Serenata sin luces (cuento)

Serenata sin luces (cuento)

Mel Toro

Tanto el Teto como el Greg estaban acostumbrados a agarrar la jarra cada fin de semana. Los pretextos jamás les faltaron. De manera que hacer una lista de supuestos motivos vendría a ser ocioso. Tenían, aparte, varios espacios de reunión no oficiales, pero sí concordados con la chorcha de sus amigos, de manera que si no les caían unos al brete se acercaban otros. Pero la chorcha se armaba porque se armaba.

Uno de los centros de concurrencia más favorecidos era la casa del Greg, ubicada casi a las orillas del barrio de santa Tere, una cuadra antes de la avenida de las Américas. Por ser un espacio tan amable de la clase media tapatía y por tener tan buena comunicación del servicio de transporte público, casi sin ponerse de acuerdo sus compas remataban en dicho lugar. Cerca tenían fonditas y pozolerías en las que consumían las cenas de rigor de la parvada.

El ambiente interno que creaban era inmejorable. Todos ponían su cuerno para la adquisición de bebidas y botanas. Como queda dicho, al final, antes de que cerraran los comederos, o iban a cenar o se llevaban buenos lonches para consumirlos en bola, como igual lo hacían con las chelas y los tequilitas, a lo que eran tan adictos.

La temática central de sus convivios eran las morras. Cada uno traía su colección no precisamente de conquistas, pero sí de muchachas con las que se relacionaban y que les aligeraban el peso ineludible de ganarse la papa para sobrevivir. Casi todos ellos habían emigrado del rancho a la ciudad y se sentían hermanados en carencias y logros. La juventud esplendía en sus cuerpos y no había casi motivos para quejas. Era un pasarse la vida en plan sabroso y el fin de semana era como su revisión obligada, con bebeta de rigor, como debe ser.

Lo mejor de la chorcha venía a ser algo así como un motivo religioso. Varios del grupo dominaban el arte de la guitarra y cantaban canciones populares hasta desgañitarse. Cantata colectiva, aunque los acompañantes con instrumentos fueran dos o tres. Tampoco importaba mucho si no se aparecía alguno de los músicos improvisados por ahí. A capela se daban gallo. Era la tónica. De manera que su sesión sabatina siempre estaba bañada de cantos y risas.

Por ahí, aunque no con rigor cronológico, cada mes les salía el brete de ir a llevarle serenata a alguna de las muchachas enamoradas o enzarzadas en rituales de amorío con alguno de ellos. Para tal fin no faltaba ninguno de los guitarreros pues, de no acudir alguno de estos ejecutores, la planilla musical sufría desdoro. Eran acuerdos no escritos. La noche de sus serenatas no fallaba ninguno de los tañedores y ruidosos instrumentistas o guitarreros, como les gustaba ser llamados.

Por la última semana en ciernes, el Teto difundió, entre los amigos que se iba encontrando, su intención de llevarle serenata a una pretendida muy bella. Antes lo habían visto ya algunos del brazo con ella. Hacían muy bonita pareja, pero la cereza del pastel era que la chica fuera una tapatía que no negaba la cruz de su parroquia. Unos ojazos negros y grandotes, una piel clara y rostro chapeteado, aparte de estar bien acintureadita y piernuda. Joven y bonita, pues, y no habría que exagerar más.

Les gustó la idea de apoyar al Teto en el cortejo que le iba acendrando y se pusieron de acuerdo casi todos los feligreses de la chorcha sabatina a acompañarlo a llevarle su serenata de rigor. No era una liturgia especial, sino conocida de todos. Pero no habría de faltar ninguno de los guitarreros. Era el acuerdo y lo cumplieron.

Para estos afanes solían trasladarse de su centro de reunión del barrio de santa Tere en dos carritos en los que cabían apretados todos ellos, junto con sus instrumentos musicales. Uno era un vocho, al que le metían hasta ocho o nueve pasajeros. El otro era un opelito, más ancho que el vocho, en el que completaban el pasaje. Se llegó la noche y, reunida la chorcha completa, después de haber ingerido el contenido de varias botellas y haberse merendado todos los lonches encargados, partieron para la cantada serenata.

