Las mujeres no llegamos a la política porque alguien nos abra generosamente la puerta. Llegamos después de organizarnos, disputar candidaturas y enfrentar prejuicios. Por eso, los triunfos de mujeres en las elecciones estadounidenses del 3 de noviembre merecen una lectura que reconozca tanto las barreras derribadas como el mensaje político de las urnas: una derrota para Donald Trump y una oportunidad para fortalecer los contrapesos democráticos.
Aunque su nombre no estaba en la boleta, su gobierno sí estaba sometido al juicio ciudadano. La pérdida del control republicano de ambas cámaras del Congreso representa un revés político para el presidente. La nueva mayoría demócrata tendrá herramientas para frenar iniciativas, revisar nombramientos e investigar las acciones de su administración. Conviene precisar el alcance: Trump conserva la Presidencia, pero enfrentará un Congreso con capacidad de limitar su agenda.
Desde mi mirada, este resultado abre una grieta en una forma de ejercer el poder que ha convertido la confrontación y la descalificación en recursos cotidianos. Sin embargo, sería apresurado interpretar cada voto contra el oficialismo como una adhesión al progresismo. Las motivaciones del electorado son diversas. Lo que corresponde ahora es convertir el descontento en respuestas democráticas y en mejores condiciones de vida.
En ese escenario, los triunfos de mujeres adquieren especial relevancia. Keisha Lance Bottoms ganó la gubernatura de Georgia y se convertirá en la primera mujer negra elegida gobernadora en la historia de Estados Unidos. Deb Haaland ganó en Nuevo México y será la primera mujer indígena elegida para encabezar un gobierno estatal en ese país. Ambas victorias interpelan estructuras de poder atravesadas por exclusiones de género y raciales.
También destacan los triunfos reportados de Gina Hinojosa en Texas y Amy Acton en Ohio, así como los de Jocelyn Benson en Michigan y Amy Klobuchar en Minnesota. Sus trayectorias son distintas, pero sus victorias amplían la presencia de mujeres en espacios donde se decide sobre presupuestos, servicios públicos y prioridades de gobierno. Al cierre de esta columna, algunos cómputos continúan y las proyecciones electorales deben distinguirse de la certificación oficial.
La derrota política de Trump y estas victorias de mujeres coinciden en una jornada que permite imaginar otras formas de gobernar. Para que esa posibilidad se concrete, hace falta un compromiso sostenido con la igualdad, la deliberación pública y el respeto a quienes piensan diferente. Una victoria electoral puede abrir ese camino; recorrerlo exige decisiones y responsabilidad.
Desde una perspectiva feminista, también debemos reconocer la dimensión colectiva de estos resultados. Detrás de cada candidata hay mujeres que recorren barrios, convocan reuniones, sostienen conversaciones difíciles y encuentran tiempo para participar entre jornadas laborales y responsabilidades de cuidado. La fotografía de una ganadora suele dejar fuera ese trabajo cotidiano que hace posible la democracia.
Para una niña negra que vea a Bottoms o una niña indígena que reconozca en Haaland una historia cercana, estas victorias pueden ensanchar el horizonte de lo posible. Pero sería injusto pedirles que se conformen con símbolos. Necesitan escuelas, seguridad, salud e instituciones que permitan convertir sus aspiraciones en proyectos de vida.
Ahí comienza la exigencia política. ¿Qué cambiará para quienes necesitan servicios de salud sexual y reproductiva? ¿Para las mujeres que enfrentan violencia? ¿Para las migrantes, las trabajadoras precarizadas y quienes cuidan sin remuneración? ¿Qué compromisos llegarán a los presupuestos y cuáles quedarán en los discursos?
Ser mujer tampoco garantiza un compromiso feminista. Tenemos posiciones políticas distintas y podemos impulsar proyectos contrapuestos. Evaluar a una gobernante por sus decisiones reconoce su responsabilidad pública. La representación importa; su contribución a la igualdad, la autonomía y la justicia debe examinarse con rigor.
Desde América Latina conocemos esta tensión. Hemos conquistado cuotas, reformas de paridad y mecanismos contra la violencia política, mientras seguimos disputando condiciones reales para ejercer los cargos. Sabemos que acceder a una candidatura es parte de un recorrido que también requiere financiamiento equitativo, seguridad y distribución social del cuidado.
La derrota de Trump debe leerse, entonces, como una apertura política cuyo alcance dependerá de lo que se construya después. Frenar una agenda y ofrecer una alternativa son responsabilidades diferentes. Las nuevas mayorías tendrán que demostrar que pueden escuchar, gobernar y responder à las desigualdades que atraviesan la vida cotidiana.
En CLADEM usamos el derecho como herramienta de cambio. Desde esa convicción, estos resultados invitan a tejer fino entre representación y derechos, organización social e instituciones, esperanza electoral y obligaciones de gobierno.
Celebremos a las mujeres que abren camino y el fortalecimiento de los contrapesos al poder de Trump. Acompañemos lo que viene con autonomía crítica y memoria feminista. El horizonte de una democracia paritaria es que las mujeres podamos llegar, decidir y transformar las condiciones de vida de quienes han permanecido al margen. Que ninguna niña tenga que esperar otra generación para descubrir que el poder también le pertenece.
Dra. María Guadalupe Ramos Ponce
Coordinadora Regional de CLADEM
Profesora Investigadora de la UdeG.
@dralupitaramosp
lupitaramosponce@gmail.com
Canal de YouTube Dra. Lupita Ramos: https://www.youtube.com/channel/UCQ_bKrt9f4rkb7VST7-sYrg
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