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Adiós al pintor Javier Arévalo: fallece a los 82 años

Adiós al pintor Javier Arévalo: fallece a los 82 años

Guadalajara, Jalisco.-El pintor Javier Arévalo Suárez (Guadalajara, 1937) falleció la mañana de hoy, miércoles 12 de febrero, a causa de un paro cardíaco. La comunidad artística tapatía ha manifestado su consternación.

De niño, Arévalo ganó un premio de pintura y con él la posibilidad de estudiar en la ciudad de México, pero su familia se opuso. Estudió en la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Guadalajara, y sin concluir la carrera se trasladó a la ciudad de México. Ingresó a la Academia de San Carlos en 1961 donde tuvo como maestros a Francisco Moreno Capdevilla y Antonio Rodríguez Luna. Ese mismo año participó en la bienal de grabado en Córdoba, Argentina.

En 1963 y 64 obtuvo el premio Nuevos Valores, en la ciudad de México. Ganó, también, el premio de adquisición en el Salón de la Plástica Mexicana, certamen promovido por el Instituto Nacional de Bellas Artes. Dirigió la sección de Artes Plásticas en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de San Nicolás de Hidalgo, en Morelia, Michoacán.

Su obra lo ha hecho merecedor de numerosos reconocimientos y premios, como el primer premio en la bienal de grabado en Tokio, Japón, en 1970, y el primer premio de la Bienal del Grabado Latinoamericano en San Juan, Puerto Rico, entre otros. Su obra se encuentra en colecciones públicas y privadas de Suiza, España, Colombia, Costa Rica, Uruguay y Nueva York. Entre otros galardones, obtuvo el Premio de Arte Jalisco 2000 y el que le otorgó la Fundación Pedro Sarquís Merrewe.

En distintos momentos nos compartió episodios de su fascinante y apasionada vida como artista errabundo e inquieto. Entre las aventuras que vivió, está la ocasión en que un coleccionista le pagó la obra adquirida con un pequeño hotel de paso, ubicado por el rumbo de la antigua Central Camionera, en 2004. Justo el 14 de febrero de ese año, en ese espacio remozado, Arévalo presentó la exposición colectiva Mojando la brocha, en la que participaron cerca de 50 artistas de la localidad, entre ellos Fernando del Paso, de quien se leyó un soneto erótico. Al respecto, Arévalo comentó: “Si de todas maneras todos los seres humanos estamos de paso, pues qué mejor que exponer en un hotel de paso, y más con don Fernando del Paso”.

 

Javier Arévalo y José Clemente Orozco

A continuación, presentamos algunos fragmentos narrados por él mismo:

Empecé a pintar desde muy niño, en la primaria, igual que todos los niños. Considero que todos los niños son artistas, el problema es que lo sigan siendo de grandes. Porque se dice que el artista nace, no se hace. Yo no estoy de acuerdo, yo digo que el artista nace y luego se deshace.

Tenía ocho años cuando en un día de fiesta dedicado al maíz, aquí en Jalisco, convocaron a un concurso escolar de dibujo sobre el tema. Puse a mi hermano –que era mayor que yo– en el suelo, sobre un papel, y le dibujé la silueta para saber la proporción. Luego, al dibujo le puse plumas, sandalias y taparrabo: era un Cuauhtémoc. En una mano, en lugar de arco y flechas le puse una milpa, y en otra una mazorca. Por cierto que lo hice a lápiz, porque no conocía otro material.

Cuando gané ese premio conocí a Clemente Orozco. El inspector escolar, que era uno de los organizadores, tenía cierta amistad con Orozco y me dijo que me iba a llevar a conocerlo. Recuerdo que llegamos a donde estaba pintando unos murales, lo que no recuerdo es dónde era. Orozco estaba en un andamio de madera. El inspector le dijo: “Don José, este es el niño que ganó el concurso”. Don Clemente volteó desde el andamio, que por cierto no era muy alto —tengo grabada la imagen de Orozco; me pareció como un tecolote trepado en una rama—, me miró y me dijo: “Ah, ¿tú eres el niño que ganó el concurso?” Sí, soy yo, respondí. “¿Y te gusta la pintura?” Sí, me gusta, dije. “Pues que te corten las manos antes de que sea demasiado tarde”.

No me gustó lo que dijo y pensé: ¿será por eso que a él le cortaron una? Luego me preguntó si me gustaba lo que estaba pintando ahí. Le dije que no, que estaba muy feo. “¿Tú lo puedes hacer mejor?” ¡Claro!, respondí, y se echó una carcajada muy azteca, es decir, muy sonora y corta.

Cuando gané mi segundo premio escolar, a los 10 años, fue con pinturas que nos llevaron los propios organizadores y que consistían en goma arábiga y tierras. A mí me gustaba mucho allá por el rumbo de la iglesia de San Francisco, que tenía grandes árboles y muchos zanates, y se me ocurrió pintar ese lugar. Tomé mis cosas y me planté en la calle, como un pintor impresionista, sólo que con 10 años de edad.

Como a los 15 años trabajé de dibujante en el circo Unión. No era ese circo famoso, sino un circo parchado, pueblerino. Era tan pueblerino, que su máxima atracción era la pelea de un oso ruso pardo contra un toro. Claro que no le echaban un toro de lidia, sino un torito de rancho. Y la verdad es que era un espectáculo verlos pelear. El oso tenía tal habilidad que desnucaba a los toritos, aunque a veces lo herían.

Yo hacía los carteles del circo en planchas que se preparaban con cola de carpintero. Durante las giras por los pueblos cercanos a Guadalajara, me iba con otras gentes del circo a buscar burros viejos para darles de comer a los leones. Era impresionante ver cómo destazaban a los burros; los tenían que destazar muy bien porque los leones estaban muy viejos, tan viejos que ni yo les tenía miedo.

La poca gente que trabajaba en el circo la hacía de todo, de magos, payasos y vendedores de golosinas. Yo también ayudé en la taquilla, y hasta salí a anunciar no se qué espectáculo. Por cierto que la hija del dueño, una chamaca trapecista y malabarista, era mi novia.

Durante el tiempo de la formación de un artista le hacen daño dos cosas: el dinero y la comodidad, que son verdaderas drogas. En su formación, el artista debe huir de todo eso.

A mí me encanta ir a lugares donde no conozco a nadie, donde tengo que luchar y hacer cosas para sobrevivir. Toda mi juventud la pasé así. Decía mi abuelita que hay dos maneras de viajar: joven y con valor, y viejo y con dinero: La verdad yo le eché mucho valor a la vida, cosa que me encantaría volver a hacer.

Siento que he hecho obra muy importante, obra buena y obra mala, como todo mundo que anda en esto, pues siempre se tienen etapas más afortunadas, de más gracia, donde tu vida es más brillante, y etapas donde está apagada. A fin de cuentas considero que en este asunto soy más sabio de lo que creen y más pendejo de lo que se imaginan.

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Publicado por Enrique Alfaro Ramírez en Sábado, 30 de mayo de 2020

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