Cuauhtémoc, se nos fue / III

Cuauhtémoc, se nos fue / III

Juan M. Negrete

No tuve yo tiempo suficiente para andar en campaña. Empeñaba para esta ocupación tan sólo los fines de semana que tenía libres en mi trabajo por dicha temporada. Si algo es disparidad en algún proceso, me gustaría conocerla como más inequitativa que ésta.

Pues habrá que admirarse de los resultados finales. Llegada la elección, barrimos en todo el centro del país. Cuauhtémoc se llevó la elección a nivel nacional y nos dimos cuenta de que los momios nos favorecieron aún en las zonas más apartadas. Con decir que en el propio distrito en el que contendí, el que ganó fue el candidato del PAN. Mi candidatura quedó en segundo lugar y la del PRI se cayó hasta el tercero. Y eso que se trataba de una zona de tradicional voto priísta, que atacamos de frente sin recursos de nota.

Lo que vino después fue vergonzoso. El gobierno, que tenía la atribución privilegiada de acopiar los resultados, calificar las elecciones y dar el veredicto final, alegó que ‘se le cayó el sistema’. Se nos dijo de forma oficial que no tuvo en tiempo y forma los números arrojados en casillas. Bailoteaban los números definitivos.

Eso no obstó para que declarara que el candidato del PRI se había alzado ‘con una victoria clara, inobjetable y contundente’. O sea que se nos confiscó el dictamen de la voluntad popular. Fue el fraude más escandaloso vivido hasta ese momento. Para eso nos había invitado el régimen a participar en procesos de elección pacífica. Para eso había estructurado y trabajado tanto tiempo su reforma política.

Las turbulencias se desataron de inmediato. Hubo movilizaciones en todo el país. Hubo tomas de alcaldías y cierre de carreteras. Las protestas no se calmaban. A punto estuvo de incendiársenos el país en una guerra civil. La inconformidad estaba larvada y todos entendíamos que estábamos parados en un barril de pólvora. Arrebatarnos de esa manera un triunfo, la manifestación de nuestra voluntad expresa, era crimen que clamaba al cielo. Pasamos dos o tres meses de una inquietud civil para la que no hallábamos puerta de salida. Pero vino el tiempo, que suele ir curando todas las heridas o mediante el cual se obliga a aceptar lo inaceptable, y nos pacificamos, no sin levantar nuestra ira y escalarla hasta donde dieran nuestras fuerzas.

Por primera vez tuvimos un parlamento en el que la voz del poder ejecutivo ya no imponía su voluntad irrestricta. La exigencia popular, de que se volvieran a abrir las urnas y se recontaran los votos casilla por casilla, nunca nos la cumplieron. Al contrario. El candidato del PAN, Clouthier, le levantó la mano en son de triunfo al del PRI. Pronto ambos partidos hicieron mancuerna. Tres años después, ambas bancadas decidieron que las pruebas de aquella jornada electoral, los votos, que se encontraban a resguardo del ejército, fueran destruidas. Fueron incineradas. Todos sabíamos que los que detentaban el poder se habían encaramado a él de forma fraudulenta. Los ganadores habíamos sido nosotros, los del FDN. Pero ellos, los dos perdedores, se coaligaron y formaron un solo frente, que se mantiene hasta la fecha.

El FDN se encontró ante una encrucijada. O nos daban la consigna de recurrir a la fuerza y enfrentar el atropello con la fuerza organizada, o nos replegábamos y volvíamos a buscar mejores formas de participación. El ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas lo proclamó en muchos foros. No quiso ser el responsable de un costoso baño de sangre, pues conocía las entrañas del poder en México, despiadadas e insensibles. Prefirió continuar con la lucha civilista, abanderando a quienes lo quisieran seguir. La propuesta pacifista tenía muchas tareas por cubrir. La primera era anular la dispersión de expresiones. Había que convertir a los muchos partidos del FDN en un solo partido, con presencia nacional y unidad de mando y de acción. Se impuso esta propuesta y, como nuevo Sísifo, nos dispusimos con él a construirlo.

Normalmente no se cuenta la fórmula clave para integrar tantas fuerzas dispersas en una unidad nacional. Y menos la gran cantidad de chanchullos y trampas legales, que se intrumentaron desde el gobierno mismo, para impedir que se consiguiera la formación de este nuevo instituto político. Podía no haberse consolidado nunca, pero logramos la hazaña. Desde el poder buscaron dinamitar todas las vías posibles para impedir que consiguiéramos el registro. Para fortuna nuestra, el PMS estaba bien registrado y legalmente establecido. En una asamblea de carácter extraordinario y a nivel nacional modificamos, en sus estatutos, el nombre. En lugar de seguirse llamando PMS, en lo de adelante se denominaría PRD (Partido de la Revolución Democrática).

Ocurrió en 1989. Fue la fusión de casi todos los que anduvimos en la brega. Nos dimos a la tarea de extenderlo por todo el país. Los tecnócratas se habían apoderado a la mala de los hilos del control del país e impondrían su mal talante, como así fue. Narrar esto será materia de otra exposición y en otro momento. Así que aquí la dejamos.

Un abrazo solidario a los familiares del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, legendario luchador de la transición democrática en nuestro país. Que descanse en paz.

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