La quitaron. Así, sin más. La antimonumenta feminista en Honduras desapareció del espacio público como si con eso también pudieran desaparecer todo lo que se denuncia. Estaba ubicada en un punto visible, pensado precisamente para incomodar, para obligar a ver lo que muchas veces se quiere ignorar: la violencia constante contra las mujeres y las identidades diversas. Y fue justamente por eso que la quitaron. Porque estorbaba. Porque interpelaba. Porque decía demasiado.
No fue un hecho aislado ni inocente. Ocurrió durante la cuaresma, en un tiempo que para muchas personas significa reflexión, memoria, reconocimiento del dolor. Pero mientras se habla de ese momento de pausa y reflexión, alguien decidió borrar un símbolo que exigía mirar de frente una realidad urgente. La quitaron no porque fuera insignificante, sino porque era todo lo contrario: porque tenía peso, porque tenía voz, porque estaba cumpliendo su propósito.

La antimonumenta estuvo en pie por apenas unas semanas. Un tiempo breve, casi pasajero. Y, sin embargo, suficiente para incomodar más que muchas respuestas institucionales que tardan incluso más en llegar. Porque mientras ese símbolo existió solo por un corto periodo, hay casos en los que la espera por justicia se extiende más allá de ese mismo tiempo, dejando a familias enteras atrapadas en la incertidumbre.
Las organizaciones feministas se pronunciaron, y lo hicieron desde un lugar profundo, desde el cansancio acumulado. Porque no es solo la antimonumenta. Es todo lo que representa: los nombres que faltan, las historias que no han tenido justicia, las vidas que siguen siendo arrebatadas en medio de la indiferencia. Es la acumulación de años de violencia, de silencios impuestos, de luchas que han tenido que abrirse paso a fuerza de resistencia.
Pero hay algo que también debe decirse con toda claridad, sin dejar espacio a dudas: esta lucha no es solo de las mujeres. Es de las mujeres diversas, de las personas con el sexo femenino asignado al nacer, de los hombres trans, de las mujeres trans. Es de todas las personas que nos vemos representadas en la antimonumenta. Porque al arrancar la antimonumenta, no se está quitando un objeto: se está intentando silenciar a todas esas vidas que encuentran en ese símbolo una forma de existir y de ser nombradas.
Quitarla fue un mensaje. Un intento de volver a esconder el problema debajo de la alfombra, de devolver la comodidad a quienes prefieren no ver. Pero lo que no entienden es que la memoria no depende de un pedestal. No depende del permiso de nadie. La memoria se sostiene en quienes la cargan, en quienes la dicen, en quienes se niegan a olvidar.
Y yo no puedo dejar de pensar en lo que esto significa: en un país donde la violencia sigue siendo una constante, donde la impunidad pesa más que la justicia, donde es más fácil quitar un símbolo que enfrentar la realidad que denuncia. Porque sí, es más sencillo desmontar una estructura que responder por las vidas que se siguen perdiendo.
Pero hay algo que no pudieron quitar.
No pudieron quitar la indignación.
No pudieron quitar la memoria.
No pudieron quitar la voz.
Porque al final, lo que intentaron arrancar no era solo una antimonumenta.
Era un grito.
Y ese grito —aunque intenten callarlo— sigue resonando.
Alex Izán Hernández
Coordinador del Observatorio de Violencia Social y de Género
Red Lésbica Cattrachas
alexizanhn@gmail.com
www.cattrachas.org