El humor de Simona (cuento) / IV

El humor de Simona (cuento) / IV

Mel Toro

Cuarta parte:

Aparte de su indicutible belleza personal, las bastoneras se pasaron ensayando con estricta disciplina pasos y cadencias de la música para el desfile. Las chicas se llevaron la palma. Ni quien lo discuta. El profe Vera buscará resaltar en su discurso, aparte de lanzar alguna loa aledaña para los villistas y los zapatistas, quienes han venido trotando como marco necesario y colorido a las niñas de taconeo uniforme y cadencioso.

Para terminar su intervención oficial, el orador da una repasada a la expansión de las escuelas en el municipio y en todo el estado. Da a colegir al auditorio que, aunque sean datos exteriores, la abundancia de marchantes revela que el modelo escolar del estado está dando preciados frutos. Cierra luego, porque no podía terminar sin hacer alusión a ellos, con un elogio al contingente de los conscriptos. Siempre son los más aplaudidos, aunque hoy les arrebataron el sitio de honor las bastoneras.

Ya gastada la atención de su auditorio, dirige algunas palabras al fino y ordenado comportamiento del público. Sus aplausos graneados y la admiración mostrada tanto a los finos uniformes de los marchantes, como a los ejercicios disciplinados de la juventud estudiosa, a algunas acrobacias más que riesgosas. Les da a todos – remata – una unidad acendrada que no resultará fácil de romper, si es que se propusieran fuerzas extrañas a cometer semejante osadía.

Invita finalmente al público a que le dé seguimiento a las competencias por desarrollarse en este día festivo. Se prolongarán, informa, por todo el fin de semana. Habrá competencias de fútbol, en las canchas de la unidad; de béisbol en la cancha del centro escolar; las de volibol serán en las canchas de las secundarias. Para cerrar con broche de oro, se realizará la carrera de diez kilómetras. Arrancará del puente del corcovado y llegará al corazón de la plaza de armas.

Ahí, al término de la carrera, se entregarán las medallas a los triunfadores de la carrera. Pero no se limitará a ello. Se entregarán ahí todos los trofeos y diplomas a quienes hayan salido triunfadores de las competencias realizadas en esta jornada deportiva.

Jesús Vera, el profesor, da por concluida la fiesta cívica. Ordena a los contingentes formados a que rompan filas. Y desciende, acompañado de edecanes, del podio en donde recitó su discurso elogioso. Ya libre del presente compromiso, se dirige a paso lento a integrarse a la chorcha de sus amigos, que le esperan en el portal como agua para chocolate.

Se integra con sus viejos compañeros y, sin ponerse de acuerdo, enfilan hacia la mesa que ocuparon antes, en la refresquería de su amigo Dimas. Ordenan agua fresca de horchata para cada uno y se sientan desparpajados a rumiar los incidentes habidos en el desfile, su vivencia más reciente. No dura mucho el giro sobre este tema. Casi de inmediato les dejan caer a los ausentes las interrogantes sobre sus cosas. El más asediado es Chuy Pérez.

Pero, pícaro como es, el interrogado desvía las preguntas particulares, en cuya respuesta se tienen que colar elementos que desconocen sus amigos. Las va desviando, para remitirlas a los detalles de la antigua convivencia que tuvieron los años pasados, tanto en la escuela, en la que fueron compañeros, como en la vida diaria tenida por todos ellos en una comunidad tan pequeña por tan largos años.

Sin darle mucho giro a recursos especiales, el centro de la conversación se torna su experiencia común ante la autoridad escolar que siempre se les impuso, que fue la seño Simona Castañeda Castel.

[Continuará…]