Buscando la armonía perfecta

Monumento a Javier Solís en la plaza Garibaldi, en la Ciudad de México. Fotografía: Tania Victoria/ Secretaría de Cultura de la Ciudad de México

Texto de Juan José Doñán y Gabriel Espinoza

Hace unos años nos encontramos en Nochistlán, Zacatecas, con el Padre José Guadalupe Miranda Martín y Juan José Doñán. Juan José Doñán nació en Tizapán el Alto. Llegó a Guadalajara a los 14 años. Es ensayista, articulista, cronista citadino, tapatiólogo.

Es autor de Antología del cuento cristero (1993), El occidente de México cuenta (1995), entre otros más recientes.

En aquel día, compartimos impresiones sobre la vida y el legado de don Francisco Tenamaxtle.

Últimamente nos encontramos de nuevo en Guadalajara y seguimos compartiendo experiencias de la vida social, política y cultural de Jalisco y México. Por eso me ha gustado lo que compartió hace unos días sobre un gran cantante mexicano. Aquí el texto íntegro:

El pasado domingo 19 de abril se cumplen 60 años de la muerte de quien fuera dueño de una de las voces más prodigiosas que ha dado la suave patria: Javier Solís.

De nombre Gabriel Siria Levario y de origen humilde, la suya fue una familia deshecha, hasta el punto de quedar al cuidado de un tío suyo, por lo cual terminó siendo un verdadero self-made man, alguien que en buena medida se hizo a sí mismo.

Durante su adolescencia y primera juventud, antes de comenzar a hacer sus pininos en el mundo del canto, desempeñó los más diversos oficios (en una identificación oficial aparece como “tablajero”).

Como cantante amateur debutó antes de cumplir los 17 años en cantinas de barrio, con modestas agrupaciones musicales, hasta que Julito Rodríguez, integrante del trío Los Panchos, lo escuchó cantar con el Mariachi Metepec en el Bar Azteca y decidió recomendárselo a su disquera: la CBS o Discos Columbia de México, donde en 1956 nació Javier Solís, nombre insignia que vino a suplir al original del Registro Civil (Gabriel Siria Levario) y a Javier Luquín, el primer seudónimo que tuvo.

La suya fue una carrera meteórica, de apenas una década, pues comenzó ya bien avanzada la segunda mitad de los años 50, cuando grabó “Llorarás, llorarás”, de Orlando Briceño, y terminó la madrugada del 19 de abril de 1966, cuando se despidió de este mundo debido a una mala intervención quirúrgica, justo cuando comenzaba a sonar en la radio “Amigo organillero”, de Rafael Carrión, la cual terminó siendo la última de sus grabaciones, con una letra que parecía una premonición: “En esta noche, / en que la muerte espero, / sigue tocando, / amigo organillero”.

Las dotes vocales e interpretativas de Javier Solís fueron únicas. Su media voz, por ejemplo, es sencillamente inigualable. La pintora Lucía Maya ha llegado a decir que la de Javier Solís es “la voz más cachonda”.

No por nada, a la manera del Cid, ha seguido ganando batallas después de muerto, con decenas de versiones definitivas de canciones de diverso género y no sólo de boleros rancheros, que fueron su especialidad, pues también valses, pasodobles, rancheras y románticas cobraron otra dimensión al ser interpretadas por Javier Solís, quien, como dicen los argentinos de Carlos Gardel, “cada día canta mejor”.

Para recordar en su sexagésimo aniversario luctuoso al joven maestro, queridísimo del pueblo mexicano y también de otras latitudes, van tres interpretaciones definitivas: “Lágrimas del alma”, de Bonifacio Villaseñor; “Amanecí en tus brazos”, de José Alfredo Jiménez; y “Prisionero del mar”, de Luis Arcaraz. Va igualmente una serie de breves testimonios de cantantes actuales sobre el insigne Javier Solís.

Agradezco a Juan José Doñán por su gentileza en aceptar compartir este texto en Partidero, en esta columna de Laberintos Imborrables. Al final, nunca habrá otro Javier Solís, pero sí esperamos que sigan brillando nuevos valores artísticos en nuestra sociedad.

Y a la vez, hoy, al cumplirse un año de la muerte del papa Francisco, esperamos que las enseñanzas renovadoras de quienes se han ido renazcan en las nuevas generaciones para alcanzar la paz.

Gabriel Espinoza
Gabriel Espinoza Íñiguez nació en Cosolapa, Oaxaca, el 30 de agosto de 1968. Es hijo de padres campesinos y comerciantes, Cesario Espinoza y Librada Íñiguez, ambos originarios de Temacapulín, Jalisco. Estudió Filosofía y Teología en el Seminario Conciliar del Señor San José, en Guadalajara. Ejerció como sacerdote de 1995 a 2015. A partir de 2015 solicitó dispensa a la Santa Sede y realizó un intenso trabajo social en rechazo a la presa El Zapotillo y a la privatización del agua. Diseñó la campaña permanente Volvamos a la Raíz y cursó la maestría en Desarrollo Rural en la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco. Actualmente trabaja en proyectos de soberanía alimentaria y medio ambiente, y colabora en iniciativas con la Universidad de Guadalajara, en el Centro Universitario de los Altos (CUAltos).