La cumbre de la derecha

Carlos Delgadillo Macías
Este sábado 7 de marzo de 2026, se realizó en el Trump National Doral Miami (un resort de golf), la Shield of the Americas Summit (“Cumbre Escudo de las Américas”), convocada por el presidente de Estados Unidos. La reunión, que se enmarca en la “Doctrina Donroe” (por la combinación de “Donald” y “Monroe”), tiene como finalidad abierta consolidar la hegemonía norteamericana en todo el continente.
Los doce invitados son políticos de derecha que gobiernan o están por gobernar, como en el caso del chileno José Antonio Kast, que asumirá el cargo el 11 de marzo. Además de él, participaron Kamla Persad-Bissessar (Trinidad y Tobago), Javier Milei (Argentina), Nayib Bukele (El Salvador), Daniel Noboa (Ecuador), Santiago Peña (Paraguay), Rodrigo Chaves (Costa Rica), José Raúl Mulino (Panamá), Nasry Asfura (Honduras), Rodrigo Paz (Bolivia), Luis Abinader (República Dominicana) e Irfaan Ali, presidente de Guyana.
Con su asistencia, todos ellos suscribieron, aceptaron y se alinearon con las políticas de Washington y Donald Trump. Por principio de cuentas, se sumaron a una nueva coalición militar para combatir a los carteles del narcotráfico y las pandillas trasnacionales, que en Estados Unidos ya han sido, en varios casos, clasificados como grupos terroristas. Además, acordaron aplicar estrategias conjuntas para frenar la influencia económica y tecnológica de China, con énfasis en la infraestructura crítica y portuaria. Y también se plantearon como objetivo disminuir la migración ilegal hacia Estados Unidos.
El contexto no podría ser más candente, con la intervención militar en Venezuela y la guerra en curso de Israel y Estados Unidos contra Irán. La superpotencia del hemisferio occidental está decidida a recuperar el control de América Latina, con una serie de aliados que, con algunas diferencias, comparten una actitud que, siendo duros, bien podría describirse como de sometimiento. Varios de ellos, como el argentino Javier Milei, han recibido apoyo discursivo y económico del gobierno estadounidense, cosa que no ha desaprovechado Donald Trump para recordarles.
México, excluido
Las exclusiones más notorias fueron las de Claudia Sheinbaum, Lula da Silva (Brasil) y el presidente colombiano, Gustavo Petro. Al no pertenecer a la misma línea ideológica de los invitados, estos tres líderes, que representan a la izquierda latinoamericana, simplemente no fueron tomados en cuenta. Si ellos forman un bloque progresista, el conformado por Trump es claramente el bloque conservador, bajo la égida norteamericana.
Aunque la presidenta mexicana no estuvo ahí físicamente, sí fue mencionada. Fiel a su estilo, Trump la remedó, haciendo una voz “femenina” que pedía o rogaba que Estados Unidos no combatiera a los carteles. Éste es un asunto delicado, pues si esa coalición militar anunciada se utilizara para atacar objetivos de las organizaciones criminales mexicanas, podría estarse preparando un escenario para la temida intervención militar en México, sin autorización del gobierno de Sheinbaum. Ya no sería sólo Washington el involucrado, sino que tendría apoyo de más de una decena de países.
Queda claro que la eliminación de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, no sólo no satisfizo a la Casa Blanca, sino que ni siquiera ha reducido en la retórica la agresividad con ecos intervencionistas. Trump pareciera necesitar no solamente que el gobierno mexicano dé más golpes a los carteles sino que forzosamente Estados Unidos debería ser capaz de llevarse el mérito, total o parcialmente. No le sirve mucho que se combata a esos grupos si él no puede atribuirse los logros directamente, como por cierto ya lo hizo en el caso de “El Mencho”.
La historia que se repite
La doctrina “Donroe” y este tipo de cumbres nos remiten a la Guerra Fría. Es como si hubiéramos retrocedido cincuenta años. Si nos asomásemos a 1976, lo que veríamos en América Latina es la aplicación del Plan Cóndor, con una serie de gobiernos autoritarios alineados con la Doctrina de Seguridad Nacional de Estados Unidos. Era el continente diseñado por la CIA y Henry Kissinger, secretario de Estado.
En Argentina veríamos a Jorge Rafael Videla y la junta militar ejerciendo poderes dictatoriales; en Chile, el general Pinochet despacharía en La Moneda, tras derrocar a Salvador Allende; en Brasil, el general Ernesto Geisel daría continuidad a los gobiernos militares; en Uruguay, Aparicio Méndez fungiría como títere de los generales que realmente gobernaban en ese país; en Paraguay, Alfredo Stroessner, otro militar, llevaría ya más de dos décadas en el poder; en Bolivia, Hugo Bánzer estaría reprimiendo los movimientos populares; en Perú, Francisco Morales Bermúdez, con su giro a la derecha, se sumaría al Plan Cóndor; En Ecuador, otra junta militar conduciría el país; en Nicaragua, la dinastía de Anastasio Somoza representaría al aliado más fiel de Washington; en Haití, Jean-Claude Duvalier gobernaría con puño de hierro para contrarrestar la influencia cubana; en El Salvador, Arturo Armando Molina representaría los intereses militares y oligárquicos, y en Guatemala, Eugenio Laugerud encabezaría otro régimen militar luego del derrocamiento, por parte de la CIA, de Jacobo Ábenz.
Todos esos gobiernos compartían la misma retórica: feroces anticomunistas, libre mercado operado por las oligarquías y alineación con Estados Unidos. Muchos de los militares que estaban al frente del gobierno, los ejércitos y ministerios habían sido formados en la Escuela de las Américas, ubicada en Panamá. Y colaboraban entre sí para combatir y en muchos casos secuestrar, torturar y ejecutar opositores de todo tipo, sobre todo de izquierda. Formaban un solo bloque.
Por ahora, en este 2026, no tenemos las dictaduras militares de 1976, pero sí tenemos gobiernos que han decidido de nueva cuenta sujetarse al dominio estadounidense. Y aunque en el plano del discurso el anticomunismo no es el principal tópico (aunque está presente en varios líderes), sí es claro que el bloque de Trump y sus aliados se define a sí mismo como adversario de las izquierdas. Si antes era la Unión Soviética, hoy es China, quizá no por motivos ideológicos, pero sí por su posición como superpotencia.
Las derechas del hemisferio están demostrando de nueva cuenta que tienden casi de manera inevitable al vasallaje hacia el norte. Queda ver cómo se reorganizarán las fuerzas de la izquierda para librar otra edición de esta misma batalla que ha marcado la historia de los pueblos latinoamericanos.




