La Chilaca (cuento) / IX
Mel Toro
Novena parte:
Empezó la ceremonia de premios y halagos, el echarse porras entre padrinos y graduados, elogios al señor obispo y al director de la academia. Yo vi el borlote. Dejé la chorcha de la barra y vine a sumarme al corrillo denso de curiosos alrededor de la mesa de honor. Ocurrió lo lógico ¿Está bien dicho así, comunista? Pronto me picó el gusanito de participar y quise arrebatarle el micrófono al maestro de ceremonias, que no me quedaba tan lejos. Sólo que el profe Memo Chanclas alcanzó a detectar mis esfuerzos y buscó la forma de impedirlo. Todavía recuerdo su mirada flamígera en mi humanidad. Me miró como para fulminarme. Pero yo, no te hagas caso Chilaca, seguí metiendo zancadillas y abriéndome paso a codazos hasta que me puse a un lado del maestro de ceremonias, presto para arrebatarle la bocina.
_ Chanclas te lo hubiera impedido.
_ Sí. Podía haberlo hecho. De hecho, a punto estuvo de conseguirlo. Se paró frente a mí, dándome la espalda y tapándome, para que no le echara a perder el cuadro. Pero te puedo decir que él tuvo la culpa. Bastaba con haberme tapado el paso. Hubiera cogido el micrófono y llevárselo al frente, cambiar el libreto y santas pascuas. Pero no, no supo reaccionar cuando yo le dije, de manos a boca, al señor obispo que tenía ganas de ofrecerle, cantada con el mariachi, la canción del terruño.
_ Es un obsequio de la más humilde de las ovejas de su grey, señor obispo –, le dije.
Chanclas no salía de su pasmo. Don Maclovio captó lo tenso del momento y buscó zanjar la diferencia. Pensó que nada pasaría si me dejaban cantar la canción, que ofrecía.
_ Adelante, hijo mío – me dijo -. Cante usted su canción, que la escucharemos con gusto.
Chanclas, todo enfurruñado, me franqueó el paso. Era notoria su mala gana, pero me entregó el micrófono. Para no exhibir su molestia, se esquinó. Yo me paré a un lado del señor obispo y empecé a afinar gorgoritos. Los del mariachi me daban tonos con el violín, con la guitarra, con la trompeta. Lupe, Esteban, Pedro, todos buscaban el tono que mejor me acomodara. Pero como que se me estaba entrambulicando la canción. Al fin hallamos el tono y me dieron el entre. Me hicieron la seña de que arrancábamos. Me aposté arrecho junto a tan distinguida personalidad y esperé los arpegios de entrada.
Debo decirles aquí, porque es elemento necesario de mi historia, que la mesa lucía inmejorable. Había hecho traer Chanclas las mejores viandas a la mesa de honor. En el centro había un platón de frutas frescas, manzanas, duraznos, naranjas, uvas, como debe ser. La vajilla lucía impecable. Los arreglos, las flores, todo muy bien acomodado. Los manteles colgaban hasta el suelo su blancura inmaculada. ¡Pinche comunista, ya me pegaste tu habladito elegante! Pero, así se dice ¿verdad, muchachos?
_ Sí – responden a coro los presentes a su pregunta. Chilaca se sigue de frente, sin hacer mucho caso al aplauso implícito.
El obispo venía vestido con sus mejores galas. Traía una sotana blanca, albísima. Y a los hombros se había puesto una esclavina violeta o morada, ya no la recuerdo muy bien, que hacía juego con la estola, del mismo color, y el ceñidor. Vestidos así, los hombres de iglesia lucen muy elegantes. A su lado, los padrinos, como invitados especiales, y los graduados. Todo mundo estaba en su sitio y en su puesto. El silencio era solemne, como si yo fuera un cantante consagrado. Atento el público. Hasta el humilde piso rechinaba de limpio. Era un momento de ésos que no se olvidan con facilidad.
Tampoco hacía mucho calor en la estancia. No habían empezado las aguas, aunque ya se bamboleaban en el cielo los gruesos nubarrones de junio. Todo estaba puesto para mi gran lucimiento. Y yo había encontrado la nota precisa, que es lo más difícil de arrancar en las canciones acompañadas de mariachi. Bien lucidores los músicos con su traje de charro, sus charreteras, sus galones y sus tarugos. Todo bien afinadito, todo en su lugar. Yo no tenía por qué desentonar. Me tenía que haber salido todo como dios manda; aunque tú, pinche comunista, no creas en él, pero dios existe.
[Continuará…]




