Aunque advertidos desde hace cerca de dos meses por la inminente llegada del nuevo coronavirus (Covid-19), y temerosos desde la segunda semana del mes pasado por lo que pudiera ocurrir, el 27 de febrero se reconoció el primer caso positivo y, sucesivamente, los últimos dos días del mes –28 y 29–  se corroboraron tres contagiados más.

Ayer domingo 1 de marzo, las autoridades estatales de Chiapas informaron del quinto caso de Covid-19 en el país. Se trata de una chica de 18 años que estudiaba en Milán, Italia, y quien fuera compañera de la misma joven de Torreón, Coahuila, que se contaminó allá mismo. En Veracruz fueron detectados tres casos sospechosos que en principio resultaron negativos pero siguen bajo investigación.

En tanto, en Guadalajara, la Secretaría de Salud Jalisco informó de al menos tres empleados en un hotel que habrían tenido contacto con el portador del virus confirmado en Sinaloa, a su paso rumbo a Culiacán, por lo que están en observación para saber si tienen el virus.

A su llegada la tarde del día 25 de febrero a la capital jalisciense, el paciente tenía leves síntomas, mismas que se acrecentaron al siguiente día cuando tuvo una reunión de trabajo y después continuó su viaje a Culiacán.

Finalmente, cerca del mediodía de este domingo 1 de marzo en Chiapas, las autoridades sanitarias locales informaban del que sería el quinto caso.

Lo que aquí provoca un tanto de inquietud es por qué en tan sólo unos cuantos días resultaron cinco casos, si es porque en realidad no los había o porque las autoridades de Salud no se habían puesto las pilas.

La noche del sábado, el subsecretario de Salud, Hugo López Gatell, afirmó que no hay emergencia en el país, y eso da cierta tranquilidad, pero no motivo para bajar la guardia y no se tomen las medidas que sí se emplearon cuando en 2009 nos flageló la influenza  AN-N1 y que no fue peor porque se actuó de inmediato y de manera terminante, lo que ahora critica el actual gobierno por considerarlo innecesario en aquella ocasión, pero que también da cabida a la duda de si por no parecerse al pasado, se deje de hacer lo suficiente para evitar la propagación del Covid-19, y eso es precisamente lo que en ciertos momentos causa algún temor en la población, que a veces parece resignarse a lo que venga.

Por ejemplo, llama la atención que ni los gobiernos estatales ni el federal hayan desplegado un programa de orientación y que conscientise sobre lo que se debe hacer en materia preventiva y, a lo sumo, se está haciendo de manera apastillada. No existen todavía –que se sepa– las medidas de detección en las terminales aéreas o lugares de concurrencia masiva. Poco se sabe de la instalación de lugares específicos para aislamiento y atención, en caso de un brote que pudiera darse de manera exponencial, como ocurrió en su momento en el estado de Hubei y su capital, Wuhan, China, lo cual habría ocasionado la contaminación hacia un número nada despreciable de medio centenar de países con problemas de contagio.

Es  muy comprensible que  no se quiera ocasionar alarma entre la población, y más alentador aún que no se hable de emergencia, pero sería grave que se tratara de minimizar un asunto por cuestiones política o económicas. Debemos confiar que no sea el caso y que lo que se informa a diario siga apegado a la realidad.

Sin embargo, el temor estaría en la nada improbable noticia de que el abasto de medicinas adecuadas y suficientes no se diera en caso indispensable, como sí ha ocurrido en instituciones públicas con enfermos de cáncer, diabetes y otros padecimientos.

Por ahora, demos pues un voto de confianza en las autoridades de todo el país, en tanto no se tenga un caso en contra.

Mientras tanto, no será por demás que las autoridades sanitarias estén pertrechadas de personal debidamente preparado, además de medicinas e instalaciones.

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