La navaja (cuento)

La navaja (cuento)

Marcela Karrillo

Ese encuentro será el primero en una habitación, después de embriagarse de muchas palabras en una conversación de cafetería, entre Carlota y un hombre poco conocido,  el cual le propone que conozca su habitación que  está a pocas calles del lugar donde están. Ella acepta. En su prohibida sonrisa oculta en los labios lo que pasa en una habitación no conocida de alguien poco conocido, con un resultado de unas horas de pasión. Algo escalofriante e irreversible.

En la habitación, donde se da el encuentro, se resbalan las prendas que cubren el cuerpo de Carlota. Poco a poco se van cayendo al suelo el vestido azul, las zapatillas y la ropa interior, dejando al descubierto su cuerpo el cual no es de una modelo escultural; sólo con algunos rasgos de silueta femenina que puede encantar a algunos.

En el abrazo, donde se encuentran los cuerpos, Carlota pierde la respiración. Intenta tomar aire y sus pulmones se inflaman con gran fuerza, pero aún siente que el aire le es insuficiente; cierra los ojos se  adhiere más a ese cuerpo poco conocido, la intensidad que genera el encuentro. La pasión y el jadeo se vuelven más continuos; el ritmo del corazón cabalga con fuerza. Pareciera que va a salir de entre las costillas de su cuerpo. El pecho detiene el corazón dentro con mucha dificultad.

Carlota se pierde entre los brazos  de ese hombre poco conocido pero que le da toda la confianza para que vea todo su cuerpo al descubierto y sin límites ni prendas que la cubran.

Los cuerpos se deslizan entre la cobija suave y tibia en una mañana fría que aún es de invierno, donde el sol intenta salir entre sonrisas furtivas y miradas enlazadas, que se encuentran por encima de la cobija. Los dedos de  las manos de Carlota se deslizan en la abundante cabellera del hombre aun poco conocido. Su mirada cristalina hacía que pasaran rápidamente las horas caminando, ya casi al medio día, cuando el sol es muy intenso y  entra por la ventana de la habitación con cortinas de color verde esmeralda.

Ya es hora de pensar en dejar la habitación. Los brazos de ese desconocido donde Carlota vivió unas horas intensas, con el ánimo hecho, se quita la cobija gruesa y suave. Se levanta de la cama. Toma sus prendas de vestir y las coloca en su cuerpo. Toma su bolsa verde  de la silla y de ahí saca  la navaja fría, escalofriante, con la que corta el cuello de ese hombre no muy conocido para ella, pero que la encanta con  su mirada y con la forma en que la toma entre sus brazos.

Se dirige a la cama donde aún reposa el hombre, cubierto con la cobija gruesa. Carlota se pone frente a él en cuclillas en la cama. Lo toma de la frente, lo abraza. Y, con la navaja en su mano, corta de tajo la yugular. Con ello busca olvidar, borrar que era prohibido lo que ella sintió en esa habitación.