En distintas culturas y contextos, la Semana Santa es una conmemoración de los últimos días de la vida de Jesús —su pasión, muerte y resurrección— y, desde las tradiciones religiosas, plantea preguntas profundas sobre el amor, la injusticia y la esperanza. Más que un recuerdo del pasado, funciona como un espejo incómodo del presente, que confronta la forma en que se responde al sufrimiento, la injusticia y la dignidad de otras personas, pero también para reflexionar sobre la dignidad humana y la posibilidad de un mundo más justo. Es una pausa que, en teoría, nos invita a mirar hacia adentro, a cuestionarnos, a reconocernos en el sufrimiento.
Sin embargo, en Honduras, esta semana también se ha transformado en otra cosa: en una temporada de viajes, de playas llenas, de carreteras saturadas, de alcohol, de fotos felices en redes sociales. Y no hay nada malo en descansar, en buscar alivio, en querer respirar. Lo verdaderamente incómodo es aquello que decidimos dejar atrás mientras descansamos. Porque una semana antes de que comience la Semana Santa, asesinan a Solange Herrera, mujer trans, en Choluteca. Y, aun así, el país no se detiene. No hay un silencio colectivo que interrumpa la rutina, no hay una indignación sostenida que desplace el entusiasmo por las vacaciones. Lo que persiste es una normalidad intacta: la vida sigue, los planes siguen, el descanso sigue. Como si algunas muertes no tuvieran el peso suficiente para alterar el calendario emocional de una sociedad.
Nombrarla importa. Decir Solange Herrera importa. Porque durante años, las personas trans han sido reducidas a cifras, a notas breves, a historias contadas sin dignidad. Nombrarla es resistirse al olvido, es devolverle humanidad en un país que muchas veces se la niega incluso después de la muerte. Pero también es reconocer que su asesinato no es un hecho aislado. Es parte de una violencia sistemática que persigue, expulsa y elimina a las personas trans en Honduras. En el último mes, tres mujeres trans han sido asesinadas, y el silencio ha sido casi absoluto. Nadie dice nada. No hay conmoción nacional, no hay urgencia, no hay duelo colectivo. Como si sus vidas no importaran lo suficiente. Como si su ausencia no dejara nada. Pero sí deja: deja dolor, deja vacíos imposibles de llenar en sus familias, deja historias interrumpidas que nunca podrán contarse completas. Es una violencia que se sostiene en la indiferencia, en la impunidad y en un silencio social que termina siendo cómplice. Mientras tanto, la Semana Santa avanza entre el ruido de la música, el calor de las playas y la ilusión de desconectarnos del mundo. Pero la violencia no se desconecta. La impunidad no se toma vacaciones. El odio no respeta calendarios religiosos ni temporadas turísticas. Sigue operando, silencioso y constante, incluso cuando decidimos no mirar.
Y entonces la pregunta deja de ser solo religiosa y se vuelve profundamente humana: ¿qué significa realmente hablar de una semana “santa” en un país donde hay vidas que no importan lo suficiente como para detenerlo todo? ¿Qué sentido tiene recordar el sufrimiento de hace siglos si somos incapaces de reconocer el sufrimiento que ocurre hoy, frente a nosotros, en nuestras calles, en nuestras comunidades? Porque tal vez el problema no es que la Semana Santa se haya convertido en vacaciones. El problema es que hemos aprendido a convivir con el dolor ajeno sin que nos incomode lo suficiente. Hemos normalizado que haya cuerpos que no merecen duelo, identidades que no merecen respeto y vidas que no merecen justicia. Y eso no es solo una falla del Estado, es también un reflejo de lo que como sociedad estamos dispuestos a tolerar.
No se trata de dejar de viajar, de dejar de descansar o de renunciar a los momentos de alegría. Se trata de preguntarnos qué estamos dejando fuera cuando lo hacemos. Se trata de entender que no hay descanso real cuando está construido sobre el olvido de otras vidas. Que no hay celebración completa cuando ocurre en un país donde la violencia decide quién vive y quién no. Tal vez esta Semana Santa no debería ser solo una pausa para el cuerpo, sino una sacudida para la conciencia. Un recordatorio incómodo de que la fe sin humanidad es solo costumbre, y que ninguna tradición tiene sentido si no es capaz de confrontar la injusticia. Porque mientras una sola vida siga siendo desechable, mientras una sola muerte no duela lo suficiente, mientras sigamos eligiendo no ver, entonces no hay nada verdaderamente sagrado en esta semana. Solo descanso… y olvido.
Alex Izán Hernández
Coordinador del Observatorio de Violencia Social y de Género
Red Lésbica Cattrachas
alexizanhn@gmail.com
www.cattrachas.org




