Partidiario

Criterios

 

La noche del jueves 28 de abril de 1994 en que ejecutaron al director de la Policía Municipal de Tijuana, José Federico Benítez López, iba a su casa luego de una coartada.

Estábamos concentrados en el hotel escribiendo las notas de la semana porque el cierre de la edición de Proceso urgía. Trabajábamos a marchas forzadas. Oscurecía. De pronto, el golpe seco de una doble hoja de periódico que cayó de canto nos sobresaltó a los dos enviados. Hizo tal ruido que ambos nos asustamos. Antonio Jáquez y yo casi saltamos.

No pasaron más de diez minutos cuando nos llamaron de la redacción central en la Ciudad de México para preguntarnos si ya teníamos la nota. “¿Cuál nota?, preguntó Jáquez. La de su amigo Benítez López. No, ¿qué pasó? Lo acaban de matar”.

Y nos arrancamos al lugar de los hechos. Ahí estaba el doloroso cuadro.

Después comentaría mi compañero: “Vino a despedirse de nosotros cuando se cayó aquella hoja que nos asustó, no cabe duda”.

En el aeropuerto no había ningún riesgo de seguridad, como se lo hicieron creer al jefe de la Policía para sorprenderlo donde querían. Y cayó en la trampa junto con su escolta y chofer, Ramón Alarid, no lejos de la Cruz Roja, en la inconclusa avenida de terracería que hoy lleva el nombre de Benítez López.

Desde la muerte de Luis Donaldo Colosio el 23 de marzo de ese año en Lomas Taurinas, el director de la Policía se dedicó a investigar por su cuenta y riesgo los entramados del atentado y les llevaba mucha ventaja a los federales que hacían como que investigaban y enredaban más las cosas.

Antonio Jáquez y yo habíamos platicado con él una semana antes en su despacho. Nos había dicho que nuestras dudas y sospechas eran también las suyas y se aplicaba en ellas junto con su equipo de élite que recibían frecuente entrenamiento la Policía de la vecina San Diego, California.

La alcaldía de aquella ciudad le había ofrecido su apoyo en todo lo necesario.  “Yo les contesté que lo más urgente era entrenamiento para mis policías y para mí”.

Así fue que se interesó por la investigación en el área de su encomienda.

Cuando los priistas preparaban la visita del candidato a la Presidencia, le dijeron al jefe policíaco que no querían ver a ninguno de sus elementos, ni del estado, por ahí cerca el día del mitin en la marginada Lomas Taurinas, de casas encimadas unas sobre otras en las empinadas laderas que forman un pozo con una única callejuela polvorienta de entrada y salida: el mejor lugar para un atentado hace un cuarto de siglo.

“Dudaban de nosotros porque trabajamos para un gobierno panista. No obstante eso, yo por mi cuenta establecí un cordón de vigilancia en la parte alta de la colonia por lo que pudiera ofrecerse”, nos confesó Benítez López.

Así, formaron un cordón de seguridad en torno de la colonia en un radio de 200 metros.

Cuando vieron la movilización del gentío tras los balazos y que entre varios cargaban al candidato herido y lo subían en la parte trasera de su camioneta Blazer azul (en primera instancia no fue subido a las dos o tres ambulancias, una de la Cruz Roja bien equipada y la otra de la Cruz Ámbar que habían sido arrinconadas por órdenes del propio Estado Mayor Presidencial, se quejaron los socorristas a Proceso en su momento), cerraron el círculo y pararon a varios civiles que en un carro llevaban detenido a un ensangrentado. Era el supuesto culpable golpeado.

“Ellos sacaron sus armas y nosotros cortamos cartucho: Identifíquense.  Eran los escoltas de Colosio encabezados por el general Domiro García. Los escoltaremos hasta que lo entreguen a la PGR”, nos contó Benítez López. Nos dijo que temían que desviaran a otro lugar a Mario Aburto, como posteriormente ocurriría, ya de madrugada, en que lo llevaron a Playas de Tijuana.

En tanto, los policías municipales motorizados M-075 y M-013 detuvieron al presunto segundo tirador, Jorge Antonio Sánchez Ortega, agente de CISEN.

En el parte informativo integrado a la Averiguación Previa 739/94 del expediente Colosio ya desclasificado, el comandante operativo  José Antonio Cano Andrade da cuenta a su director Benítez:

“…Cuando supe que habían herido a LDC me trasladé en mi unidad M-075 a la parte de abajo y aproximadamente unos 100 metros me percaté de una persona de sexo masculino corría hacia un vehículos VW color rojo, (placas 646 EYE, del DF) percatándome a la vez que su chamarra de color blanco se encontraba manchada de sangre por lo que procedí  a interceptarlo asegurándole en el lugar con el apoyo de la M-013 para posteriormente llevarlo con otros elementos a la Policía Judicial del Estado Sector Oriente”. Su nombre, Jorge Antonio Sánchez Ortega.

En su declaración, Sánchez Ortega se identificó como agente de CISEN, que lo envió el subdelegado Alejandro Ibarra y que la mancha de sangre se debió a que ayudó a los escoltas a trasladar al candidato a una ambulancia.

Sin embargo, la prueba del rodizonato que se le practicó a Sánchez Ortega resultó exactamente igual a la de Aburto:   “palmar derecho, positivo; dorsal derecho positivo”, según el informe que firmaron los peritos estatales David Tavera Romero, Gaudencio Núñez y Norma Sánchez.

El segundo subprocurador de Baja California, Sergio Ortiz Lara, entregó formalmente a la PGR al susodicho Jorge Antonio mediante el oficio 2198/94.

A pesar de las evidencias, al agente del Centro de Información y Seguridad Nacional, Sánchez Ortega, lo dejaron libre casi de inmediato.

A los pocas semanas, José Federico Benítez López, quien evitó el desvío de Aburto y entregó a la Procuraduría Estatal y luego a la PGR al agente Sánchez Ortega, fue acribillado presumiblemente por policías federales.

El subprocurador Ortiz Lara corrió con mejor suerte: el procurador Diego Valadés lo acusó de haber propiciado la huida de varios guardaespaldas de narcotraficantes, tras una balacera ocurrida en el centro de Tijuana, y fue remitido a la Penitenciaría de La Mesa.

Ahí se dijo ser víctima del procurador general de la República. Semanas después quedaría en libertad por no acreditársele delito alguno, aunque algunos medios locales señalaron que su libertad se debió a la influencia del gobernador del estado.

A nosotros nos llamó la atención el entonces jefe de redacción y después director, Rafael Rodríguez Castañeda: “Bájenle, bájenle. Están acelerados. Van delante de la policía en sus pesquisas, déjenselas a ellos”.

Estos son otros de los cabos sueltos sobre el atentado a Colosio.

Entonces, la pregunta es: ¿qué mente y mano tan poderosa pudo ser la que mandó asesinar al incómodo candidato aún para sus compañeros de partido?

Juntando cabos sueltos del asesinato de Colosio; lo que me consta (I)

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