Córtate las uñas (cuento) / I

Córtate las uñas (cuento) / I

Mel Toro

Primera parte:

_ Pienso hacerlo, pero mucho más tarde, cuando ya no tenga preocupación. Tú me entiendes, Mona. Nací pobre, como todos los que tenemos la desgracia de nacer; sólo que algunos presumimos que tenemos, o que sabemos, o que somos más que los demás, y otros no. Pienso hacerlo, sí; es más, te lo juro.

_ No jures.

_ Bah, ¿por qué no he de jurar?… Sí, te lo juro. Pero será cuando mi espíritu esté más achacoso, menos libidinoso, menos apegado a esta mugre que le ata; cuando vayan cayendo uno a uno los talones de billete en blanco, cuando tal vez mi corazón ya ni palpite, ni sienta, ni llore, ni ame; cuando yo ya no sea yo…

Se apagan los faroles de la calle y vuelvo lentamente a casa. Una bicicleta, un andar presuroso… No, no camino rápido a casa, sino a mi destino. Mi padre y mi madre se marcharon y yo estoy solo en el pueblo. No tan solo. Tengo un romance en puerta, lo que se llama un romance. La noche está medio oscura, un poco oscura, no mucho; bueno, viéndola bien no está oscura. El tenebroso soy yo, que quiero romper al pasado.

Por la tarde, al frente de su casa, echaron las mazorcas al sol, para que se secaran. A la hora de mi visita, me sacó una silla para que me pusiera cómodo. Platiqué con su padre en calma y casi me atrevo a pedirle su mano. ¿Qué, si me hubiera tildado de loco? ¡Qué más da! Loco no soy; ella me quiere; yo la quiero. ¿Cuál es el problema? ¿Dinero? Las dos familias lo tienen… Es decir, lo esencial está a la mano.

Tal vez nos lo impida la edad, aunque por aquí se casan chavos los batos y las chicas ni se diga. Bueno, pero ¿Qué digo? ¿Desvarío? Ya no recuerdo bien las cosas. Es una tontería: ella, las mazorcas, su padre, mi bicicleta, la silla… y luego ¿Qué?… No, no puede ser. Tiene que haber un hilo lúcido para entender todo este tormento. Ah ya, parece que por ahí va…

Recuerdo tener siete años. Ir a la escuela. La maestra era una señora casada, aunque sin hijos. Enfrente vivía Mona, una niñita de cuatro años. También de cuatro pies, porque entonces todavía no caminaba bien; mejor gateaba.

Terminó el año escolar. Fui con ella al corral de su casa a cortar mangos, a tumbarlos a palos, a comerlos verdes y casi sin lavar. De niños así eran de simples las cosas entre nosotros. Nos mirábamos, nos reíamos y nada más.

Los hermosos recuerdos de la infancia nos llevaron a pensar que nos queríamos. Aceptó que la visitara, ya estando peluditos los dos. Aceptaba salir conmigo al jardín. Íbamos al cine, a los toros, a paseos. Ni su gente, ni la mía lo tomaban a mal. Al contrario. Como que les gustó que anduviéramos para todas partes como novios, aunque nunca nos lo declaráramos.

Una noche la encontré dando vueltas por el jardín, del brazo de su buena amiga Olga, pescando novios.

_ ¿Cuántos van?

_ Eres el primero

_ ¡Bendita suerte! ¿De verdad quieres que seamos novios?

_ Sí, vaya. Si aquí vives – señalando al corazón – y ni renta pagas.

Busqué luego entender qué cambió con nuestra declaración. Siendo novios o no siéndolo, seguíamos haciendo lo mismo que antes. Yo no le vi el corazón, como dicen que en el noviazgo se abre a tus ojos. ¿O no tendría corazón esta niña? Bah, si no tenía corazón, tenía alma. Lo mismo daba. Tenía pechos y caderas. ¡Qué pechos! ¡Qué piernas! ¡Qué hembra! Y yo con el sí en la bolsa.

¿Qué cosas nuevas me estaría autorizando con eso? Hubiera sido un animal, si me hubiera lanzado a su abordaje, al agasajo y al chacaleo. Me autorizó convertirse en mi pareja. Y todos se regodearon diciéndome que yo era su ángel custodio. Pero todo esto ¿qué quería decir? ¡Qué raros son los juegos de los adultos!

Más mal que bien empezamos nuestro tórrido romance. Ambos decíamos amarnos. Corrijo: Nos amábamos, sin decírnoslo. Yo no sabía en realidad si yo la amaba, ni si ella me amaba a mí. Y creo que ella estaba igual que yo, en la indefinición total. Sentía para sí una especie de cariño pueblerino de ansia y de miedo al beso. Paseábamos, nos divertíamos, soñábamos otros mundos, del codo a todas partes. Pero hubo un momento en que ella tuvo miedo de mí. Me espetó que yo era raro, voluble, ‘muy político’, fue una de sus descalificaciones a mi persona.

[Continuará…]