La nueva carrera espacial

La nueva carrera espacial

Carlos Delgadillo Macías

Durante la Guerra Fría, la “carrera espacial” entre Estados Unidos y la Unión Soviética tuvo, sobre todo, motivos propagandísticos, además del interés científico. La exploración lunar también propició el desarrollo económico, pues ambos gobiernos invirtieron enormes cantidades de recursos en el desarrollo de tecnología.

En el caso de Estados Unidos, empresas como Boeing, IBM o Grumman fueron beneficiarias de grandes contratos con la NASA y el gobierno. De lo que se trataba era de lograr la supremacía tecnocientífica y demostrar que el capitalismo era superior al socialismo soviético.

Se tenía la sospecha de que en la Luna podía haber minerales valiosos, pero realmente no se podía saber con alguna seguridad hasta que se recogieran algunas muestras. Para cuando finalmente los estadounidenses “ganaron” la carrera espacial al llevar a los primeros astronautas a la Luna, se descubrió que era un satélite hostil, seco y cuyas rocas, aunque invaluables por su rareza, no eran económicamente explotables, al no contener nada que pudiera utilizarse en la Tierra. Además, si se hubieran encontrado minerales con algo de valor, resultaba claro que sería financieramente inviable extraerlos y trasladarlos. Por eso la exploración lunar quedó suspendida o en pausa durante décadas.

China compite

Ya con el nuevo milenio y el ascenso de China, el panorama comenzó a cambiar. Se configuró una especie de nueva carrera espacial en una especie de reedición de la Guerra Fría, sin la Unión Soviética, pero sí con el supergigante asiático. Y quizá sin enfrentamientos militares indirectos como en el siglo XX, pero sí con una auténtica guerra comercial de alcance global.

A diferencia de los años sesenta, ahora la exploración de la Luna tiene claros motivos económicos y comerciales. Las potencias saben que hay millones de toneladas de hielo de agua en los cráteres sumidos permanentemente en la sombra. El agua no sólo puede utilizarse para mantener vivos a los astronautas norteamericanos y a los taikonautas chinos, sino que el hidrógeno y el oxígeno que hay en el agua pueden separarse y fabricar a partir de ahí combustible para cohetes. Eso ha convertido a la Luna en una opción para crear ahí bases permanentes y explorar asteroides u otros planetas, como Marte.

También está el caso del helio-3. Es un isótopo muy raro en la Tierra, pero abundante en la superficie lunar. Ha sido depositado ahí por el viento solar desde hace miles de millones de años. China se plantea utilizarlo como combustible de sus centrales de fusión nuclear, aún en desarrollo, pero que prometen energía limpia y sin tantos residuos radiactivos a largo plazo.

Además está el caso de las llamadas tierras raras, 17 elementos químicos que incluyen a los 15 lantánidos de la tabla periódica, además del Escandio y el Itrio. En la economía moderna son fundamentales para la electrónica. Y aunque no existen todavía las formas de minarlos en la Luna de forma redituable, la exploración podría ser un paso en esa dirección.

Las próximas misiones

Estados Unidos tiene agendadas y proyectadas varias misiones Artemis. A principios de 2028, se realizará Artemis III, en la que originalmente habría un alunizaje, pero se ha cancelado para realizar más pruebas. La llegada de astronautas al satélite será hasta Artemis IV, más adelante también en 2028. En esta misión se proyecta comenzar a construir la estación espacial Lunar Gateway. Entre 2029 y 2030 se concretaría Artemis V, con un segundo alunizaje, otro módulo para la estación espacial y el uso del Vehículo de Terreno Lunar (LVT), que será usado para explorar zonas más amplias.

La República Popular de China, por su lado, tiene proyectada la misión Chang’e 7 para la segunda mitad de este 2026, en la que usará sólo elementos robóticos. Se tiene pensado colocar un orbitador, un módulo de aterrizaje, un vehículo tipo rover y una sonda voladora para investigar cráteres con sombra permanente que pudieran contener agua congelada. En 2028 se lanzará Chang’e 8, en la que se comenzará a construir la Estación Internacional de Investigación Lunar (ILRS), en colaboración con Rusia. Será la contraparte de la estación Lunar Gateway de Estados Unidos. Los chinos creen que en esta misma misión podrían ya hacer pruebas para utilizar el regolito lunar como materia prima y fabricar tabiques para construir una base. En 2030 se realizaría la primera misión tripulada china, con el primer alunizaje de taikonautas.

Nuevos negocios

Así como en la Guerra Fría la inversión pública en contratos privados era uno de los grandes motores de las misiones lunares, también ahora, pero de forma exponencial. Antes las empresas se limitaban a suministrar y abastecer a la NASA, pero ahora hay agencias espaciales privadas, como SpaceX (de Elon Musk, el hombre más rico del mundo), Blue Origin, Astrobiotic o Intuitive Machines, que compiten por conseguir los contratos multimillonarios del gobierno para construir los módulos, la infraestructura de telecomunicaciones o los cohetes, pero también para hacer misiones de carga o transporte hacia la Luna.

Sólo para la misión Artemis III, SpaceX ganó un contrato por 2.9 mil millones de dólares para desarrollar el Sistema de Aterrizaje Humano. A esto se le deben sumar otros mil millones de dólares para Artemis IV. Sólo para estas dos misiones, la empresa de Elon Musk recibirá entonces unos 4 mil millones de dólares.

En el caso de Blue Origin, de Jeff Bezos, fundador de Amazon, ganó el contrato para el módulo de aterrizaje de Artemis V, por 3.4 mil millones de dólares. Otras empresas como Boeing y Lockheed Martin se están encargando de los cohetes y el módulo Orión, absorbiendo buena parte del presupuesto de 93 mil millones de dólares de la NASA.

Los datos chinos son más difíciles de obtener, pero se calcula que actualmente el gigante asiático destina un presupuesto anual cercano a los 20 mil millones de dólares, con unas cifras que crecen un 15% cada año.

La geopolítica de la Luna está teñida de los cambios en esta nueva Guerra Fría entre Estados Unidos y China, que ya no es tanto ideológica como económica. Más que una competencia entre el comunismo y el capitalismo, tenemos la rivalidad entre dos superpotencias que buscan la hegemonía global a través del poderío tecnológico, energético e industrial.

Y, como en la Tierra, poco importa si esa rivalidad consumirá los recursos lunares, pues de lo que se trata es de hacer crecer las fortunas, fortalecer a las superpotencias y acelerar su desarrollo económico, pero también militar.