Puntos y Contrapuntos

Criterios

 

Si no lo impide alguna circunstancia política o si las fuerzas de la naturaleza no manifiestan alguna objeción, una vez más estarán frente a frente, este sábado 9 de marzo del 2019, en la plaza pública, un terreno que les resulta natural a ambos, ante miles de personas que el pasado 1 de julio del 2018 pudieron haber cruzado las boletas de las elecciones para presidente de la república y gobernador, indistintamente, en favor de ambos personajes.

Fugazmente, alguna vez fueron amigos, aliados, socios, en las elecciones del 2012, cuando uno buscaba por segunda ocasión la presidencia de la república y el otro aspiraba por primera vez a la gubernatura de Jalisco. Presumiblemente compartían los mismos ideales. El tiempo demostró que no era así, y en 2018 quedaron distanciados y confrontados, cuando uno de ellos buscaba por tercera vez la presidencia de la república y el segundo reiteraba, una vez más, sus afanes de ser gobernador. Ambos ganaron.

En las pasadas elecciones del domingo 1 de julio del 2018, Enrique Alfaro Ramírez, candidato del partido Movimiento Ciudadano, ganó la gubernatura de Jalisco con un millón 353 mil 755 votos, el 39.01% del total captado en las urnas. En Jalisco, en los sufragios que captó para presidente de la república, Andrés Manuel López Obrador sumó 107 mil 593 votos más que Alfaro Ramírez. Lo superó por 2.74%, pues el candidato presidencial de la coalición Morena-PT-PES sumó un millón 461 mil 348 sufragios, el 41.75% del total depositado en las urnas jaliscienses.

¿Quién será en esta ocasión vilipendiado por el desprecio, el reproche o el reclamo del pueblo? ¿Sufrirá el gobernador Alfaro Ramírez el mismo trance traumático de los gobernadores que en las semanas recientes han compartido templetes y micrófonos con el presidente López Obrador, y han sido abucheados por la multitud?

¿Quién, en estos días –en los que el pueblo castiga la infamia y la canalla–, se ajustará mejor a la idea que expresó hace 488 años el florentino Nicolás Maquiavelo, en su célebre tratado de política El príncipe (publicado en 1531), sobre el amor y el aprecio, o el desprecio justo del pueblo?

En el capítulo 9, “Del Principado Civil”, reflexiona Maquiavelo sobre el origen del poder: “El principado pueden implantarlo tanto el pueblo como los nobles, según la ocasión se presente a uno o a otros”.

Agrega: “Los nobles, cuando comprueban que no pueden resistir al pueblo, concentran toda la autoridad en uno de ellos y lo hacen príncipe, para poder, a su sombra, dar rienda suelta a sus apetitos. El pueblo, cuando a su vez comprueba que no puede hacer frente a los grandes, cede su autoridad a uno y lo hace príncipe para que lo defienda”.

¿Cuál apoyo suele ser más consistente?

Advierte Maquiavelo: “Pero el que llega al principado con la ayuda de los nobles se mantiene con más dificultad que el que ha llegado mediante el apoyo del pueblo, porque los que lo rodean se consideran sus iguales, y en tal caso se le hace difícil mandarlos y manejarlos como quisiera”.

Reflexiona: “Mientras que el que llega por el favor popular es única autoridad, y no tiene en derredor a nadie o casi nadie que no esté dispuesto a obedecer. Por otra parte, no puede honradamente satisfacer a los grandes sin lesionar a los demás; pero, en cambio, puede satisfacer al pueblo, porque la finalidad del pueblo es más honesta que la de los grandes, queriendo estos oprimir, y aquél no ser oprimido”.

Concluye: “Un príncipe jamás podrá dominar a un pueblo cuando lo tenga por enemigo, porque son muchos los que lo forman; a los nobles, como se trata de pocos, le será fácil. Lo peor que un príncipe puede esperar de un pueblo que no lo ame es el ser abandonado por él (…) El que llegue a príncipe mediante el favor del pueblo debe esforzarse en conservar su afecto, cosa fácil, pues el pueblo sólo pide no ser oprimido” (El Príncipe, Editorial Gernika, México, 2002, páginas 55, 56 y 57).

