Muere la madre Rosa (cuento)
Gabriel Michel Padilla
[Esta narración es continuación del texto “Las prisioneras del Maximato“, ubicado en la época cristera]
La noche del dos de abril, entró en plena agonía. Al día siguiente a las 7 a. m. su alma llena de hermosura fue al encuentro de su Señor. Algunos de sus familiares se encontraban en México. Su señor padre don Demetrio Michel y doña Maximina Sedano, se presentaron a solicitar el cadáver para darle sepultura. Habiéndoles sido concedido, lo depositaron en el Panteón de Dolores de la ciudad de México.
A nosotras nos fue permitido asistir al Campo Santo, lo hicimos con discreción tomando en cuenta las leyes antirreligiosas. Recuerdo aquella tarde llena de suspiros y tristeza. Al regresar alcanzamos a divisar a lo lejos las majestuosas montañas de México, una de ellas en forma de mujer. Yo dije:
No es una Mujer Dormida, es una pobre monja agonizando.
Después de rezar el Ángelus, mientras regresábamos de sembrar a la madre Rosa bajo los cipreses, terminé diciendo casi sin querer una jaculatoria: –Santa Rosa de Ejutla, rogad por nosotras.
Todo esto te lo platico a ti, mi entrañable Luisa Fernanda, ahora que has decidido hacerte Novicia de este monasterio, y ahora que vas a cambiar tu nombre por otro más significativo, en memoria de la madre Rosa, para que comprendas todos los sufrimiento y sacrificios que hemos hecho tus hermanas de religión para que este monasterio siga en pie, junto con su majestuoso santuario.
Pasaron 18 años de destierro. No fuimos a las Islas Marías porque ya no se atrevieron a seguir sosteniendo la comedia injusta de nuestra prisión, porque a los generales y a los sargentos, que nos tuvieron en sus manos, les repugnaba seguir destrozando nuestra libertad por una culpa que no existía en la realidad y que no era sino la quimera de un hombre pervertido por su esquizofrenia anticristiana.
La Madre Rosa cumplió su promesa de conseguirnos la libertad, pues a otro día de su muerte nos dejaron libres, y pudimos poco a poco empezar a rehacer nuestras vidas. Pero a este bello Ejutla regresamos sólo después de pasar miserias y pobrezas, de degustar el pan ajeno, de ser peregrinas como Jesús en la tierra de Egipto. El día 11 de diciembre de 1945 llegamos de noche a Ejutla donde todo el pueblo nos esperaba. Nos recibieron con luces y cohetes.
Muchos jóvenes de este pueblo no nos conocían, a pesar de que éste era nuestro lugar de residencia de donde habíamos salido huyendo en 1927. Nuestra casa estaba destruida, sin puertas ni ventanas, los cuartos llenos de maleza e invadidos por las yerbas silvestres. No se parece a la que tú estás ahora disfrutando.
Por eso te pido que nunca olvides esta vieja historia que te acabo de contar, recíbela como tu regalo de Novicia, por cierto una de tantas historias que se ha llevado el tiempo, que se puede desmoronar y escapar de los recuerdos y que corre el peligro de que la sepulten junto conmigo, un día que por cierto no está ya muy lejano. Ya tengo 96 años y ninguna ha llegado a 100, yo no debo de llegar, sería una falta de respeto.
Ejutla, 9 de junio de 1951