Por supuesto que llevaban una buena dotación extra de bebidas, licores y refrescos, que nunca deben faltar. Mientras tanto ensayan los que saben cantar; el resto de la flota prepara vasos de las bebidas para que estén consumiendo todos al unísono. El ambiente no ha de decaer por la falta de atención de estas minucias. El repertorio musical está a cargo de los que le hallan al canto y el potable está en manos de los cantineros.

Enfilaron pues con el rumbo de Alcalde barranquitas. Teto señaló que el domicilio de su chica estaba por la calle de los Maestros, pasando una media glorieta conocida, varias cuadras antes de la calzada. El Greg les propuso otra salida: antes de llegar a la cita acordada, pasar a cantarle unas canciones a su novia Cecilia, quien vivía por el rumbo, por la calle Torres Quintero. No se desviarían, les quedaba en el camino. E irían afinando el galillo. Así lo hicieron.

Ya tenían el gusto todos de conocer a la tal Cecilia, muchacha de muy buenos bigotes también. Alcanzó el convoy su primera parada a con doña Cecilia y le trovaron con buen gusto, cual debe, algunas canciones nuevas, poco tocadas antes por ellos, para irlas preparando para la función principal. La chica encendió las luces de su dormitorio, primero que nada. Luego salió a agradecerle el obsequio al Greg. Se llamó a sorprendida, le dijo, porque ni era su cumpleaños ni la esperaba. Pero nadie toma a mal un regalito de esta naturaleza. Agradecimientos, saludos, más ingesta, y a partir con rumbo a la mini glorieta de la avenida de los maestros.

Llegó finalmente el tropel de trasnochados al domicilio indicado. Bajaron de los vehículos y se aprestaron al canto, comprometido de ser ejecutado con la mejor de las gracias. Ya bien afinados y limpias las gargantas, se apostaron frente a una casa de fachada bien terminada, de dos pisos, con un ventanal amplio y enrejado.

La primera canción, como ritual, fue la de las mañanitas. Pero como hay varias versiones, cantaron la conocida “Despierta, dulce amor de mi vida”. Aunque cantores y acompañantes llevaran consumidas varias dosis de licor, la apertura les salió de libreto. La flota de acompañantes hizo ronda. Nada descomponía el cuadro. Las luces del interior de la vivienda nomás no se encendían.

El Teto pidió que se lanzaran con la segunda pieza. Lo mismo. La música toque y toque, pero las luces seguían apagadas. La muchachada bebedora llevó al galillo de los cantantes más bebidas, para que se refrescaran, en tanto la agasajada les daba la señal de aprobación que consiste primero que nada en encender la luz de su aposento. Vino una tercera y una cuarta pieza, pero las luces… ni sus luces.

El Teto se empezó a desesperar. Como que no era la reacción esperada de su pretendida. Como la carrera de la bebida ya se iba haciendo larga, le hizo caso al Greg y ambos empezaron a escalar por las verjas, para llegar a los canceles de la ventana y tocarle suavemente a la interfecta, para despertarla, si es que no lo había hecho todavía el ruido sabroso de su música callejera.

Bonito espectáculo de dos escaladores de verjas, una compañía de músicos también ya un tanto bebidos y sin director de orquesta, y la flota acompañante desatada en la ingesta. Al calor de la improvisación, los músicos terminaron una pieza que llevaban tocando e iniciaron otra, sin sentido ni concierto. Uno de ellos tiró a iniciar un rocanrol, pero otro la combinó con una sambita de moda. Al final, sin ponerse bien a bien de acuerdo, ligaron sus acordes con una cantata de moda que reza: “Los marcianos llegaron ya, y llegaron bailando el cha cha chá”.

Los escaladores saltaron al piso. Todos los musicantes repetían las pegajosas frases de: ricachá, ricachá, ricachá… y llegaron bailando el cha cha chá… Las luces de la vivienda permanecían apagadas. Las bebidas abundaron y los marcianos bailaban ante la puerta de la novia dormida: Ricachá, ricachá, ricachá… y llegaron bailando el chachachá.

Buen rato duró el barullo descompuesto, cuando de pronto se abrió la puerta de la calle. Salió, con cara de pocos amigos, quien era seguramente el papá de la novia, con una pistola desenfundada en la mano. Detonó varios disparos al aire y espetó a voz en cuello a los serenateros:

_ Me agarra cada uno su platillo volador y de puntitas se me van mucho a chingar a su madre.