Francisco Gómez Maza                      escuelas

 

  • Tendremos que convivir con el virus quién sabe cuántos años más
  • Tenemos que garantizar la educación de los niños a como dé lugar

 

Para los timoratos, los medrosos, los de malas intenciones, y los de muy buenas, los que propagan ideas absurdas en contra del regreso a clases, los fariseos, o sea, los hipócritas, el doctor Mike Ryan, director de la OMS para Emergencias, pregunta: ¿abrir las escuelas o los bares?

Más enfáticamente: ¿2ué es más importante?, ¿que los niños regresen a la escuela, o que estén abiertos los bares y los “clubes”?

La escuela es un lugar seguro, bajo la mirada de los educadores y maestros y la vigilancia cariñosa de papá y mamá. Las cantinas, las ahora en boga “chelerías”, los antros, los lugares non sanctos son espantosos focos de infección, más si clientes o parroquianos pierden la conciencia por la ingesta descontrolada de alcohol, sin guardar el distanciamiento social.

El criterio es muy sencillo: Todas las señales de cualquier alarma epidemiológica indican que la humanidad, que los animales humanos, tendremos que convivir con el virus de la covid-19 y sus quién sabe cuántas mutaciones, por quién sabe cuántos años ¿Entonces?

Nuestra, desde ya tenemos que aprehender a salvar nuestro pellejo y el de nuestros seres queridos, nuestros hijos. Y ello lo tenemos que hacer no encerrándonos en una vida conventual. El mundo está ahí, la oficina, las actividades humanas, la economía, las iglesias, los mercados. Necesitamos, como antes de la pandemia, todos de todos. Y lo que tenemos que hacer es aprender a relacionarnos en una nueva realidad que no es la del abrazo y el beso, como antes, cuando al saludarnos nos dábamos un beso.

Y los niños. Los niños no pueden quedarse en casa. Muchos están volviéndose locos de tanto tiempo encerrados. Muchos perdieron todo, inclusive a sus padres. Millones han tenido que trabajar. No van a la escuela, pero sí tienen que salir a trabajar, ya desde niños. Y obviamente que son más peligrosos los sitios de trabajo que el salón de clases, si es que la escuela no está en un tejabán, o debajo de la fronda de un gigantesco árbol del pueblo.

El doctor Ryan lo advirtió desde el año pasado, en medio de la mortandad, cuando dijo: “estamos de acuerdo es que las escuelas son importantes y que la educación de los niños es prioritaria. ¿Cómo combinar la protección de la muerte a las personas vulnerables y el regreso de los niños a la escuela? Debemos hacer sacrificios porque tenemos que mantener la guardia alta frente al virus y reducir la transmisión comunitaria para lograr ambos propósitos. Y la única forma de conseguirlos es que los adultos se mantengan a distancia para disminuir los contagios”.

Pero fue muy enfático al preguntar: “¿Qué es más importante, que los niños regresen a la escuela o que estén abiertos los bares y los clubes? Son sacrificios y no hay respuestas simples ni correctas; la única vía que tenemos es evaluar los riesgos; no hay alternativas. En esto deben participar y comprometerse tanto los gobiernos como las sociedades. No hay soluciones mágicas y debemos dejar de estar buscando amuletos”.

En México, millones de niños fueron afectados por el cierre de las escuelas. Los asiduos asistentes a las cantinas no sufrieron. Cerraron los bares, pero las vinaterías hicieron su agosto con la venta de alcohol y fueron (y son) interminables las colas de amantes del licor y el vino a las puertas de las vinaterías.

El mismo Ryan ha dicho que la evidencia ha demostrado que no hay relación entre la operación regular de las escuelas y la transmisión comunitaria del coronavirus.

Y estoy de acuerdo en que hay que reabrir los centros escolares porque si no se abren ahora, no se reabrirán nunca porque no hay ninguna certeza del final de la pandemia. Lo único cierto es que hay que toma las medidas sanitarias necesarias para mantener abiertos los centros escolares y evitar un daño continuo al aprendizaje y bienestar de los estudiantes, como dice el organismo de la ONU para la infancia.

La pandemia de Covid-19 ha interrumpido la educación de unos 1200 millones de niños en todo el mundo, obligando a las escuelas de todo el planeta a poner en marcha nuevos métodos para educarlos.

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