¿Anacronismo universitario?

¿Anacronismo universitario?

Juan M. Negrete

El asunto de la aplicación de la IA en el examen de admisión a las licenciaturas de la UNAM generó un interés no visto antes entre nuestro público. Normalmente le entretienen los certámenes deportivos, como el reciente mundial de fútbol, o las mascaradas políticas, como las elecciones. Hasta las frivolidades del mundo de divas y divos andan acaparando la atención mayoritaria, sean cantores, modelos, divorcios u otras superficilidades semejantes. Pero del mundo del estudio pocas veces se vuelve noticia uno de sus eventos. Ahora sí pasó así y nos vino a sorprender a muchos.

Cada inicio de ciclo, las universidades programan sus mecanismos de selección. La razón es muy evidente: la disparidad entre el número de solicitantes y el de los lugares de estudio disponibles. Si hay diez espacios en oferta y veinte solicitan uno para sí, la experiencia nos dice que la mitad no logrará ingresar. Lo obvio entonces, en tal caso, es escoger un método de selección que no genere dificultades ni complicación posterior alguna. Los que no logran el cometido se retiran de la escena sin mediar protesta alguna y sanseacabó.

A tales formatos hemos estado acostumbrados desde hace generaciones. Este redactor recuerda que en el año de 1971 solicitó ingresar a una carrera en la UdeG. El número de estudiantes en la UdeG era de 19 000. Publicada la lista de los que ingresaron el número aumentó a 22 000. Fuimos admitidos unos 3 000 aspirantes. Eran números muy manejables. No recuerdo el número de rechazados, pero no debe haber sido superior al de los admitidos. O no generó, por lo menos, molestias de nota.

Hablamos aquí de un evento de hace un poco más de medio siglo. Con o sin variaciones de nota, cada año sabíamos de su reiteración en todas las universidades públicas del país. Luego se desató un crecimiento de universidades privadas en las que las reglas de ingreso tienen que ver más que con la disputa de lugares posibles, con las variables de la posibilidad del pago por cubrirlos. Eso le da otra dimensión al litigio. Pero no vamos a ocuparnos de éste, sino al de la disputa por los espacios de nuestras universidades oficiales.

Los números que se registran en estos días son muy superiores a los mencionados renglones atrás. Ahora escuchamos que el número de solicitantes para ingresar a las licenciaturas de la UNAM fue de alrededor de 180 000. Las notas insisten mucho en el formato mediante el que se aplicó el examen. Lo desarrollaron con formas virtuales y no con las acostumbradas sesiones presenciales, de uso rutinario. De esto provienen muchas críticas concretas. Se habla del monto económico del contrato, de la alta probabilidad de trampas y fraudes, de la inequidad entre solicitantes avezados o no al manejo de operaciones digitales y más.

Pero no se ve que se aborden con suficiencia otras variables presentes. Por ejemplo, si eran 180 000 aspirantes y sólo aprobaron 20 000, se quedaron fuera 160 000. Esta disparidad es enorme. Estamos hablando de casi un noventa por ciento de rechazados. ¿De qué se trata? Es un fenómeno cuya disparidad se ha venido ampliando con el paso de los años y al que no le han prestado atención las autoridades educativas del país. Debe revisarse.

El reducirse, en los análisis cuantitativos, a las meras cifras puede llevar a confusiones o a conformismos inaceptables. Si se hace el parangón del crecimiento demográfico en el país, se constatará que en 1970 éramos 48 millones de mexicanos; ahora, medio siglo después, somos 130 millones. El número de habitantes se multiplicó, cierto; pero en la variable universitaria mencionada vemos cantidades centuplicadas. En la diferencia que se encuentra entre los rechazados de antes y los de ahora, hay cifras negras que no se tocan, pues se trata de abismos o báratros culturales y de índole política y económica, que no se quieren ver.

Con el crecimiento de solicitantes rechazados de nuestras universidades públicas fue creado el mercado de las universidades privadas. Conocieron éstas un crecimiento exponencial, a partir de su aceptación legal en nuestros cánones políticos. Decían los reglamentos antiguos que sólo los titulados de las instituciones educativas públicas podrían ejercer su profesión de manera reconocida por el estado. Eso cambió. Ahora el estatus de los títulos de universidades privadas vale tanto como el emitido por las oficiales. Y todos tan contentos. El mercado de profesionales se diversificó y multiplicó a raudales.

De manera de los cientos, que se volvieron miles, de rechazados como aspirantes a ingresar a una institución pública, precisaron su mira al acceso de una institución lucrativa, o privada, y resolvieron su problema particular. Aparte de que tuvo salida un problema particular, no se inflaron las filas del desempleo masivo ni crecieron en exceso las turbas de migrantes mexicanos cruzando la frontera gringa para buscar pan.

Sí, pero la herida sigue abierta. Saturadas también las ofertas de las universidades privadas, muchas de las cuales son consideradas patito, ¿a dónde acudirán los cientos de miles de rechazados de nuestras universidades públicas, que siguen operando como cotos cerrados o claustros exclusivos para minorías selectas? ¿Por qué razón siguen siendo ínfimos los espacios ofrecidos por nuestras universidades públicas, para ser ocupados por los hijos de cualquier vecino? ¿Por qué se han vuelto tan exquisitos los requisitos de ingreso a las aulas universitarias públicas, ya que a las privadas se accede con dinero? ¿Por qué nuestras universidades oficiales, que deben ser espacios de superación para todo ciudadano que lo quiera hacer, han cercado con espinas y trampas sus accesos? Le seguimos luego, pues el tema da para mucho.