¿Qué es ser plurinominal?
Juan M. Negrete
El lío presente en nuestro mundo electoral tenía que estallar en cualquier momento, y llegó. La propuesta de reforma, que envió la presidenta Claudia al poder legislativo, desató correas e inflamó iras de quienes se sienten afectados. No son muchos, pero alzan ruido. Volvemos el rostro y atendemos sus gruñidos, que no son razones ni argumentos. Es lo que brotó de nuestro yermo suelo y habrá que atenderlo.
El cuadro del reparto legislativo se descompuso. En la época dura del monolito partidista, monopolizado por el PRI, no lo conmovían ni los terremotos, tan destructivos. Habría que decir entonces que nada les quitaba el sueño a tales depredadores. Bien, pero ya emitimos, adjetivando, un juicio de valor, sin antes haber señalado o presentado a los personajes aludidos. Habrá que ir en orden pues.
Desde que nuestra gente descontinuó a los tiranos y a los caudillos, es decir, tras nuestra revolución de principios del siglo XX, se fundó el primer partido político, instancia que nos era desconocida. Su constructor fue Plutarco Elías Calles. Se data como fecha el año de 1929. Por esos días estaban muy agitadas las aguas, porque el presidente recién electo, Álvaro Obregón, acababa de ser asesinado. No era cualquier figurín. Había sustituido, dentro del formato de los caudillos, a Venustiano Carranza, asesinado en 1920. Fue presidente el siguiente cuatrienio y luego se fue a Sonora, el período de Plutarco, para volver a lanzar su candidatura y volver a gobernar. Las malas lenguas decían que era el poder tras el trono. Es decir, que Plutarco le estuvo cuidando la silla nada más, para que volviera a ocuparla de manera formal. Haya sido así o no, Obregón lanzó de nuevo su candidatura y fue reelecto, a pesar de que una de las banderas de la revolución había sido precisamente la de no reelección. Pero, bueno.
El caso es que fue asesinado, apenas recién electo. Fue el 18 de julio de 1928, si no nos traiciona el dato histórico. Su plaza tenía que cubrirse con un interino, en tanto se volvían a revolcar las aguas con una nueva elección. Por estas pistas fue que Plutarco promovió la constitución de una figura nueva para nuestros avatares políticos, que fuera útil en la rebatinga de la remoción de los puestos públicos, sometida a procesos electorales. Así nació el PNR (partido nacional revolucionario).
Para ahorrarnos los discursos, decimos siempre que estos hechos conformaron el nacimiento del PRI. Si no somos tan puntillosos con las siglas, entendemos lo que se afirma con este anacronismo. El PRI cambió de siglas dos veces, antes de ser lo que conocimos de él. Primero PNR, luego PRM (partido de la revolución mexicana) y finalmente PRI (partido revolucionario institucional). Y paremos de contar.
Cuando decimos que el PRI se encaramó al poder a lo largo de 70 años estamos dando por aceptada la fusión antes mencionada. De manera que no se nos complica tal discurso. Y a lo largo de siete décadas fue partido de estado, partido único, partido hegemónico, maquinaria estatal, etc., etc. Y ni quién se molestara. Así que transitar por vías atinadas para ingresar a la casona de los bendecidos del sistema, obligaba a ingresar al PRI. Había que convertirse en PRIaguados, que no PANiaguados, que no era lo mismo. Con el tiempo lo fueron, pero esto ya fue otra historia.
Con el paso de los años, la figura estólida de ser priísta, condición fortuita para el acceso a las esferas del poder, le dio en cara a muchos mexicanos. Los mismos cerebros del régimen pulsaron como conveniente abrir o compartir algunas tajadas del pastel político. Se dio paso a autorizar la participación en las decisiones del poder a unos cuantos opositores, que no pusieran desde luego en peligro el funcionamiento de la maquinaria, Se abrieron algunas rendijas dentro de la composición del poder legislativo y así se inició esta danza macabra. Estamos hablando de los diputados de partido. Se autorizó pues que hubiera una minoría revestida del poder, cuyo número se determinaría por los porcentajes obtenidos en la riña electorera.
Vinieron más reformas políticas. Se autorizó la vigencia de partidos hasta entonces prohibidos para figurar en tales lisas. Se empezaron a ganar curules, municipios y hasta estados. La presencia del omnímodo PRI empezó a perder espacios, aunque no se veía amenazada su existencia misma. Cada vez se veía abultarse la presencia de los diputados. Ante tales crecimientos opositores fue que se empezó a animar la población y puso en jaque el predominio priísta. Para el año de 1988, los mañosos del control estatal tuvieron que recurrir al fraude electoral para conservar el manejo de tales manublios. El panorama había cambiado.
Dentro del poder legislativo se optó por separar dos grandes bloques y ampliar la presencia de los ya autorizados diputados de partido. De haber 300 de elección directa, vino la apertura para los de elección indirecta, cuyo número ha venido creciendo hasta llegar a los 200. Ahora se nos han vuelto muy famosos éstos últimos. Sobre todo, su denominación. A los 300 directos se les llamaba uninominales; los 200 restantes ya no se mientan como diputados de partido, sino plurinominales.
La fórmula de la composición de las listas de los plurinominales está a cargo de los partidos; vale decir que de los dueños de los partidos. Es una anomalía y es la que hizo que la presidenta Claudia la llevara al banquillo de los acusados. Cuando empezaron a conformarse estas listas, se atenían todos los partidos al formato del famoso repechaje, que consistía en entregarle la curul a los candidatos de mejor cosecha de votos, pero que no habían ganado. Este criterio fue sustituido por las listas de elegidos por los partidos. También la población juzga tales listados como una cosa echada a perder y voltea a concederle la razón a la propuesta de la presidenta. Ya veremos si prospera o no tal opción.