 

¿A quién sirven mejor, con más lealtad y honradez López Obrador y Alfaro Ramírez, a las oligarquías o al pueblo?

 

JUARISMOS

A ningún político le agrada que lo abucheen, que le reclamen públicamente sus irresponsabilidades, que le reprochen en la plaza pública sus agravios, sus frivolidades o sus abusos.

Pero pocos escuchan el eco solemne de las palabras de don Benito Pablo Juárez García (1806-1872), presidente de la República 1858-1872, quien acuñó un imperativo ético: “La respetabilidad del gobernante le viene de la ley y de su recto proceder (…) No se puede gobernar a base de impulsos de una voluntad caprichosa, sino con sujeción a las leyes. No se pueden improvisar fortunas, ni entregarse al ocio y a la disipación, sino consagrarse asiduamente al trabajo, disponiéndose a vivir, en la honrada medianía que proporciona la retribución que la ley les señala”.

En la política y en el servicio público suele haber –con mucha más frecuencia de lo deseable y de lo saludable– sujetos viles, de baja estofa y hábitos canallas, que recurren a la violencia, al amago, al amedrentamiento verbal y físico en contra de quienes no doblan la cerviz, que reclaman, en ocasiones hasta en forma airada, un respeto que jamás han ganado con su conducta digna y que las personas honradas y decentes jamás les concederán.

Suelen ser personas de estatura moral mediana, de autoridad muy temporal, prestada, de espíritu frágil, de estabilidad emocional en crisis, de liviandad vulgar y frívola, de bienes y posición social de origen oscuro y dudoso.

Esta no es la descripción de una o algunas personas, sino de un modelo, de un estándar que define el perfil más común de muchos sujetos que, en las pasadas elecciones del domingo 1 de julio del 2018, se pusieron la piel de oveja y el austero ropaje del buen samaritano, para engañar a los ingenuos, a los candorosos, con el cuento idílico de que eran la mejor opción y hasta la última esperanza.

En la política y en el servicio público hay muchos sujetos repelentes a la bondad, a la generosidad, a la honradez, al cumplimiento de las leyes y de los códigos éticos, prendas y hábitos repugnantes que sólo atribuyen y reconocen en personas a las que desprecian.

Porque desde su cumbre de triunfadores rapaces vomitan hieles envenenadas sobre los nobles, los honestos, las personas humildes y sencillas, de buen corazón que, a juicio de los viles, jamás triunfarán en la vida porque son demasiado blandas y porque no se ajustan a los parámetros que pregonan los sinvergüenzas, los aprovechados y los abusivos.

Son los impresentables, fauna mayoritariamente depredadora, que pudre la vida pública en el estado y en el país.

¿Cuáles de estos perfiles embonan con mayor amplitud y claridad en los equipos de Alfaro Ramírez y de López Obrador? ¿Quién, entre el gobernador y el presidente, refleja con mayor claridad el espíritu juarista?

 

LAS LEYES

Desde la gubernatura, Alfaro Ramírez pretende “refundar” Jalisco. Desde la presidencia, López Obrador predica “la cuarta transformación”. Ambos promueven grandes reformas, que en el caso de Jalisco llegan al extremo de pretender una nueva Constitución política para la entidad.

¿Estarán en los impulsos de su inteligencia y en el latido de sus corazones algunas lecciones luminosas, como las que proclamó en Los Sentimientos de la Nación el insurgente José María Morelos y Pavón, el martes 14 de septiembre de 1813, en la Ciudad de Chilpancingo, hoy Guerrero?

En el punto 12 de esos “Sentimientos de la Nación” se advertía: “Que como la buena ley es superior a todo hombre, las que dicte nuestro Congreso deben ser tales, que obliguen a constancia y patriotismo, moderen la opulencia y la indigencia; y de tal suerte se aumente el jornal del pobre, que mejore sus costumbres, alejando la ignorancia, la rapiña y el hurto”.

También en la bruma del tiempo se han perdido algunos enunciados que aparecen en “Del Espíritu de las Leyes” (1748), del filósofo francés Charles-Louis de Secondat Montesquieu, sobre los sentimientos que debieran inspirar a los servidores públicos. ¿Los tendrán presentes en estos frenéticos días?

