La CIA en nuestro laberinto

La CIA en nuestro laberinto

Juan M. Negrete

Lo que sigue es encuerar todo el juego. Cuando se entrampan los naipes, el siguiente paso obliga a los jugadores a bajar abiertas sus cartas y pasar al conteo, para saber quién se lleva la mano. Algo así estamos viviendo en el enredo político actual de nuestro país, con los tahúres gringos. Nadie sabe lo que están buscando, aunque se hayan colado hasta la cocina. Y ni cómo ayudarnos.

Resulta que uno de nuestros angelitos, a la que le llama todo mundo Maru Campos aunque se llame María Eugenia, les abrió la puerta a los tramposos de la famosa CIA gringa. La tal Maru es la gobernadora del estado fronterizo de Chihuahua, la tierra de los apaches y de los tarahumaras. Ella milita en el PAN no se sabe si a fuerzas o por sus propias ganas. Tampoco se sabe si aprendió las malas mañas que ahora exhibe en dicho partido o si ya las traía aprendidas e interiorizadas. Pero ahí está.

Desde antes de trepar al puesto de la gubernatura de su estado, uno de los anteriores gobernadores. Duarte, la incluyó en una lista de cobrones de alto coturno. A la lista se le conoce como ‘nómina secreta’. Ella, también su fiscal general, César Jáuregui Moreno, y otros personajes más, se enchalecaban buenos paquetes de billetes de esa bolsa secreta de Duarte y ni se despeinaban. Según se estila con estas hazañas, se puede hablar de tráfico de influencias, de pago subrepticio de favores, de complicidades y de muchas otras componendas.

Mas dejando a un lado estos pasos anteriores tan manchados, ella, doña Maru, llegó al puesto de la gubernatura con las siglas del PAN y subió a su cuatachón César, a la fiscalía estatal de justicia. Fue obvio que iban a cubrir el oficio de funcionarios, dando cobijo a las transas y cochupos que se les ordenaran desde la gruta secreta del poder, por las que se les beneficiaba en la tal nómina secreta. Son valores entendidos.

Por la vía de una de sus trácalas, se les empezó a desfigurar el cuadro. Resulta que enviaron a un contingente como de seis camionetas dizque a desmantelar un laboratorio clandestino, en los que se procesan drogas. El tal taller se encontraba intrincado en la serranía, en un lugar que se le conoce como El Pinal, dentro del municipio de Morelos, distante a muchas horas en viaje de terracerías a la capital del estado.

Por mor de mala suerte o lo que fuera, la camioneta caponera del contingente se volcó y murieron sus cuatro ocupantes. Uno de los muertos era el jefe mismo de la chamba. Pero de los otros tres finados, dos terminaron siendo identificados como agentes de la CIA. Gringuitos, pues. Estas muertes fortuitas o inesperadas son las que le vinieron a destapar el tazole de ruindades a doña Maru, la góber.

Ella es, todavía, la funcionaria pública de más alto rango en el estado. En la comisión de esta tarea en particular puede haber escalones menores de hurgoneo necesario, como hacerse acompañar de fuerzas de la milicia federal para reforzar la seguridad del operativo. Debe haber más renglones de responsabilidad en estos menesteres. Pero lo de la presencia de agentes extranjeros en un operativo tan delicado, en el que no deben participar orejas tronadoras, es responsabilidad completa de ese funcionario del más alto coturno en el estado. Y ella es, como se repite hasta el cansancio, la tal doña Maru.

Luego resultó que no iban nada más dos extranjeros, los finados, sino que iban otros dos más, que siguen vivitos y coleando. Pero lo que vino a destapar la cloaca fue la mala suerte de los dos perecidos. No es fácil de escamotearlos a autoridades menores, como los del MP que levantan las actas de defunción; o a los agentes de tránsito que tienen que armar los recuadros de los hechos del accidente; ni mucho menos a la prensa, que se especializa en difundir las noticias.

Pero doña Maru, la responsable que hace punta en todo este brete, escurrió el bulto simplemente y dijo que ella no sabía nada de tales irregularidades; que el que tuvo el conocimiento de toda la sopa aguada fue el comandante del operativo, finado en el accidente. O sea que, como en los cuentos del monje loco, nadie sabe, nadie supo. La señora presidenta, doña Claudia, le llamó a la tal Maru para que le diera el parte de este operativo, pero no le recibió la llamada.

Lo peor vino a ser que dejó plantados a los señores de una o dos comisiones del senado, en la que se discutiría el asunto, por los pliegues complicados con la contaminación de la presencia de agentes de la CIA, en operativos de competencia exclusiva de autoridades nacionales. Al escabullirse de todo foro pertinente de la góber, se volvió la mirada inquisitiva al boina verde que tenemos de embajador gringo, Ron Johnson. Se sabe de él que es un avezado agente de la tal CIA. No podrá fingir demencia en los enredos del presente desaguisado. Pero con él nos anda saliendo el chirrión por el palito.

De un tribunal gringo se le dejó caer a nuestras autoridades la denuncia de que el gobernador de Sinaloa, el presidente municipal de Culiacán, un senador de este estado y otros siete funcionarios, están involucrados en enredos de narcotráfico. La denuncia implica que deben ser cesados en sus funciones y detenidos para su investigación. Si luego se les extradite o no, será secuela posterior. ¿Quién pudo haber desatado a estos canes del amarillismo mediático, si no es uno de las ligas de los operativos de la CIA, especializada en desestabilizar gobiernos?

El gobernador Rubén Rocha Moya, ya pidió licencia para dejar su puesto en tanto dure la investigación. El alcalde de Culiacán, Gámez Mendívil, hizo lo propio. Pero doña Maru, ¿seguirá tan campante en su puesto?