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¿Adiós a Trump?

¿Adiós a Trump?

¿Adiós a Trump?

Juan M. Negrete

Cuando los poderosos del planeta decidieron cerrar el penoso capítulo de la guerra fría, que mantuvo en suspenso al mundo como medio siglo, en el área de las películas se montó el enredo de una mujer que duró en coma cierto tiempo, lo suficiente para no enterarse de la demolición del muro de Berlín ni de los cambios geopolíticos operados en Alemania por esos días. El filme se llamó Adiós a Lenin. Conoció una amplia difusión. Hasta en poblaciones pequeñas fue exhibida. Tenía el capitalismo acendrado interés por dar a conocer al mundo entero lo que implicaba su triunfo total sobre la propuesta socialista.  Por ruido no paró tal embeleco.

No va al caso hacer ahora una reseña de dicho filme. Lo mencionamos tan sólo por coincidir su denominación con otro, bien actual, que pudieran armar y difundir por el mundo entero estos mismos difusores yanquis, para enterarnos de las muchas variantes que se aplicaron en la unión americana bajo el mandato del presidente Donald Trump para enajenar el poder de una vez por todas, pero que les fueron interrumpidas. El rubio despampanante quiso reelegirse, dado que dicha opción es lícita. Pero como desde antes del veredicto de las urnas se avizoraba la derrota, desde el mismo equipo de manejo de imagen, donde se toman las decisiones de la presidencia, orquestaron un segundo plan: Fatigar a la audiencia con la cantaleta del fraude electoral, para echar abajo legalmente todo el proceso.

¿Qué se hubiera seguido si hubiera prosperado su enconosa moción del fraude? ¿Habría anulado el proceso? ¿Habrían repetido las elecciones? ¿Habrían vuelto a contender Biden y Trump? ¿Habría seguido Trump, impertérrito, ocupando la primera magistratura o habría sido sustituido al menos temporalmente por su vicepresidente, mientras se repetía el tiro de la lotería electorera?

Ya pasó el trance y no tiene mucho sentido especular sobre lo que no fue. Pero sí es pertinente acusar de recibida la intentona de echar a andar un tercer plan. Ahora resulta obvio que buscaban instrumentar, como salida de la crisis que agitaban, que con la bendición de lo instituido o sin ella el güero desabrido siguiera en el poder; que se mantuviera al frente del timón y que condujera la nave del país vecino en un mar de turbulentas aguas, batidas ya y por batir más, en donde la agenda republicana mantuviera la hegemonía.

La toma del capitolio del día seis de enero para muchos analistas significa un golpe de estado. Por ello, a muchos les parece atinado que se le implemente juicio político al azuzador principal, el rubio canelo de Trump. Otros dicen que, si ya dejó la casa blanca, no tiene ningún sentido continuar con tal juicio. La exigencia de llevarlo a término se justifica con el propósito de no dejarles viva la ilusión a sus seguidores. El ensayo de asalto resultó fallido, pero entreabrió la puerta de la más antigua democracia moderna, que no está exenta de tales fechorías. También puede ser rendida mediante métodos heterodoxos, como los operan ellos en otros países, sin que se les atragante el bolo.

Es una lección entre que novedosa y extraña, la que vivieron nuestros vecinos durante el período intermedio, desde el día de la elección hasta el de la toma de posesión de los que ganaron. Lo novedoso radica en que tales golpes violentos no suelen ocurrir en su instancia central de gobierno. De ahí que se hablara siempre de la excepcionalidad del ámbito democrático gringo. En todos los recintos de poder en el mundo se han registrado golpes de mano, mediante los cuales terminan siendo sustituidos los ocupantes del poder. Pero parecía que la sede gringa estaba exorcizada de semejante contagio. Pues ya vimos que no. También en Washington se cuecen habas.

El hecho fue descalificado de inmediato en todo el mundo. Pronto se dio cuenta la opinión pública mundial que iba a ser un intento fracasado, como lo fue. En cuanto las autoridades constituidas decretaron el toque de queda, se vio que la alharaca supremacista no iba a prosperar. Vino luego una serie de rumores en los que se difundía que el mero día crucial de la toma de posesión de Biden, los alzados trumpianos armarían escándalos en cada uno de los capitolios de los cincuenta estados de la unión. No hubo tal ya ni se impidió la sucesión, con lo que la pesadilla fue finalmente conjurada.

Trump dio una perorata de despedida en la que hizo saber a sus adversarios electorales que su campaña apenas dio inicio. ¿Vendrá a ser su penúltimo bluf o en realidad estarán tramando él y su equipo en volver por sus fueros? En este punto, el partido republicano tiene la palabra. O se deslinda de semejantes despropósitos hechos realidad, o se meten a la batahola de los caprichos e impertinencias del rubio desangelado, al que le facilitaron la maquinaria para que subiera y se sostuviera al poder con su respaldo y aval.

Pareciera ser que muchos republicanos están dispuestos a curarse en salud, antes de que sea tarde. Si lo hacen, pronto veremos que se deslindarán de semejante personaje, que les hizo tragar las duras y las maduras. Por lo pronto se registran ya deslindes de algunos de sus más empeñosos seguidores, como algunos miembros prominentes del QAnon y de los Proud Boys. Si estos grupos supremacistas, que son los más fanáticos y radicales pilares del rubio despampanante, le dejan solo, sí le podremos ir entonando las golondrinas. Y decimos ‘podremos’ porque, aunque se trata de meros irigotes gringos, ya llegados al punto de las afectaciones, hasta acá nos llegan los estropicios.

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