“La virtud –advertía–, en una República, es la cosa más sencilla: es el amor a la República; es un sentimiento y no una serie de conocimientos, el último de los hombres puede sentir ese amor como el primero. Cuando el pueblo tiene buenas máximas, las practica mejor y se mantiene más tiempo incorruptible que las clases altas; es raro que comience por él la corrupción. Muchas veces, de la misma limitación de sus luces ha sacado más durable apego a lo estatuido” (Del Espíritu de las Leyes, Editorial Porrúa, México 2003, pág. 39)

Agrega: “El amor a la república, en una democracia, es el amor a la democracia; el amor a la democracia es el amor a la igualdad” (pág. 40).

La mayoría de los políticos son duros de corazón y cerrados de entendimiento. No obstante, el sacrificado candidato presidencial priista, Luis Donaldo Colosio Murrieta (10 de febrero de 1950-23 de marzo de 1994), describió al país que observaba el 6 de marzo de 1994: “Veo un México con hambre y con sed de justicia”.

Describía Colosio, antes de que lo asesinaran a balazos en Tijuana, Baja California, el 23 de marzo de 1994: “Veo un México de gente agraviada por las distorsiones que imponen a la ley quienes deberían de servirla. De mujeres y hombres afligidos por abuso de las autoridades o por la arrogancia de las oficinas gubernamentales”.

 

LA LIBERTAD

¿Cuando promueven leyes o reformas a las leyes, estarán pensando Alfaro Ramírez y López Obrador en el bienestar y la felicidad del pueblo? ¿Tendrán presente la relevancia, necesidad y urgencia de hacer prevalecer un verdadero Estado de Derecho?

“La libertad política de un ciudadano es la tranquilidad de espíritu que proviene de la confianza que tiene cada uno en su seguridad: para que esta libertad exista, es necesario un gobierno tal que ningún ciudadano pueda temer a otro”, enuncia Montesquieu en su tratado Del Espíritu de las Leyes, publicado en 1748 (Editorial Porrúa, México, 2003, pág. 145).

Advierte: “Cuando el Poder Legislativo y el Poder Ejecutivo se reúnen en la misma persona o en el mismo cuerpo, no hay libertad; falta la confianza, porque puede temerse que el monarca o el Senado hagan leyes tiránicas y las ejecuten ellos misma tiránicamente”.

Explica: “No hay libertad si el poder de juzgar no está bien deslindado del Legislativo y del Ejecutivo. Si no está separado del Poder Legislativo, se podría disponer arbitrariamente de la libertad y la vida de los ciudadanos; como que el juez sería legislador. Si no está separado del Poder Ejecutivo, el juez podría tener la fuerza de un opresor”.

Sentencia: “Todo se habría perdido si el mismo hombre, la misma corporación de próceres, la misma asamblea del pueblo ejerciera los tres poderes: el de dictar las leyes; el de ejecutar las resoluciones públicas y el de juzgar los delitos o los pleitos entre particulares” (pág. 146).

 

EPÍLOGO

Quizá cuando se vean frente a frente y escudriñen sus rostros, sucederá lo que advertía el poeta José Emilio Pacheco (1939-2014) en su brevísimo poema “Antiguos compañeros se reúnen”, al percibir el eco de un coro, lastimero y amargo: “Ya somos todo aquello contra lo que luchamos a los veinte años”.

¿Y quién les culparía si “En la República de los lobos”, como lo asumía José Emilio, les enseñaron a aullar?

“Pero nadie sabe –agrega el poeta– si nuestro aullido es amenaza, queja, una forma de música incomprensible para quien no sea lobo; un desafío, una oración, un discurso, o un monólogo solipsista”.

Sólo como oportuno apunte, diría el pequeño y entrañable Larousse Ilustrado al referirse a la doctrina solipsista, que es un extraviado idealismo, según el cual el sujeto pensante no puede afirmar más existencia que la suya propia. Como la de aquellos que caminan solos, extraviados en la maraña de sus caprichosas certezas.

¿Con quién caminan en el intrincado laberinto de sus responsabilidades, de sus fragilidades y hasta de sus más íntimos miedos, el gobernador Alfaro Ramírez y el presidente López Obrador? ¿Quién llegará, con buen viento, a buen puerto, con mejor ánimo y superior espíritu, al concluir sus respectivos mandatos?

 

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