Dinero y poder en el claustro universitario
Juan M. Negrete
Desde la perspectiva estricta y formal a la que acudimos, cuando nuestros razonamientos se ocupan de la naturaleza de los espacios educativos, lo primero que nos tiene que chocar en serio es la promiscuidad que reina en ellos con los emolumentos, las tarifas y las cuotas ineludibles de dinero que las envuelven. Ya vimos en colaboraciones anteriores cómo están imbracadas las grandes corporaciones financieras con los centros educativos en todo el mundo. Podríamos decir que los soñadores y utopistas, enamorados de un modelo de formación exento de estas lacras, vamos perdiendo la partida si no es que ya derrotados.
Los viejos nos animaban proclamando que la esperanza es lo último que muere. Ejemplos bien claros que nos ilustran del daño que hace la intervención del dinero y el enredarse en disputas por parcelas de poder en las praderas educativa, los tenemos en la vida cotidiana de nuestras universidades. No hay razón de peso para escoger unas y resguardar otras. Podríamos decir que en todas nuestras instituciones de educación superior (IES) dominan estas coordenadas. Depurarlas de semejante cáncer nos va a costar un ojo de la cara. Habrá que hacerlo. Pero ilustremos con algunos ejemplos la profusión de este ambiente malsano y desolador que vive el presente de algunos de estos claustros.
Nos obliga a abrir página la universidad del estado de Sinaloa, por estar ocupando los titulares de los medios desde hace varios meses. La atención pública nacional se concentró en dicho estado en razón del secuestro sufrido por la persona del Mayo Zambada, el 25 de julio del 2024.
No puede ser referido, excluyendo el crimen cometido en la persona de Héctor Melesio Cuén Ojeda. Cuén acababa de ganar, en la contienda electoral estatal, un escaño en el congreso local. Pero lo que queremos resaltar ahora es que había sido rector de la máxima casa de estudios sinaloense. Hay que entender entonces que se trató de la eliminación de un destacado miembro de la academia. Cuén Ojeda fue rector de la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS), entre 2005 y 2009. Fundó junto con otros cabecillas estatales el Partido Sinaloense (PAS). En 2013 fue diputado plurinominal. Abierta esta plataforma buscó la gubernatura en 2016 por el MC. La perdió frente a Quirino Ordaz. El 2021, el PAS se alió con Morena y ganaron la gubernatura. Rocha Moya, gobernador, lo nombró secretario de salud, mas no duró en tal cargo. Se dice que a partir de estos movimientos se prendió la mecha entre ambos amigos. Para lo que se quiere ilustrar en este espacio, hay que exponer que Rocha Moya también había sido rector de la UAS, de 1993 a 1997.
Sin meterse a aclarar cargos, ni menos con intenciones de inculpar a los nombres de quienes se manejan como participantes responsables tanto del secuestro del Mayo, como del homicidio del exrector, está claro que el registro de personalidades académicas en hechos de sangre tan ominosos nos señala que por fuerza se ha de admitir que muchos personeros del mundo educativo han perdido el rumbo, embijándose en disputas nimbadas de codicia. ¿O por qué otras razones podrían ser?
Hemos de integrar en este listado de exrectores de la UAS, metidos en danzas macabras, a otro personaje más, también exrector. Se trata de don Víctor Antonio Corrales Burgueño, quien también ostentó en el pecho la estafeta de la dirección de la rectoría de la UAS. Como Cuén Ojeda, es dirigente del PAS y actualmente diputado local. Viene siendo el padre de Fausto Corrales Rodríguez, el chofer que llevó a Héctor Melesio Cuén a la reunión anunciada con el Mayo Zambada. Recién detenido hace unos días resulta testigo de primera mano de estos acontecimientos.
Saliéndonos del terreno tan agitado del estado de Sinaloa, clavemos la mirada en otra universidad secuestrada por la codicia de personeros que ingresan a los territorios minados de los monasterios del saber. Gerardo Sosa Castelán fue rector de la UAEH (universidad autónoma del estado de Hidalgo). Ocupó dicho sitial en la década de los años setenta, pero se engolosinó del puesto y se sabe que se convirtió en una especie de factótum, al estilo tapatío: No se mueve una hoja del árbol universitario hidalguense sin su consentimiento. Sosa Castelán está acusado de lacras pesadas de evasión de recursos y enfrenta varios litigios más que serios, de los que tal vez no vaya a salir bien librado. Ya ha estado guardado a la sombrita y tal vez vuelva a ser guardado a buen recaudo.
Pero no necesitamos buscar ejemplos de desviaciones en otros espacios. Aquí en Jalisco, nuestra bella y pundonorosa UdeG nos recarga sus cuadros de violencia y de atracos en despoblado un día sí y el otro también. Habría que traer a colación nada más, para quedarnos en el mero renglón de los hechos de sangre, las muertes violentas sufridas por destacados universitarios.
Empecemos con Carlos Ramírez Ladewig, en 1975. No era él mismo rector, pero era el que los ponía. Otro penoso homicidio a registrar es el del rector Carlos Briseño Torres, quien primero fue expulsado del cargo y luego suicidado. Igual habrá que registrar el final violento sufrido por el exrector y luego capo de todos los rectores siguientes, Raúl Padilla López. Son historias viejas nuestras, muy nuestras y muy fáciles de revivir. Pero por ahora aquí las dejamos.




