De Apango a Sayula (cuento)
Gabriel Michel Padilla
[Esta narración es continuación del texto “Las prisioneras del Maximato “, ubicado en la época cristera]
APANGO
Al llegar al pueblo de Apango, la gente ya sabía que pasaríamos por ahí, y nos dejaron parar a descansar un poco de la pesada cuesta. Ahí estaban los indios de Apango esperándonos para colgarnos un rosario de tomillo y manojillos de hárnica.
Es muy buena para el cansancio, mézclela con un poco de alcohol, frótela un poco en su cuerpecito, se sentirá muy bien.
También nos ofrecían agua para lavarnos los pies y la cara, que la llevábamos sucia de una tierra muy colorada, de la que no se da en los tepetates de Ejutla.
LA CUESTA DE SAYULA
De la parte más alta de la sierra, ya para bajar a Sayula, vimos por última vez los cerros de Ejutla. Luego comenzamos a bajar a Sayula, allá se veía la laguna, de un color azul bajito, en ella se peinaban las montañas, la sierra de Tapalpa y la que le queda al frente.
Llegamos a Sayula. Nos llevaron directamente al cuartel. Lo primero que vimos al entrar, fue al médico. Digo que era médico porque nos dijeron que era el médico de la tropa. Yo pensé que sería un carnicero, por la bata tan ensangrentada que le colgaba del cuello. Había soldados en agonía, unos blasfemaban, otros solamente pujaban de dolor. Más de algún grito escuché que decía: “malditos cristeros” mientras el médico intentaba regresarles los intestinos a su lugar, Pero de todos modos algunos de los que estaban en agonía oí que rezaban el “Yo pecador” y luego pedían el Viático.
Nosotras estábamos espantadas, estábamos en medio de los moribundos, entre algodones ensangrentados y el proclamar de blasfemias. Los retratos de Calles, colgados por donde quiera, nos miraban con coraje y burla. No había cristos, ni santo alguno en aquellos largos muros de adobe.
Habiendo dicho que les estábamos estorbando ahí, nos pasaron a otra sala peor. La noche estaba espantosa…. Una angustia terrible se apoderó de cada una de nosotras de pensar que pasaríamos la noche en un lugar de blasfemias e imprecaciones. Pero Dios no nos desamparaba. Como a las once de la noche se presentó una comitiva para sacarnos del cuartel y llevarnos a una casa particular, la de la señora María Guadalupe Flores de González. Nos escoltaron muchos soldados hasta su casa. La plaza de Sayula estaba llena de bullicio, los puestos de comida despedían humo, el aroma de los antojitos llenaba la noche con sabor a merienda, las gentes se admiraba de vernos escoltadas por soldados, unas se santiguaban. Y antes que el hambre me hiciera encomiar aquel delicioso aroma de camotes horneados, una voz interrumpió mis intenciones:
No se estén saboreando, vamos a merendar en mi casa, ya está listo el chocolate, y una cazuela llena de frijoles, y otra de camotes tatemados y una jarra de leche de chiva, –Se adelantó a decirnos doña Lupe Flores
Estas personas, nos prestaron servicios realmente maternales, velando durante toda la noche para protegernos. Nos veían sonriendo mientras tomábamos chocolate, y cuando comenzamos a hacer tacos de frijoles con las tortillas que nos pusieron en sendos chiquihuites.
EL TREN DE SAYULA
El día diez salimos para Guadalajara. En la estación de Sayula se despidió el general Cortés Ortiz. Este general nos había conducido desde Autlán y le quedamos muy agradecidas, pues durante todo el trayecto nos dio garantías personales.
En esa ocasión viéndonos tan tristes se no acercó y nos dijo:
Digan qué puedo hacer por ustedes.
Al momento le contestamos a coro:
“Dejarnos libres”
Su corazón se puso triste y luego con la voz entrecortada nos dijo:
Tal cosa no está en mis manos concederla. Pero lo último que he podido hacer por ustedes ya lo hice: viajarán en un carro especial pues de otra manera tendrían que viajar en la góndola militar en medio de los soldados.
Y por último quiero decirles una cosa, y si eso es motivo de ofensa me anticipo a pedirle perdón. Es que en este largo camino desde Autlán hasta la estación de Sayula, las he venido observando a cada una de ustedes y he visto su tristeza y su quebranto, y mi corazón pasó de repente, de la compasión a la ternura, y de la ternura a la admiración y de la admiración al amor. Las quiero como si fueran mis hijas. Les suplico me perdonen estas palabras que parecen llenas de incongruencia, pues yo he sido quien les ha hecho mal al privarlas de su libertad. Pero al menos quiero limpiar mi conciencia, al hacerles saber que yo el general Cortés Ortiz no soy capaz de causarles daño alguno por cuenta mía. Es el Maximato quien las priva de libertad, no yo.
Todas nos quedamos en silencio mientras el tren comenzaba a dar silbatazos. Una monjita preguntó, en son de broma:
¿Y así de polvorientas y despeinadas nos quiere?
Si no fuera así, quizá no las quisiera tanto, respondió el militar.
Y subimos al tren que nos llevaría de Sayula a Guadalajara.
El tren comenzó a caminar lentamente, lanzando silbatazos roncos y nerviosos. Iba muy nervioso aquel tren, se le notaba en su bamboleo, Todos los trenes que viajaban de Manzanillo a Guadalajara, al pasar por la cuesta de Sayula se ponían muy nerviosos, iban con el temor de ser descarrilados y abrían muy bien el ojo grandote que tienen en la punta por si notaban algo raro en el par de vigas enormes en que consistía su vereda de acero, sobre la que se iba resbalando suavemente.




