Chin, chin, el que se raje

Chin, chin, el que se raje

Juan M. Negrete

Expresiones de la broza, cuando anda picada del alacrán. Popular, casi transparente, que la entiende hasta el más romo. Nadie desconoce el sentido encerrado en los chines. Tampoco lo de rajarse, que nos describe cuadros más que conocidos. En pocas palabras, la expresión es una cantiga de contenido para todos conocido y claro. Lo que no se esperaría de oirla fue que la pronunciara toda una señora gobernadora y, menos, a las puertas de la FGR. Es lo último que nos pasó con la llamarada de equívocos que hemos vivido en torno a la tal señora Maru Campos.

La doña ya no necesita presentación. Es la mujer que gobierna a nuestro estado norteño de Chihuahua con las siglas de Acción Nacional. Ya no le queda más tiempo que el que falta entre hoy y las elecciones intermedias por venir. Aunque, con los escándalos que se le han venido encima y que no ha sabido capotear con holgura ni menos eficiencia, muchos sueltan la especie de que, como secuela de tanto brete, tal vez no concluya su período sino que vaya a tener que dejar el puesto.

El enredo en el que se metió tiene que ver con una de las faltas, a las que la ciudadanía mexicana tiene como no excusables o no perdonables. Se habla de traición a la patria. Cuando escuchamos tal cargo, como que no nos quedamos indiferentes. Nadie. La inmensa mayoría de paisanos tiene arraigada en la mente, porque los mayores nos transmitieron tal información, que uno de los pecados políticos imperdonables es éste: entregarnos atados de manos a los extranjeros.

Darle una vuelta a nuestros episodios históricos más sentidos nos lleva de inmediato a los conservadores del siglo XIX, que fueron a hincarse a imperios y poderes europeos para que nos mandaran a un príncipe que nos viniera a gobernar. Es la historia de Maximiliano y de Carlota, su ñora, que mordieron el anzuelo de la oferta que les ofrecían en bandeja de plata nuestros traidores. Les creyeron y se vinieron de volada a conformar con nuestra gente y en nuestro territorio su tal imperio de marras.

Desde pequeños se nos pintó siempre el cuadro de que los buenos mexicanos se formaron en fila con don Benito Juárez, para salvar a la patria. Duró varios años la resistencia. Pero al final, las desvencijadas guerrillas locales lograron desarmar al ejército francés, con el que se sostenía el imperio de huarache en construcción, y mandaron a los invasores a freír espárragos a su tierra. Doña Carlota se exilió por su cuenta y ya no regresó. Y a su marido, don Max, se le terminó fusilando en el cerro de las campanas.

Hemos tenido en nuestra historia otras invasiones y, en su apoyo, otras traiciones más de malos mexicanos. Pero la que nos remite de inmediato a la condenación de lo traicionero es la del imperio tronado, que enfrentaron Juárez y sus leales, nuestros abuelos. Es pues una página honrosa con la que abrimos los ojos y hemos crecido todos, como para ya no discutir ni el sentido ni los pliegues críticos de tan bochornosos acontecimientos. La razón la tendrán siempre nuestros patrióticos abuelos, que no se tragaron el garlito. Es parte de nuestra historia, inseparable de la personalidad colectiva del mexicano.

Por los días que corren se vivió un acontecimiento al cual se le alínea, en su percepción colectiva, con el espíritu traidor de aquellos abuelos conservadores. A doña Maru Campos, la gobernadora de Chihuahua, se le chispoteó una operación de fuerza en la que participaron cuatro agentes de la famosa CIA gringa. Por el accidente carretero, en donde dos de estos agentes perdieron la vida, nos vinimos a enterar de tal injerencia extranjera en asuntos nacionales. Esto ya es del dominio público. Lo nuevo viene a ser la danza jurídica que se está derivando de semejantes estropicios inesperados.

La señora Maru recibió un citatorio para que compareciera ante nuestra fiscalía general de la república. La cita se fijó, para ser desahogada, en Ciudad Juárez. Pero la señora no ocurrió a la ciudad fronteriza, sino que se descolgó a la CDMX, la capital del país. Ya frente a las oficinas de la fiscalía y a la hora señalada, sus panistas amigos le montaron un templete en donde escenificaron una especie de mitin acusatorio. Luego entró la doña a las oficinas de la fiscalía, en donde no duró más allá de un cuarto de hora. No acudió a comparecer. Sólo entregó un escrito suyo a los señores fiscales y salió a seguir dando plaza.

Claro está que hubo pronunciamientos suyos y de sus compinches panistas en el mitin improvisado que armaron. Ahí soltaron el pecho tanto Roberto Gil Zuhart, a quien presentó como su abogado defensor, como Richardo Anaya, Federico Döhring, Jorge Romero y más miembros conocidos de esta camarilla panista. Vale calificarles a todos como a miembros de duro hueso azul, pues conforman la columna vertebral del partido referido de Acción Nacional; es decir, la derecha mexicana actual en pleno. Se entiende entonces que viene a ser una especie de declaración o de toma de partido para el futuro electorero que ya está encima.

Lo que terminó dando la nota burda de este evento político fue la conclusión oratoria de la tal doña Maru, que es la defendida en curso. Dijo que vino a dar la cara y que siempre la seguirá dando. Arropada por el estado mayor panista, tal vez se sintió con agallas de más y soltó la frase o apotegma popular, tan conocido como vulgar, que no le queda. O tal vez sí, pero no nos imaginábamos que ella jugara tan bajo, si se ve tan modosita y recompuesta. Dijo, como cerrojo, para que le tomara como declaración de guerra: Aquí estamos. Y chin, chin, el que se raje, cabrones. Todo, de lo que soltó su ronco pecho, se entiende; menos la alusión a los receptores del mensaje. ¿Quiénes son esos tales cabrones mentados? ¿Será acaso la fina compañía de panistas que la flanqueaban?

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