Cuauhtémoc, se nos fue / I

Cuauhtémoc, se nos fue / I

Juan M. Negrete

Acaba de fallecer Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. Aprovecho la oportunidad para recordar algunos trozos de los trabajos políticos en que nos envolvió su candidatura y que metió al país en camisa de once varas. Son episodios conocidos, pero van aquí narrados, entreverando recuerdos personales, con la mejor intención del mundo, como un granito para sus honras fúnebres. Van:

En el sexenio de Miguel de la Madrid, a los mexicanos nos pasaron muchas cosas graves. Empecemos con 1985. Ese año nos abrieron las fronteras para el ingreso de mercancías de otros países. No sólo pusieron fin al proteccionismo que nos había hecho crecer, sino que fue la señal de arranque para desmantelar nuestra industria y, con ello, el desastre de todo el esquema que le daba sustento, como la agricultura y el mercado interno. Para colmo de desastres, uno de los sismos más destructivos de nuestra historia sacudió a la capital. Se habló de una cantidad estratosférica de víctimas: tal vez 200 mil muertos. El gobierno se vio inútil, incapaz de salir al frente del desastre.

Hubo más tragedias. En el campo político, el partido de estado, que ya llevaba sesenta años en el poder, un monolito imbatible, se empezó a resquebrajar. Se presentó una división interna de fondo, pues los ‘tecnócratas’ (así se les empezó a llamar a los que estaban por la apertura de nuestra economía al exterior: la entrega de nuestros recursos al extranjero, concretamente a las corporaciones gringas) desplazaron a la burguesía nacionalista, la que se había beneficiado del sistema basado en el proteccionismo y la endogenia.

Los tecnócratas tenían un serio problema. Si querían abrir de par en par las puertas de la economía nacional y poner de rodillas a nuestros ricos autóctonos, tenían que arrebatarles el poder. Tenían que desmantelar todo el equipo productivo que sostenía la ‘propiedad nacional’ de los renglones estratégicos. Si no se hacían del poder, difícilmente podían arrebatar estos monopolios a nuestros poderosos, para entregarlos al extranjero; es decir, ponerlos en manos de los ricos extranjeros. Parecería que les iba a ser imposible cumplir tales tareas, pero las realizaron ambas. Fue un enfrentamiento brutal. No se detuvieron en mientes.

Lo primero que hicieron fue poner en marcha un proceso inmisericorde de devaluación de nuestra moneda. Las empresas en manos del estado empezaron a aparecer como instancias devaluadas, ineficientes, que operaban con números rojos. El ‘estado’ se empezó a presentar como un administrador ineficiente, manirroto y pésimo. Se hablaba de un ‘estado obeso’. Las ‘empresas improductivas’, empezando por las ‘más costosas’, fueron declaradas en quiebra y puestas a venta de garaje, al mejor postor.

Sólo que se manejaba una gran mentira o una evidente estafa. Ponían a la venta ‘empresas quebradas e improductivas’. ¿Qué clase de alma caritativa se iba a interesar en ellas? Pues no faltaron los arrojados que se aventaron a la turbulencia de la corriente. Los hombres del poder se encresparon y se dividieron en dos bandos cada vez más irreconciliables. Vino lo que tenía que llegar. Cuando se acercó el momento de la elección interna del candidato que presentaría el partido que siempre ganaba el poder (PRI), se mencionaban dos candidatos fuertes. Uno era el hijo del general Lázaro Cárdenas, Cuauhtémoc. El otro era un muchachito pelón, junior, hijo de un viejo secretario de estado que había sido apartado del poder por corrupto extremo, Raúl Salinas Lozano. El chiquillo se llamaba Carlos Salinas de Gortari.

Cuauhtémoc abanderó a la burguesía nacionalista, empeñada en sostener los viejos moldes económicos, de los que se derivaban muchos beneficios a la población, aunque ellos acapararan la mejor parte, sin lugar a dudas. El muchachito Salinas encabezaba a la corriente de moda, la de los tecnócratas. Para decirlo claro, lo que traía éste en alforjas era el nuevo esquema neoliberal, globalizador, privatizador de toda la riqueza nacional, de apertura de fronteras para la invasión de los capitales sin barrera alguna y para el saqueo inmisericorde que el cardenismo había logrado frenar a lo largo de medio siglo.

Lo que ocurrió fue indescriptible. Los priístas afines al cardenismo fueron expulsados del partido, hasta ese momento monolítico. Ya fuera de las mieles del poder, éstos se aprestaron a contender. Se hicieron llamar ‘corriente democrática’. No pudieron imponer al interior del partido del estado un proceso de elección sometido a la auscultación de las bases. Fueron vergonzosamente expulsados del seno del partidazo. De pronto, Cuauhtémoc Cárdenas y sus seguidores lucieron como huérfanos, como herejes, por desafiar al poder central. Pero levantaron ámpula.

Había por ahí unos partiditos paleros o simulados. Jugaban a la ruleta electoral y le hacían el caldo gordo al PRI. Dos, el PARM y el PPS arroparon al hijo del general Cárdenas y lo registraron como su candidato. Era una ruptura inesperada para el invicto PRI. La maquinaria estatal se puso al servicio del candidato del poder establecido, que fue Salinas, y apostaron a que Cuauhtémoc no aglutinaría contingentes. Pero su apuesta fue equivocada, porque la candidatura del ingeniero se desató como río crecido. Pronto se volvió arrolladora en todos los rincones del país.

[Continuará…]