Lo que realmente nos molesta de la música feminista

Vivir Quintana, intérprete de música feminista.
Vivir Quintana, intérprete de música feminista. Foto: EFE.

Cada vez que escucho música feminista o disidente me hago la misma pregunta: ¿por qué incomoda tanto? No hablo de que nos guste o no una melodía. Eso siempre será cuestión de gustos. Hablo de la reacción que provoca. Basta con que una mujer, una persona trans o cualquier artista perteneciente a una comunidad históricamente marginada cante sobre autonomía, violencia, igualdad, discriminación o el derecho a existir con dignidad para que aparezcan comentarios diciendo que “eso no es música”, que “es propaganda” o que “ya están exagerando”. Y entonces vuelvo a preguntarme: ¿qué es lo que realmente molesta?

Vivimos rodeados de canciones que durante décadas han normalizado el machismo, la misoginia, la homofobia o los estereotipos de género. Hemos bailado letras que romantizan los celos, justifican el control sobre las mujeres, celebran la infidelidad masculina, ridiculizan a las personas LGBTI o convierten a las mujeres en simples objetos de deseo. Esas canciones rara vez generan indignación. Las cantamos en fiestas, las ponemos en la radio y hasta las dedicamos. Parecen invisibles porque nos acostumbramos a ellas. Pero cuando una artista feminista denuncia la violencia contra las mujeres, o cuando una persona disidente canta sobre discriminación, identidad, libertad o el derecho a vivir sin miedo, entonces sí aparecen las críticas. De pronto la música “se volvió política”. De pronto incomoda. ¿No resulta contradictorio? Me pregunto si el problema es realmente la música o el mensaje que nos obliga a escuchar. La música feminista y disidente no busca que todas las personas pensemos igual. Tampoco pretende que dejemos de disfrutar otros géneros. Lo que hace es abrir conversaciones que muchas veces evitamos porque nos enfrentan con realidades incómodas. Nos recuerda que todavía existen mujeres asesinadas por razones de género, personas trans que enfrentan violencia y exclusión, niñas que crecen limitando sus sueños y familias que siguen esperando justicia después de perder a una hija, una hermana, una madre o un ser querido por el odio y la discriminación. Y quiero hacer una aclaración que considero importante. Hablar de música feminista no significa excluir ni invisibilizar a las personas trans. Tampoco hablar de música disidente significa restar importancia a las luchas de las mujeres. Los derechos humanos no son una competencia donde el reconocimiento de unas personas implique negar el de otras. Al contrario, las luchas por la igualdad tienen mucho más sentido cuando son capaces de convivir, escucharse y fortalecerse mutuamente. Podemos apoyar la música feminista y, al mismo tiempo, reconocer el enorme valor de las expresiones artísticas que nacen desde las disidencias sexuales y de género.

¿De verdad nos molesta una canción o nos incomoda reconocer que esas historias existen? Escuchar música feminista o disidente no me convierte automáticamente en feminista ni define mi identidad, de la misma manera que escuchar canciones sobre la guerra no me convierte en soldado. Lo que sí hace es permitirme conocer otras experiencias, desarrollar empatía y entender que existen realidades que durante demasiado tiempo fueron ignoradas o silenciadas. Creo que el arte tiene una responsabilidad que va mucho más allá del entretenimiento. Una canción puede hacernos reír, llorar, recordar un amor o una despedida, pero también puede denunciar una injusticia, desafiar prejuicios y convertirse en un espejo que nos obligue a mirar aquello que preferimos ignorar. Por eso considero importante apoyar la música feminista y disidente. No porque todas las canciones sean perfectas ni porque todas las artistas tengan la razón absoluta, sino porque necesitamos más espacios donde quienes históricamente fueron silenciadas puedan contar sus propias historias con su propia voz. Durante siglos otras personas hablaron por ellas. Hoy tienen el micrófono, y todavía hay quienes quisieran arrebatárselo.

Tal vez escuchar estas canciones no cambie el mundo de un día para otro. Pero sí puede cambiar conversaciones, romper prejuicios y sembrar preguntas. Y las preguntas siempre incomodan a quienes prefieren que nada cambie.

Así que la próxima vez que una canción feminista o disidente te incomode, antes de cambiarla pregúntate por qué. ¿Te molesta el ritmo? ¿La voz? ¿O será que el mensaje está tocando una realidad que nunca habías querido mirar de frente?

Quizá la verdadera revolución de esta música no está en las listas de reproducción, sino en su capacidad para obligarnos a pensar. Porque una sociedad que escucha todas las voces, especialmente aquellas que históricamente han sido silenciadas, tiene más posibilidades de construir un futuro donde el respeto, la igualdad y la dignidad sean derechos compartidos y no privilegios de unos pocos.


Alex Izán Hernández

Activista Transmasculino de Honduras

alexizanhn@gmail.com

Alex Izán Hernández
Hombre trans, defensor de derechos humanos e ingeniero infieri en Informática y Electrónica. Cuenta con experiencia en el desarrollo y aplicación de tecnologías con enfoque de género, así como en la gestión y análisis de bases de datos orientadas a la identificación de patrones de violencia. Actualmente coordina el Observatorio de Violencia Social y de Género de la Red Lésbica Cattrachas, donde se desempeña como analista de muertes violentas de personas LGBTTI y de niñas, adolescentes y mujeres, además de realizar el seguimiento y monitoreo sistemático de noticias en medios digitales. De manera paralela, ejerce funciones como técnico en tecnología dentro de la misma organización.