Partidiario

Criterios

Sabedor de que Andrés Manuel lo rechaza y hasta lo aborrece por su cacicazgo de tres décadas en la Universidad de Guadalajara, el oportunista Raúl Padilla López, sintiendo la lumbre en sus aparejos, se monta en la ola de Enrique Alfaro en contra de la centralización de poderes a través de los súper delegados, y pide, como éste y otros gobernadores de oposición, que se respete el federalismo, y que les den más recursos a los estados.

Padilla López aprovechó también su foro en la Feria Internacional del Libro (FIL), con un escenario a modo con la presencia de buen número de universitarios que le aplauden, para lanzar su dardo en contra de López Obrador:

“Expresamos nuestra inquietud con respecto a las leyes recientes aprobadas por el Congreso de la Unión que claramente, en mi opinión, atentan contra la armonía del Pacto Federal por la vía de superponer estructuras con atribuciones que vulneran la soberanía y autonomía de los estados”.

Además, no desaprovechó la oportunidad que le brindó el rechazo generalizado de distintas organizaciones  de la sociedad civil y de derechos humanos en contra de la  conformación de la Guardia Nacional para decir que ésta debe ser revisada cuidadosamente, y agregó que respalda el pronunciamiento del gobernador electo “en torno a la necesidad de que el presupuesto federal, del que depende el 91% de los estados y municipios, sea conformado tomando en cuenta las necesidades, propuestas y proyectos de las propias entidades federativas y ayuntamientos”.

Y, claro, habló además de sus propio negocio, el de la cultura –como él llama incluso a la farándula en los distintos foros universitarios que tiene a su disposición–, tanto como presidente de la FIL y el de más de una docena de organismos desconcentrados de la UdeG que opera a discreción y sin rendir cuentas: Auditorio Telmex, Teatro Diana y Artes Escénicas, entre otros.

Aseveró que la cultura requiere que se le destine, al menos, el 1% del presupuesto federal, tal como lo expusieron en sus plataformas los distintos partidos políticos, incluso el triunfador, “como corresponde a un área fundamental para una sociedad moderna y democrática”.

Y como la cultura, su “cultura”, es lo suyo, es su business, exigió que se descentralice no tanto a la alta burocracia sino “los recursos y los programas de infraestructura y de difusión, y quien dice descentralización, dice autonomía, indispensable para preservar la libertad de creación y de expresión”.

El jueves 22, junto con legisladores locales y federales –entre ellos el exrector Tonatiuh Bravo– y otros colaboradores, Enrique Alfaro se tomó foto frente a la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres para demostrarle puño al próximo presidente y exigirle respeto a la soberanía estatal; y aclaró que no se trata de pedir dinero federal para el lucimiento personal, sino para que sea corresponsable en la solución de problemas básicos.

Alfaro envió entonces un mensaje al electo presidente de su rechazo a que haya poderes paralelos personalizados, en los llamados delegados generales o súper delegados que aquí hemos comentado, que se convertirían en una especie cogobernadores, toda vez que de acuerdo con el propósito central, es que sean éstos los que manejen los presupuestos y partidas federales para evitar que los ejecutivos estatales acuerden “moches” con los proveedores y los contratistas.

Dentro de ese paquete de control centralizado AMLO incluye –y está más claro que el agua pura– a las universidades. Es por eso que Padilla López parece volver a su alianza con Alfaro y se atrinchera para dar la pelea por su largo y prolongado feudo y evitar la decapitación.

El asunto está en que, como mandamás –en la práctica dueño de la UdeG–, el exrector está desprestigiado ante la sociedad jalisciense y, en tal caso, le estaría haciendo un mal tercio a Alfaro, quien podría decirle: “¡no me ayudes, compadre!”.

Comentarios