Calladita, te veías más bonita

Calladita, te veías más bonita

Juan M. Negrete

Los dos sentidos, el figurado y el literal, del refrán se le aplican como anillo al dedo a la gobernadora panista del estado de Chihuahua. Es tan ruidoso el caso de encuerar su deficiente actuación política al frente del gobierno estatal, que encontramos sus dichos y contradicciones hasta en la sopa. Vayamos a su caso.

Resulta que hace como un mes se escenificó un lamentable accidente automovilístico en una brecha del estado de Chihuahua. Mentaron los informantes que el municipio en el que se radica la escena del accidente se nombra Morelos; también trascendió que no se trató de una camioneta sola, sino que se integraba a un convoy de varias unidades; otro dato más, que importa saberlo, consiste en que dicha comitiva regresaba de un operativo mediante el cual se desmanteló un laboratorio de drogas; al lugar lo denominan El Pinal; finalmente se sabe que el convoy transitaba de noche y por una brecha seguramente en mal estado.

Lo trágico de este accidente resultó con la muerte de los cuatro tripulantes que ocupaban la unidad desbarrancada. Uno de ellos era el comandante mismo del operativo. Pero iban ahí también otras dos personas, a las que finalmente se les identificó como gringuitos. No eran cualesquier güerito, sino agentes de la CIA. De esta anormalidad, arranca todo el circo que está viviendo doña Maria Eugenia Campos, la gobernadora, en cuya defensa entró al quite el partido del bolillo, alias el PAN, que siempre presumió su hoja de servicios como impoluta.

En los primeros trascendidos en torno a la extranjería de estos personajes, el fiscal del estado afirmó que no habían participado en el operativo, sino que sólo les habían dado un raite para llevarlos a la capital del estado. Tuvieron la mala fortuna del accidente y perecieron, junto con los otros dos ocupantes del vehículo. Sonó extraño el cuento, pero así se difundió.

Luego trascendió que en el convoy hubo presencia de otros dos agentes más, pertenecientes a la CIA también. Estos dos están vivitos y coleando. El cuento de lo del raite de los finados de inmediato hizo agua. A la autoridad estatal se le complicó el cuadro. El fiscal renunció a su puesto. La jugada de convertirlo en chivo expiatorio fue evidente.

La señora gobernadora negó conocer del asunto. No estaba enterada de nada. ¿Hágame usted el favor? ¿Cómo afirma eso la máxima autoridad de un estado? Si se trataba de una operación tan delicada, como viene a ser el desmantelamiento de un laboratorio clandestino de drogas, ¿no la enteraron sus auxiliares hasta de los más mínimos detalles? Porque la mera jefa de estos menesteres, de acuerdo a lo que dicta la legalidad estatal de Chihuahua es ella. ¿Y que sus subordinados más importantes la ignoren o se pasen de largo sus órdenes? Como que no cuaja.

Porque el lío, del que empezó de inmediato a incendiarse la pradera, consiste en que es totalmente ilegal o está prohibido que agentes extranjeros participen en operativos que conciernen tan sólo a personal de orden nacional. En caso de abrir permisos a extranjeros, la autorización tendría que venir, en todo caso, de la autoridad federal. Pero doña Maru no enteró a su colega federal, doña Claudia, del asunto. Primero dijo pues que no estaba enterada, que no sabía nada de nada. Y cuando le pasaron el chisme a doña Claudia y ésta le llamó por teléfono para aclarar las partidas, doña Maru no le contestó la llamada. Puras regadas.

El estropicio cogió altura y se volvió chisme nacional. Por un lado, doña Maru instaló una fiscalía especial para que le esclareciera al público los pasos seguidos por sus subalternos en este caso particular. Pero como son procesos que trascienden sus fronteras estatales, la fiscalía general de la república convocó a declarar como a cincuenta funcionarios chihuahueños, para pasarle el cepillo a fondo a todo este tinglado enredoso.

Luego se nos vino el estallido de la burbuja política. El partido de Morena promovió una marcha en la capital del estado de Chihuahua, para pedir el desafuero de doña Maru, a quien de inmediato se le acusó de traidora a la patria. Eso de que ella les abra la puerta a fuerzas extranjeras para que transiten en nuestros terrenos, como Pedro por su casa, se tipifica como traición y tiene que responder por ello. Del resultado de la marcha, que sí tuvo lugar, saldrá la petición fundamentada de un juicio político en contra de la gobernadora, para poderla meter en cinturones legales. Por lo pronto, entonces, tiene que ser depuesta del cargo que ostenta.

Si Morena le entró al quite, ¿por qué no le iba a entrar el PRIAN, que es el partido que la llevó con sus votos a la primera magistratura del estado? El pleito está cantado. El prianismo, como sabe, no calla a sus merolicos para que acusen, en todos los foros posibles, a Morena de que es un narcopartido; y es un sonsonete hasta cansón: todos los morenos son narcosenadores, narcodiputados, narcopresidentes, narcoestados, narcochifles de todos los tamaños.

Pero lo que vino a descomponerles de pe a pa todo su cuadrito defensivo a estos prianistas fue la campaña mediática que le organizaron a su gobernadora tan cuestionada. Le montaron entrevistas a modo con Adela Micha, con Loret de Mola, con Ciro Gómez Leyva, con López Dóriga y otros más. Puros de su lado, aunque el oficio del periodismo obligue a que los informantes guardemos la pose de la imparcialidad, al menos. Pues le abrieron sus puertas y le montaron el espectáculo para que le diera un mensaje creíble a la nación.

¿Y qué hizo doña Maru? En una entrevista mediática y en la otra también, en todas, terminó aceptando que había agentes extranjeros en el operativo, tanto de la CIA, como de la DEA y del FBI. Terminó inculpándose sola. Su ignorancia supina, su falta de oficio y tal vez su soberbia misma, la hunden. Y ni cómo auxiliarla. Ya veremos qué siga luego.

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