Juan José Doñán
Que edificios históricos como el invaluable Palacio de Gobierno puedan ser vandalizados de manera tan sencilla y de manera impune es un crimen de lesa ciudad. Es también un hecho tan vergonzoso que nos reprueba como sociedad. Reprueba no sólo a los autores de tamaña fechoría, sino también a las autoridades que, con la ausencia o casi ausencia de vigilancia, permiten que se cometa ese daño al patrimonio edificado de todos los jaliscienses.
Y reprueba incluso a quienes atestiguan con indiferencia atentados como el que lamentablemente ocurrió hace apenas unas cuantas horas, con los centenares o tal vez millares de personas que la tarde de este domingo (18 de octubre) estaban reunidos en la Plaza de Armas de Guadalajara, protestando por la mala calidad del agua “potable” que suministra el SIAPA, justo en el momento en que, ante sus ojos, un pequeño grupo de encapuchados desarmaban las vallas metálicas “protectoras” de Palacio de Gobierno para enseguida utilizarlas como ariete en contra de ese inmueble histórico, desprendiendo y destrozando sus puertas y ventanas para luego prenderles fuego, aparte de romper cristales y emplomados e igualmente pintarrajear sus muros de cantera.
¿Dónde quedó la pregonada civilización de la sociedad tapatía y el tan repetido amor por su ciudad? Por lo menos la tarde de ayer esos presuntos atributos de la tapatiez se perdieron durante algunas horas. Y ese extravío permitió que ocurriera algo que a todos nos debería llenar de vergüenza y de tristeza. Porque el vandalismo (ya sea por acción, por omisión o por indiferencia) no es la vía para resolver la crisis del agua en nuestra ciudad. Sí, debemos exigir que ese grave problema se resuelva y de la mejor manera y lo más pronto posible. Pero también debemos cuidar y respetar nuestra ciudad (la casa común de quienes aquí vivimos), cuidando su patrimonio urbano y evitando que personas malévolas o desquiciadas causen destrozos tan penosos como los infligidos ayer al Palacio de Gobierno.
No deja de llamar la atención que ni siquiera durante la Guerra de Reforma ni tampoco durante la Revolución Mexicana los bandos en pugna (tanto políticos como militares) llegaran al extremo de prenderle fuego a esa edificación. Bien haríamos en aprender, sobre todo en tiempos de paz, de la civilización de esos combatientes de antaño y condenar la barbarie como la que la tarde de este domingo se vio en contra del Palacio de Gobierno, una vez que concluyó la marcha de protesta por la mala calidad del agua en nuestra ciudad, por lo demás, una protesta sobradamente legítima. ¿Pero qué va a conseguirse a favor de tan loable causa con los daños y destrozos nada menores que ese pequeño grupo de fementidos manifestantes cometió en contra de la que es, a no dudarlo, la edificación históricamente más relevante de esta parte del mundo?
Y esto último porque Palacio de Gobierno no sólo ha sido, a lo largo de más de dos siglos, la sede del Poder Ejecutivo de Jalisco, sino también el sitio en el que hace casi 216 años despachó Miguel Hidalgo, el padre de nuestra patria; el edificio que en 1858 se convirtió en Palacio Nacional, cuando el presidente Benito Juárez y su gabinete se instalaron temporalmente precisamente en ese inmueble: el lugar en el que la madrugada del lunes 11 de noviembre de 1889 vio la última luz Ramón Corona, tal vez el gobernador más querido en la historia de Jalisco; una joya arquitectónica que resguarda otra joya artística mayúscula (el tríptico muralístico que en 1937 José Clemente Orozco pintó en el cubo de la escalera); un inmueble que, en conclusión, debería ser orgullo de todos los jaliscienses.
A principios de los años ochenta el poeta y esteta Tomás Segovia llegó a decir que, en su opinión y para su gusto, arquitectónicamente el Palacio de Gobierno de Jalisco era “el mejor edificio de Guadalajara”.




