Córtate las uñas (cuento) / VI y última
Mel Toro
Sexta y última parte:
_ ¡Ay, dolor culposo! ¿Por qué cargó todo ese dolor ella, si es que hubo culpa? ¡Satanás, Satanás, tenías que meter tu cola! ¿Por qué envidiaste nuestra efímera felicidad?
Es lo primero que se me viene a la cabeza cuando leo los breves renglones de su recado. Son palabras vagas e imprecisas: “Vuelve, quiero verte; explícame algo de ti que no comprendo… P.D.: Te odio”
Que no me entendiera se me había hecho y se me sigue haciendo lo más natural del mundo. Pero que diga que no me comprende me resulta extraño, pues siempre lo ha hecho. Hemos llorado juntos siempre nuestra impotencia de eternidad.
Entenderse no es problema. ¿Es que alguien entiende al otro? ¿Es que acaso no le decimos al otro que sí, para que ya se calle y viva su inutilidad y nos deje solos con nuestra esfera de asco? Y una vez solos con ella, ¿no nos quedamos dándole vueltas? ¿Es que alguna vez admitimos la esfera del otro en la propia?
Nadie entiende a nadie. Ella no me entiende más, ni hace esfuerzos por lograrlo. Ella se siente y se padece; y al hacer esfuerzos por centrar mi esfera con la suya, en su amor de mujer, me consiente en ella misma y me compadece. Pero ¿de un momento a otro deja de compadecerme, de consentirme y de amarme? Al no consentirme, tampoco se consentirá a sí misma. Es como un dejar de ser.
Me lanzo a visitarla. Siento frío el pueblo, falto de no sé qué. A la puerta de su casa dejo la bicicleta, la puerta adorada. Tiraron en la banqueta del patio al sol el maíz, para acabarlo de secar. Su padre, sus hermanas, su madre, todos se divierten viendo la copiosa cosecha, que les va brindando el año. La recogen, juegan con ella. Es el fruto de dos, de tres, de muchos meses de trabajo. Su padre y su madre se divierten con la gris opacidad del cielo, cortada por mechones de lumbre mojada en rocío. Departimos todos contentos varias horas.
_ Mona, tráele una silla para que se siente. Ha de venir cansado. Todo el día trabaja.
Cuando nos dejan solos por fin, abre su fuego retenido. Me lo suelta graneado, tupido. Me reclama cosas absurdas. No se refiere a mi refocilada con su hermana, pero parece pintármela y refregármela a cada palabra que suelta, a cada paso que da frente a mí. Yo no digo nada, pero ni falta que hace. Ella no suelta el látigo del reclamo, dale y dale con lo mismo.
La tesitura de su voz es uniforme, volcada, diversa, contraria a su anterior tonalidad cariñosa, con que me mantiene siempre absorto y colgado a su atención. Ya no capto en su rostro sonrisa alguna. Sólo me lanza muecas de ira, de reclamo flamígero. Me he convertido en su vivo demonio, en su enemigo malo. Está hosca, fría. Su calor, el que incendió mi corazón por ella, parece habérsele apagado.
Noto forzada su sonrisa. Interpreto su ‘te quiero’, que repite con insistencia, como un ‘te odio’ profundo, largo y misterioso.
_ Explícamelo. Te lo ruego. Por lo que más quieras, sácame de la duda.
_ Sí, Mona; pienso hacerlo. Lo haré, pero… Sí, lo haré… pero después… O tal vez no lo haga nunca. No tiene caso. Quien te las picó, que te las coza. Mi pecho no es petaquilla de nadie. Nos vemos… O tal vez sea mejor que ya nunca más nos veamos.
Fin




