Juan José Doñán
Lo que no pudo conseguir el finado exrector Raúl Padilla están a punto de lograrlo sus herederos, los nuevos jeques de la Universidad de Guadalajara: convertir buena parte del área de Los Belenes (el patrimonio territorial urbano más cotizado con que cuenta la UdeG) en un pingüe negocio inmobiliario, semejante al Barbican Estate y al Barbican Centre en Londres. Al difunto mandamás universiatrio se lo impidió la animadversión del entonces presidente Andrés Manuel López Obrador hacia el cacicazgo que ejercía en la universidad pública de Jalisco y, sobre todo, su posterior suicidio, el 2 de abril de 2023. Pero ahora sus sucesores están a un tris de lograrlo porque, a diferencia de su difunto líder y mentor, ellos ya no son mal vistos por la 4T (pueden incluso presumir de ser aliados políticos de ese movimiento presuntamente renovador de la vida nacional) y también porque encontraron un socio inversionista que no sólo parece solvente, sino que es un empresario cercano al régimen morenista: José Miguel Bejos.
O sea, a los jeques de la UdeG se les alinearon los astros y sin ninguna oposición (ni interna ni externamente) decidieron enajenar durante un siglo (99 años para ser precisos) 16 hectáreas del área de Los Belenes, algo así como la superficie equivalente a una veintena de manzanas, una superficie que ya no podrá ser utilizada para funciones educativas, pues ahora su destino es otro: el business inmobiliario, deportivo, comercial, hotelero, restaurantero, farandulero, etcétera. Lo peor del caso es que ese daño al patrimonio de la UdeG parece punto menos que irreversible y ello sin siquiera haber tomado en cuenta a la comunidad universitario (¡viva la “democracia” udegeísta!), pues la decisión fue tomada por los jeques de la institución y avalado por el Consejo General Universitario (CGU), cuyos integrantes responden, en su inmensa mayoría, a la voluntad y a los intereses de los nuevos caciques de la UdeG.
El arte de escamotear mandatos y obligaciones
Tan se le alinearon los astros a ese grupo político que hasta la crisis en el servicio de agua potable en el área metropolitana tapatía e incluso el paso del huracán Simon les vino como anillo al dedo para poder medio disimular la firma de un negocio completamente ajeno a la razón de ser de una institución pública de educación superior, a fin de sacar adelante y sin mayores consecuencias un proyecto comercial, que no educativo, y el cual eufemística e irónicamente va a llamarse “Ciudad UdeG” y en el que participa un inversionista privado (el Grupo Prodi) y como ganones ventajosos, a costa del patrimonio de la UdeG, los jeques universitarios de hoy, de mañana y de también de muchos “pasado mañana”, en el entendido de que ese tratado comercial va a vencer hasta ¡el 8 de octubre de 2125! ¡Ahora sí que muy bien se podría repetir la reiterada frase que Tirso de Molina pone en boca de Don Juan Tenorio (“¿Tan largo me lo fiais?”), o una no menos memorable paráfrasis cinematográfica de Carlos Monsiváis: “Cuando el destino nos rebase”!
Por principio de cuentas se debe insistir en que dicho proyecto nada tiene que ver con la razón de ser de una universidad pública ni tampoco con el propósito original por el cual el gobierno de la república, encabezado por el entonces presidente Luis Echeverría –y de esto hace exactamente 54 años– entregó en donación a la Universidad de Guadalajara el rancho Los Belenes, hasta entonces propiedad federal y con una extensión de 173 hectáreas. En ese convenio de donación, firmado el 11 de octubre de 1972 por quien hasta ahora ha sido el benefactor número uno de la UdeG (Echeverría, of course) y por la persona que se desempeñaba como rector udegeísta (José Parres Arias), se establecía explícitamente que dicha donación era “para fines educativos”.
¿Y qué tiene que ver con tales fines un estadio de futbol (que está llamado a ser el edificio más grande en el oriente de la ciudad) y al cual vendrían sumarse un hotel de gran turismo, un exclusivo distrito habitacional como el Barbican Estate de Londres, un complejo de tiendas comerciales, varios restaurantes, un centro espectáculos, más lo que se agregue en los años por venir? Ningún funcionario de la UdeG ha dicho nada al respecto.
