autógrafa, la formalidad del escrito, el tiempo utilizado para su creación. Además, al ser física puede atesorarse, tenerlas a la mano para releerlas, guardarse por años y pasados algunos revivir ese momento dando mágia al recuerdo.
Si destacamos el lenguaje como uno de los elementos que nos caracterizan como humanos, en la correspondencia podemos recalcar ese factor, esa calidez y empatía entre dos personas, la creación de un sentimiento tanto al enviar como al recibir una carta. No en vano entre gobiernos y países se sigue optando por el papel y la tinta para la formalidad entre sus relaciones de cualquier tipo. Aún utilizamos la famosa frase de “papelito habla”.
Y por supuesto, tenemos la riqueza de los epistolarios, esa colección de cartas de algún famoso autor, en la que pueden incluso existir las respuestas de los corresponsales. Poseen un gran valor histórico y una excelente referencia de estudio cuando queremos adentrarnos en la literatura u obra de algún personaje histórico, descubrir esa intimidad y conocer las peculiaridades de su vida cotidiana. Un claro ejemplo es Vincent van Gogh, de quien se conservan más de 650 cartas, la mayoría dirigidas a su hermano Theo, y gracias a las cuales entendemos su obra y la lucha interna que vivía.
Famosos epistolarios son los de Cicerón, Séneca, Plinio el Joven. De este último se perdieron muchos de sus escritos como poeta o abogado, pero gracias a la conservación de sus cartas es que se conoce la administración ordinaria del siglo I en Roma o la erupción del monte Vesubio en el año 79, la cual fue causa de muerte de su tío y mentor Plinio el Viejo (considerado el mejor naturalista de la antigüedad), o su carta sobre los cristianos dirigida al emperador Trajano, pidiendo consejo sobre cómo tratarlos ya que en ese tiempo eran considerados una plaga.
Por otra parte, tenemos la correspondencia entre escritores: entre Hermann Hesse y Thomas Mann, entre Yasunari Kawabata y Yukio Mishima (existe una edición de sus cartas de 1945 a 1970, 25 años de oro molido), entre Gustave Flaubert y la escritora George Sand, entre Albert Camus y el poeta René Char, entre muchos otros. No perdamos la oportunidad de escribir una carta, y si encontramos un destinatario, preservemos el lazo epistolar.




