
El 28 de febrero de 2026, en La Esperanza, encendimos un proyector frente a la noche. Sobre las gradas de la gruta apareció el rostro de Berta Cáceres. Moví el proyector, ajusté el encuadre y, cuando su imagen comenzó a dibujarse sobre la piedra, sentí que no estaba colocando solo una fotografía. Era una presencia que volvía a ocupar el espacio público. Una forma de decir que, aunque hayan pasado diez años desde su asesinato, hay nombres que no se apagan.
Escribo su nombre como ella decidió nombrarse: Berta, sin h. Ella misma decía que esa letra era colonial. Nombrarla como eligió llamarse también es una forma de respetar su memoria.
Berta Cáceres fue una mujer lenca, defensora de los ríos y del territorio. Fue coordinadora del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH) y una de las voces más firmes contra los proyectos extractivos impuestos sobre las comunidades indígenas.

Denunció la imposición de megaproyectos hidroeléctricos, la militarización de los territorios indígenas y la forma en que se tomaban decisiones sin consultar a los pueblos. Defendió el derecho de las comunidades a decidir sobre su tierra, su agua y su futuro.
Por defender la vida fue asesinada en 2016.
Pero lo que intentaron apagar terminó convirtiéndose en semilla.
Mientras veía su rostro iluminando la piedra pensé en lo que significa recordar en Honduras. Aquí la memoria casi siempre depende de la insistencia de las víctimas, de las organizaciones y de quienes se niegan a aceptar el olvido. Desde mi trabajo en la Red Lésbica Cattrachas he aprendido que la memoria no es pasiva: se construye, se defiende y se sostiene.
El domingo 1 de marzo de 2026 también proyectamos el rostro de Keyla Martínez frente a las instalaciones de la Policía Nacional de Honduras en La Esperanza.
Allí, en febrero de 2021, Keyla Martínez fue asesinada dentro de una celda policial después de haber sido detenida durante el toque de queda. Tenía 26 años y estudiaba enfermería. Era joven, tenía sueños, tenía una vida por delante.
Cuando su imagen apareció proyectada sobre el edificio sentí un nudo en la garganta. En ese momento entendí que no era solo una proyección: era una denuncia hecha de luz.
Durante unos minutos, ese edificio tuvo que convivir con el rostro de Keyla Martínez. Con su mirada joven. Con la memoria que muchos han querido empujar hacia el olvido.
Y también con una pregunta que sigue resonando en demasiadas familias hondureñas: ¿quién responde cuando es el propio Estado el que falla?
Berta Cáceres y Keyla Martínez no comparten la misma historia, pero sus nombres hablan del mismo país.
Un país donde defender la vida puede costar la propia y donde demasiadas veces las víctimas tienen que luchar incluso después de morir para que su historia no sea borrada.
En un país atravesado por la impunidad, encender un proyector puede parecer un gesto pequeño. Pero en la oscuridad, cualquier luz se vuelve poderosa. Esas noches, los rostros de Berta y Keyla iluminaron piedra y concreto para recordarnos que mientras la justicia no llegue, la memoria seguirá apareciendo en las paredes, en las montañas y frente a los edificios del poder.
Quiero también agradecer a Andy Tosta, artista digital que creó las imágenes que proyectamos. Su trabajo permitió que sus rostros regresaran al espacio público con fuerza y dignidad. Porque cuando el arte se encuentra con la memoria, también se convierte en una forma de resistencia contra el olvido.
Alex Izán Hernández
Coordinador del Observatorio de Violencia Social y de Género
Red Lésbica Cattrachas
alexizanhn@gmail.com
www.cattrachas.org