A principios de los años noventa, cuando ocupaba el cargo de rector de la UdeG, el finado Raúl Padilla consiguió que el gobierno de Carlos Salinas de Gortari modificara el decreto original de donación de Los Belenes y con ello se permitió también un cambio en el uso del suelo. De ese modo las autoridades udegeístas pudieron comenzar a disponer de otras figuras jurídicas más a modo para el business en esa extensión territorial, figuras como la propiedad social, el comodato, etcétera. Desde ese momento ya no se incurría en una violación legal al disponer de lotes y predios de Los Belenes para fines no educativos. Ejemplo, el Auditorio Telmex, inaugurado en 2007 y que significativamente fue la primera edificación del llamado Centro Cultural Universitario, con una vocación es abiertamente comercial, en la medida en que está dedicada a la farándula y el show business. El proyectado nuevo estadio del Atlas, así como el complejo inmobiliario de la llamada “Ciudad UdeG” van a ser el colmo de la vocación empresarial de quienes manejan a su antojo y sin ningún pudor la universidad pública de Jalisco.
Fuera máscaras
La rectora general de la UdeG, Karla Planter, quien para fines prácticos es algo así como la gerente en turno de esa institución pública (en la inteligencia de que el verdadero control y mando de la UdeG lo tienen los herederos del cacicazgo que encabezaba el finado exrector Raúl Padilla), salió de inmediato a defender el proyecto de “Ciudad UdeG”, luego de haber sido aprobado por el CGU, diciendo no había nada anómalo en dicha transacción y que, muy por el contrario, sería algo así como un ganar-ganar para la institución que ella representa ahora. Y lo anterior porque, según las palabras de la misma funcionaria, la UdeG aparte de que “no perderá un solo metro cuadrado de terreno” ni invertirá “un solo peso” del presupuesto institucional, va a recibir una serie de pingües beneficios como una renta anual de “mínimo 18 millones de pesos anuales”, aparte de obtener un “20 por ciento de este espacio y lo que ello genere” (Boletín Digital de la Universidad de Guadalajara, 9 de octubre de 2026).
La rectora Planter y los integrantes del CGU (en su inmensa mayoría, hay que repetirlo a riesgo de ser machacones, integrado por adictos a los jeques udegeístas) no sólo se están curando en salud, sino que tratan de engañar a la sociedad jalisciense, comenzando por su propia comunidad universitaria, a la que no consultaron y que a la hora de la verdad (léase a la hora de la toma de decisiones) no pasa de ser algo así como los mirones en el dominó y en otros juegos de mesa. O sea, es de palo.
Pero lo que ni la rectora ni ningún otro funcionario de la UdeG se han atrevido a decir es que los 160 mil metros cuadrados comprometidos con el Grupo Prodi ya están perdidos y de por vida para la educación, pues ya jamás podrán destinarse al fin para el que le fueron entregados hace poco más de medio siglo a la casa de estudios: para cumplir con su misión educativa en el ámbito público. Y ello porque aun cuando dentro de un siglo venza el contrato entre la UdeG y quienes para entonces vayan a ser los herederos de los herederos de los herederos del actual inversionista privado (José Miguel Bejos y asociados) y cuando todo los construido en esos terrenos vuelva a formar parte del patrimonio de la UdeG, a partir de la segunda semana de octubre de 2125, nadie puede asegurar que quienes en esas lejanísimas fechas vayan a estar encabezando a la universidad pública de Jalisco tomarán la decisión de demoler todo lo construido hasta entonces, comenzando por el que está llamado a ser el nuevo estadio del Atlas, así como hoteles, edificios de departamentos y tiendas por venir, con el propósito de edificar, ¡ahora sí, tarde pero sin sueño!, aulas, laboratorios y otras instalaciones educativas.
Para entonces es casi seguro que, entre quienes formen parte de la Universidad de Guadalajara del futuro, no faltará la persona que le reproche a la actual generación de dirigentes (formales y de facto) de la institución su vocación para el business antes que para el servició público en el ámbito de la educación media u superior. Y tampoco habrá de faltar quien lamente no sólo la dejadez de la comunidad universitaria postpandemia, sino el silencio cómplice y casi unánime de medios de comunicación, partidos políticos y demás fuerzas vivas de esta parte del mundo
Y que conste que todo lo anterior lo dice un egresado agradecido y también un profesor de la Universidad de Guadalajara, así como un atlista de corazón, quien ya era devoto del equipo rojinegro cuando el gobierno de Echeverría cedió el rancho de Los Belenes a la UdeG. Y esto último porque, como bien dice un sabio dicho popular, “amor o aborrecimiento no quita conocimiento”.




