Cambio de residencia (cuento)

Cambio de residencia (cuento)

Gabriel Michel Padilla

[Esta narración es continuación del texto “Las prisioneras del Maximato“, ubicado en la época cristera]

Nos llevaron a una casa particular de una señora muy honorable, su nombre era doña Brígida Vda. De Alcorta. Su casa era grande y muy elegante. Le servía de prisión a ella y a su hija. También estaban presas con ella unas religiosas de la Orden de la Cruz. Al principio, como les habían anunciado que tenían que hospedar a una “mujeres malas”, no nos querían recibir, y pusieron muchos pretextos, “la casa no es tan grande como parece, ya no tenemos para darles de comer,” pero los oficiales dijeron que la orden era terminante. Y con sólo un “hasta luego”  se alejaron en sus carros. La hija, de nombre Susana Alcorta, también se puso a llorar junto con su madre, nosotras para consolarlas les dijimos:

No se mortifiquen, aquí en el pasillo nos quedamos.

Entre tanto la señorita Chole se acercó y les dijo:

No son mujeres malas, son unas monjitas.

Inmediatamente cambió su pena en gozo, dándonos muchas satisfacciones.

Por la tarde llegaron unos empleados a tomar la afiliación y después la señora Alcorta nos asignó un aposentito en el segundo piso de la casa con alguna comodidad. Ahí estuvimos prisioneras por espacio de un mes.

En la medida en que nos fue posible, iniciamos nuestra vida comunitaria apegada a nuestra regla.

Para la Santa Adoración improvisamos en el refectorio un Corito con un biombo y frente a un crucifijo nos turnábamos para hacerla. Para los demás actos de Comunidad, nos avisábamos con un matraquita que improvisamos con un a caja de cerillos llena de piedrecitas. Hacíamos todo con mucha precaución,  pues de vez en cuando los guardias subían para ver si estábamos completas. Los recreos eran muy animados, alegres exhortándonos mutuamente a sufrir más por Dios si así lo quería. La madre Rosa se veía contenta al ver que habíamos asimilado nuestro destino. Y luego nos dijo proféticamente: -no se perderá ninguna de las que me encomendaron, pero yo voy a donde ustedes no pueden ir ahora.

Al otro día cayó en cama. Al enterarse la señorita Alcorta, llamó un doctor. Después de un minucioso examen declaró que se trataba de una neumonía y que consideraba el caso muy grave. En estas circunstancias se buscó el medio de que recibiera los auxilios espirituales.

La señorita Alcorta se dirigió con el Coronel para solicitar licencia de llevar un sacerdote que le administrara los Santos Sacramentos. Aprovechando la licencia, también nosotras pudimos confesarnos y recibir a Nuestro Señor.

Varias veces nos concedió el Señor esa gracia, pasando algunas veces la Sagrada Forma en cajitas de medicina como si fuera para la enferma.

Yo me llené de angustia de pensar en que Rosita se nos fuera, y en un rato que  me fue posible me introduje a su cuarto donde ella se encontraba.

 

DIÁLOGO CON LA MADRE ROSA MICHEL

Ni pienses en morirte, le dije, eso es vanidad, pues pienso que allá en el fondo de tu alma, pretendes que algún día te invoquen como santa. Pero para eso no hay necesidad de que te mueras, la vida no está para esos trotes Rosita, tú nos haces falta en todo, tú nos defiendes de las cosas malas que pretenden sucedernos, tú nos cuidaste y velaste por nosotras mientras caímos rendidas en aquel tren desvencijado que nos trajo de Guadalajara. Tú no debes irte. ¿Crees que puedo olvidar lo buena que fuiste conmigo cuando yo era novicia, y era tentada a regresar a los ríos de Llano Grande para volver a sentir la frescura de sus abrazos? Recuerdo que tú me decías: no te dejes amarrar por los retazos de nostalgia, mira la blancura de las nubes, goza del crepúsculo y luego del fulgor del lucero de la tarde y luego reza el Ave María.

Después de poner en práctica tu consejo, luego me llegaba la alegría como en cascada, y se espantaba mi tristeza.

Además, tú prometiste que en las Islas Marías iríamos a pescar juntas a su mar, a pescar como lo hacían los Santos Apóstoles en el mar de Galilea.  

Dijiste que ahí pasaríamos muchas noches en vela en una piragua esperando que algún amanecer sublime, nos tocara ver al Maestro salir a nuestro encuentro caminando  sobre las aguas del mar de las Islas Marías.    

Sí, dijiste que si teníamos fe, el mismo Galileo en persona iba a recibirnos con un abrazo tierno, de los que hacen a una estremecer de alegría divina.

Todo eso me lo dijiste, y yo lo creí, me sedujiste, me engañaste, y ahora me sales con que te quiere morir antes de partir siquiera a las Islas Marías.   

Eso no lo voy a permitir, ahora mismo iniciaré un ayuno para pedirle a Nuestro Señor que te arranque eso de la cabeza, sí mi Rosita, no nos dejes. ¿Qué  vamos a hacer sin ti, ahora que se acerca la hora de la verdad?

No había terminado de decirle toda la retahíla de sentimientos que tenía por la tristeza de verla enferma, cuando ella me sonrió con ternura y me dijo con su voz un poco entrecortada pero muy dulce y clara:

No habrá prisión, en cuanto llegue yo al cielo, antes de comenzar a disfrutarlo, primero conseguiré la libertad de todas ustedes.

Luego me tomó de la mano un rato. Después me la soltó y siguió agonizando.     

Esto sucedía en la Semana Santa. Muchas veces en medio de su agonía escuchábamos sus plegarias en forma de poema: Todo sea por la patria, por sus hijos, por el blanco redil de mis novicias, por la paz de mi pueblo, por su Iglesia, por el canto del ave de turquesa, por la primer sonrisa de los niños, por la vidas truncadas, por los viejos, por los que hoy se despiden.

Los últimos tres días tuvo horas de mucha angustia a causa de la elevación de la temperatura y la respiración cada vez más difícil. En medio de la fatiga no cesaba aquel “En tus manos Señor encomiendo mi espíritu”

Una  religiosa de la orden de la Cruz al verla tan angustiada le dijo:

Rosita. ¿cambiamos?

La enferma con una sonrisa en medio de su batallar, levantó el índice de la mano derecha moviéndolo en sentido negativo.