La Chilaca (cuento) / VIII
Mel Toro
Octava parte:
Al saber los de los arreglos que no iba a haber tanta gente, habilitaron un pedazo de la pista para la mesa de honor. En el estrado estaba el mariachi a todo lo que daba. Y en los tejabanes, alrededor de la pista, se colocaron las mesas de los comensales. Por supuesto que todo era algarabía y contento. Era una fiesta rumbosa, como las que organizaba Chanclas, se acordarán. Ahora sí les voy a dar chanza de que pregunten. Solo, ya no voy a armar bien el cuento. El piquete ya se me está empezando a subir a la cabeza. Así que, van a tener que auxiliar a mi memoria, que me falla con el pisto.
_ ¿Tú fuiste a esa fiesta o te la contaron? – pregunta uno.
_ ¡No te estoy diciendo que le canté yo una canción al obispo! ¿Cómo pude habérsela cantado si me platicaron la historia de la fiesta? Conecta tu lengua con tu cerebro, cabrón. No me hagas enojar.
_ Bien. Ahí estuviste. Pero ¿Ibas bien borracho o a media bola?
_ No podía ir hasta las manitas. Tengo que pintarles bien el cuadro.
Se levanta, da unos cuantos pasos para desentumirse y vuelve al centro de la rueda.
_ Ya les dije – retoma la historia – que fue en el tiempo en que me perdía en el alcohol. Todavía le pito al cuerno, pero ya no tanto. No iba bien lleno, porque ni siquiera me hubieran dejado agarrar el micrófono. Cuando me perdía, andaba descamisado y hasta a raíz. Dormía donde se me hacía de noche y no comía nada en ninguna parte. Me levantaba y seguía bebiendo, hasta que no sabía de mí. No me la cortaba en una semana, en diez días, hasta que Raúl, mi hermano, o alguno de mis primos me recogían. Me encerraban en mi cuarto y me la cortaban a fuerzas. Tenían que amarrarme y dominarme, hasta que ya se me pasaban los efectos del delirium tremens. ¿Así está bien dicho, comunista?
Ahora me controla este pinche comunista, que cargo a todos lados y que no deja que pierda la conciencia, lo cual le agradezco mucho. No me deja llenarme, aunque me encabrone y quiera seguir tomando. Pero me deja echarme una que otra, de vez en cuando. Lo cual está bien. Tomar, pero no hasta perderme, como antes. Me reponía, duraba un tiempecito sin probarlo, ni olerlo siquiera. A poco volvía a agarrar la jarra y a mi calvario.
Ese día no andaba todavía como esperpento. Traía ropas de ver y mi aspecto no era de pepenador, de borracho perdido de días. Di el gatazo, de manera que el señor obispo autorizó que me proporcionaran el micrófono. Si yo hubiera andado ya en altos vuelos, el señor obispo lo hubiera notado y no hubiera concedido su autorización para que lo complaciera, como era mi ruego insistente. Sí me había echado unos tragos. Ya traía media estocada por lo menos. Pero me sentía confiado porque por esas fechas, tomando aguantaba dos o tres días. Antes de eso no me daba el ramalazo. Poco a poco perdí fortaleza. Pero al principio era macizo. Tragaba mucho alcohol y no se me notaba que andaba en el agua. Así que tuvo que ser en los primeros días de una de esas borracheras.
_ ¿Sabes cantar? ¿Estudiaste canto en alguna parte? ¿O por qué te diste valor para ofrecerle un concierto a un obispo?
_ ¿Para cantar el grullense se ocupa estudio? ¡No seas mamón! ¿Quién no se sabe esta canción nuestra, que nos identifica en todo el mundo?
Por dondequiera que ande
Yo mis canciones he de llevar.
No hay lugar en el mundo
Que tu recuerdo me haga olvidar
Por dondequiera que ande
Siempre en mi mente te he de llevar.
Yo soy puro grullense
Son mis querencias de este lugar.
Por donde quiera que ande
Yo tus recuerdos he de cantar….
_ Así no empieza – retoba uno de los más chicos: Yo soy de esta tierra querida / soy puro grullense.
_ Si ya se la saben, para qué están fregando con que les dé pelos y señales de todo. Aténganse al cuento y no jodan.
_ Sí, sí. Es canción conocida -. Le dice otro escucha más maduro -. Pero tú la quisiste brindar a un personaje de la jerarquía eclesiástica. A alguna habilidad especial en cosas de canto te atenías.
_ Fue cosa de desvergüenza. Andábamos de coleros. La Chita, el Chato, hermano de Rabanito, Pancho Pimienta, la Peseta, Gustavo el Zancudo, y otros más. Aprovechando que la comitiva se dirigió al club de leones, nosotros nos integramos al barco y, cuando menos pensaron los organizadores, ya estábamos en la barra ingiriendo y destapando botellas. Iba a estar medio cabrón que nos sacaran del baile. Y más cuando todos los meseros y organizadores nos conocían bien y sabían que no íbamos a molestar a nadie con comida. Lo nuestro era el trago y por él íbamos. Como hace el genio de Aladino, que se le aparece al destapar la botella. Así nosotros. Tampoco estábamos haciendo mucha boruca. Ya nos habíamos colado hasta la barra y nos habíamos servido nuestros chupes.
[Continuará…]




