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Cascajo # 21

Cascajo # 21

Filosofando

Criterios

 

Muy reconocida la vena irónica del mexicano. Muestra de la habilidad de nuestra gente para torcer el sentido y las figuraciones con retruécanos de lenguaje, es el albur. Muchas veces hiere; pero las más, divierte. A sabiendas de sus secuelas, el que utiliza la ironía sabe por dónde hacer correr las aguas. La vena popular cambió, inmediato al anuncio de modificación del nombre del PRD por Futuro # 21, con el de Cascajo # 21. Pudo haber sido más hiriente, utilizando conceptos hasta soeces, como ‘basura, estiércol, excremento…’ u otras de tal laya. La ironía política conlleva buen grado de humor. Con apuntarlo al campo de los desperdicios había suficiente para hacer reír al público consumidor y matarle toda solemnidad posible al paso.

Los autores de semejante ridiculez no tienen memoria o la tienen flaca. O suponen que nosotros somos los desmemoriados. Como sea, les vale un comino si tomamos en serio sus desfiguros o no. Suponer que los chuchos sean desmemoriados es una hipótesis para la basura, porque están repletos de mañas y embustes. Y para ser un buen embustero, es requisito clave tener buena la memoria. Así que no hay que asociar con debilidad de intelecto lo que tira más bien a la intención de actuar con perfidia.

Se conoce la historia de que el PRD se registró en 1989 tomando las siglas de otro partido que sacrificó su nomenclatura para facilitarle su nacimiento. El partido mexicano socialista (PMS) puso el membrete para que no abortara el proyecto del nuevo partido, alanceado por todos los flancos. Hubo en 1987 una escisión en el PRI, la aplanadora del siglo XX. Los tecnócratas candidateaban a Carlos Salinas de Gortari, para elevarlo a la silla con el respaldo de la base partidista. Aún no había entre ruptura entre la base social y las cabezas visibles en el poder. Una parte del funcionariato rechazaba a los tecnócratas. Opositor de mucho peso en la contienda resultaba Cuauhtémoc Cárdenas, hijo del Tata, entorchado con todos los hilos de las mejores tradiciones de dicha aplanadora. La exigencia era simple: auscultar a las bases o de plano consultarlas para que el candidato al puesto más disputado en nuestra historia se decidiera democráticamente, por plebiscito, referéndum o cualquier otra figura de este tipo. Dieron cuerpo a sus proclamas al interior del partido, todavía invencible, haciéndose llamar ‘Corriente Democrática’.

La solución desde los cuartos oscuros de los poderes fácticos fue expulsar a Cuauhtémoc y a sus ‘democráticos’. Pusieron la maquinaria propagandística a favor de Salinas. Fidel Velázquez, cabecilla eterno de los gremios obreros sometidos al poder, fue el encargado de leer la cartilla a los perdedores de la recién formada corriente. Con bombo y platillos anunció la expulsión de los inconformes, que aún no eran calificados de disidentes. Fue claro el personaje en su exposición: Nosotros llegamos al poder a balazos y sólo de tal forma nos podrán echar de él. Más claridad no se le puede pedir ni al agua.

La corriente democrática propuso hacer el esfuerzo de presentar un solo opositor, para derrotar de una vez por todas al partidazo. La propuesta no cuajó. El PAN llevó a la lisa a Manuel J. Clouthier, Maquío, quien obtuvo una buena cosecha de votos. La candidatura de Cuauhtémoc fue acogida con beneplácito primero por los partidos que eran satélites del PRI: El PPS, el PARM y el PST. Casi al final de la campaña se sumó también el PMS. Su candidato, el ingeniero Heberto Castillo, declinó para sumarse a la avalancha que había desatado el fervor popular a favor del hijo del Tata en todo el país.

El 6 de julio de 1988, Maquío, del PAN, sumó un buen porcentaje de sufragios, pero no suficientes para que se le levantara el brazo de la victoria. Quien obtuvo el triunfo fue Cuauhtémoc. Salinas y el PRI salieron desdibujados de la contienda. Pero las mañas y los trucos, la parafernalia de las trampas, la voluntad de imposición, todo esto estaba intacto en los hombres de los poderes fácticos. El sistema electoral ‘se cayó’ o ‘se calló’. Lo que no impidió que, en la dimensión de lo absurdo, diera por triunfador al tecnócrata, al innombrable, a Salinas.

Desde ese momento se extendió en el país la escisión que sigue viva. Los del poder entendieron que si el público lograba aglutinarse, acuerparse en un partido, sus días estaban contados, que fue la propuesta del equipo de Cuauhtémoc: formar un partido con la disidencia triunfadora. La gente de las instituciones, los funcionarios, todo el poder organizado buscó impedir que saliera a flote, abortarlo. Diez mil vericuetos y laberintos para que se perdiera en la bruma, que no llegara vivo a la palestra. Fue cuando el PMS, partido constituido y legalmente registrado, el último en sumarse a la candidatura de Cuauhtémoc, decidió regalar su membrete, sus siglas, su estructura y sus bienes, al embrión que no acababa de ser alumbrado. Así arrancó el registro oficial del PRD.

¿Tiene acaso algún parecido este acto histórico de generosidad, en el origen del PRD, con los conatos de los vividores que se apoderaron de él por seguir vivos en las nóminas que destilan dineros y favores, influencias y beneficios particularizados nada más, sin que se traduzca bienestar y provecho alguno a las masas que dan vida a todo organismo político? ¿Qué trama ahora el esperpento del tal Futuro # 21, para venir a sacrificar ese nombre y esa historia? ¿No les merece ningún respeto la vida sacrificada de muchos militantes en la arena política de nuestro pasado? No sólo es burla y cinismo, es protervia de parte de estos impulsores de cascajos.

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