Días de guardar

Días de guardar

Juan M. Negrete

Hay viejas rutinas populares a las que no necesariamente les ubicamos su origen. Tal vez no sea necesario que el público que las observa les tenga claro su inicio; lo importante será entonces lo interiorizado que las posea, lo impregnado que esté en la vida común la dinámica de tales rutinas, para que éstas no conozcan detrimento. Uno de estos ejemplos son los días de las fiestas en las que todos andamos imbricados. Las hacemos nuestras en cuanto llegan y, sin más rodeos, las asumimos.

Tal vez las más comunes y universales vengan siendo los festejos a propósito de las navidades y del año nuevo. ¿Desde cuándo las guardamos y las mantenemos encasilladas en nuestra vida colectiva? Es pregunta a la que no le buscamos respuesta, porque quizás no tenga caso. Y que sepamos cómo masca la iguana con su permanencia en nuestra memoria  y en nuestros usos, ni para qué gastar más saliva. Son fiestas de todos y así las observamos.

Otro festejo también extendido por el ancho mundo es al que le tenemos endilgado por aquí el nombre de la semana santa. De que se vienen con él días de asueto, ni una palabra en contra. Todos le entramos a dicho baile cada año y no le regateamos foro. Que tenga que ver con los rituales religiosos que viran en torno a la pasión y la muerte del mesías católico, que preceden a lo de la resurrección, es tarea a la que nadie se le sienta a discutir nada. Mas las vacaciones, que no se supriman.

Y así habría que seguirle con la gran variedad de costumbres y ritos que contienen los calendarios populares. Podríamos abrir esclusas, volviendo a los ejemplos que trajimos arriba, hurgando en torno al fondo de donde provinieron. Si eran festejos ancestrales tributados al sol y a sus misterios, o a la luna, o a la precesión de las estaciones del año, por supuesto que les vamos a hallar nexos con tales bretes, sin que se nos pierda la perspectiva. Así les hemos contemplado y lo seguiremos haciendo.

Donde sí le empezamos luego a meter el bisturí y nos sentamos a abrir la discusión en su torno, es con los festejos que tienen que ver con los rituales patrios. Los mexicanos tenemos asentadas ya algunas fechas a las que les consagramos un altar indiscutible en nuestros garlitos comunes y que nos resultan inamovibles. No son tantas, pero son. Hablemos del 24 de febrero, del 5 de mayo, del 16 de septiembre, del 20 de noviembre y paremos de contar.

Tan las tenemos interiorizadas y son tan nuestras tales fechas, que hasta las usamos para nombrar calles y avenidas en las ciudades que hollamos. Son parte de nuestra cotidianeidad y no sufren retobo. Sin embargo, de repente nos llegan gobernantes raros a los que les molesta que una fecha tenga a disposición su día festivo. Les dio por recorrerle su guarda para el primer día de la semana, o para otra feha, lo cual, si lo observamos con mirada estricta, las desnaturaliza. Si tengan sentido o no tales desplazamientos, es cosa que siempre se presta a las discusiones.

Pues bien, dentro del santoral cívico, el mes que posee más fechas señaladas, viene a ser septiembre; al grado que le calificamos como al mes patrio, por antonomasia. Son demasiadas sus fechas a guardar. El mero día primero es el día del informe nacional del poder ejecutivo al pueblo, pero antes era el día del presidente.

Luego se venían en cascada el de los niños héroes, el de los charros, el del grito, el del inicio de la lucha por la independencia, para cerrar con el día de su consumación. No referimos la fecha exacta porque nos son de sobra conocidos a todos. Pero hay que tomar el último, el día 27, en el que normalmente se conmemora la entrada triunfal a la capital del país del ejército trigarante. Siempre se le ha visto como el día del triunfo de nuestra lucha por la independencia y nadie lo retoba. Aunque tampoco se ha tomado siempre como la fecha más relevante de tales festejos. Hubo gobernantes que sí le dieron este sesgo, pero no ha sido lo habitual.

Ahora que vamos ya pasando por el transcurrir de tales días, habrá que registrar a los días 26 y 27 de septiembre por el acontecimiento tan cruel de la desaparición de nuestros estudiantes de la normal de Ayotzinapa en la ciudad de Iguala. No es el único despropósito de nuestra historia como país, pero destaca de inmediato, a pesar de su cercanía en el tiempo, por la necedad o la impericia, o las dos juntas, de nuestras autoridades para darnos la aclaración satisfactoria que todos exigimos sobre tal desaguisado. La versión de su ‘verdad histórica’ es mero insulto a la inteligencia de todos y nunca se la hemos aceptado. Y así seguimos.

Entonces, al día 27 se le empalman dos fechas: la de la consumación de la independencia y la de la desaparición de nuestros muchachos normalistas. No se le había ocurrido a nadie elevar este sacrificio de jóvenes a una de nuestras conmemoraciones históricas; pero a como van los silencios y las medias voces de los responsables de aclarárnosla, va para capilla que vuela. Entrará al santoral, sin que lo retobe nadie.

Porque con los desaparecidos de Ayotzinapa va ocurriendo lo mismo que con los sacrificados de la noche del 2 de octubre en la plaza de las tres culturas. Se le conoce también como la noche de Tlatelolco. De lo acontecido poseemos demasiadas versiones. Pero la oficial, la que debería ser su verdad histórica, de ésa ni sus luces. Mucho menos que hayan escuchado nunca nuestros gobernantes la exigencia popular de que los responsables de tal masacre sean condenados y castigados. Muchos de tales personajes ya pasaron a mejor vida. Pero la memoria de sus hechos infaustos no ha sido llevada todavía, junto con la versión veraz de la participación de los responsables, al banquillo de la exhibición histórica. Es deuda pendiente para ambas fechas. Y en ambos casos se le han ido metiendo la fecha al público a ser consagrada como día de guardar.