De alborotos, concentraciones y marchas

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De alborotos, concentraciones y marchas

Juan M. Negrete

Siete años después de dejar el poder, Gustavo Díaz Ordaz fue propuesto por los gobernantes de esos días para ser enviado de embajador a España. No había dado más la cara en años, pues el terrible manchón criminal de la noche del dos de octubre lo embijó de cuerpo entero. Era tufo que apestaba. Por tal circunstancia hubo de convocarse una conferencia de prensa. La sesión fue ríspida. Algunos colegas periodistas lo confrontaron y, aunque no era tema de la sesión, tampoco podía faltar conocer su postura sobre aquellos acontecimientos. No mostró signos de arrepentimiento. Generó mal sabor de boca su intento por minimizar la cantidad de caídos. En su momento le dimos mucho revuelo a sus malhadados dichos. No se nos fue ileso.

Lo traemos ahora a colación porque en tal sesión, al referirse al número de los ciudadanos que habían perdido la vida en esa noche trágica, redujo la cifra a tan sólo treinta y nueve mexicanos. Y todavía se columpió bosquejando la cantidad: esa suma incluía a militares, alborotadores y curiosos. Así cerró su discurso pontifical y se quedó tan campante.

Por los días que corren andamos siendo testigos, en unos casos, y partícipes en otros, de movilizaciones callejeras. Ya dejamos a finales del año dos manifestaciones multitudinarias y corrió suficiente tinta para su análisis. Pero en estos días se está reeditando una experiencia similar. De una parte convocaron nuestros paisanos derechosos a congregarse en un mitin en el zócalo de la capital de la república, replicando la experiencia en varias ciudades del país. Los números de tales algazaras, como siempre ocurre, resultan aumentados por los organizadores y disminuidos por las autoridades. Pero no vemos que las cifras sean, en este caso, lo más importante del acontecimiento sino el contenido que da piso a tales concentraciones. A esto habrá que referirse.

Las experiencias recientes ocurrieron ya el pasado domingo 26 de febrero y el 8 de marzo. Apenas estaban apaciguándose los ruidos de tales tambores, cuando el ocho de marzo salieron a la calle otras multitudes, en plan de manifestación, y también en muchas otras ciudades del país, no tan sólo en la capital. Ahora las convocantes fueron los grupos feministas que enarbolan la bandera de las reivindicaciones de nuestras mujeres en todos los rubros posibles de la vida social, pues en todos ellos conocemos de inequidades, de injusticias. Pero no sólo conocemos o salen a la luz estos agravios, sino actos más crueles, de los que se resalta la sevicia de las violaciones, los acosos impertinentes y los feminicidios. Esta ola de sangre en contra de nuestras mujeres no tiene nombre. Por tanto, no tenemos derecho a plegar banderas sobre tales denuncias, hasta que logremos hacerlas desaparecer.

De las banderas enarboladas para la manifestación de la ola rosa, que así parece haber consenso al llamar a la primera, el origen y destino de su movilización es de naturaleza política estricta. Primero se hablaba de que la consigna general en boca de los participantes y en sus carteles rezaría el eslogan de que el voto no se toca. Se buscaba ampliar y darle más sentido a la consigna que flotó en ese mismo ambiente en su salida pública anterior, cuando enarbolaron la consigna de que el INE no se tocaba.

Algunos analistas han vinculado tal experiencia, atenidos a los formatos de la vestimenta de los participantes, a lo que se movilizó en otros países sobre todo árabes, a lo que se califica como primavera. Como los retratos de aquellos países siempre nos los emborrona la opinión mundial oficiosa y mediática con dictaduras, con fanatismos y hasta con terrorismo, la opinión de sus autores o titiriteros busca ligarlas o presentarlas como esfuerzos colectivos hechos para hacer ingresar a tan sufridas comunidades al formato de funcionamiento occidental, en donde tenemos democracia y racionalidad hasta para dar y prestar. Por embelecos no paramos. Pero volvamos a lo nuestro.

Tal vez tengan razón los analistas de casa al asociar la ocurrencia de la portación de blusas de color rosita con la identificación colectiva de una oposición bien mexicana, bien de derecha desde luego, que busca endosarle al gobierno actual de Morena las lacras señaladas para la vida en los países orientales. Cuando se sueltan el pelo, a AMLO no lo bajan de autoritario, de arbitrario y aún de dictador. Está claro que tales dichos no tienen respaldo objetivo. Pero como que acudir a la verdad de las cosas viene a ser lo último que les interesa a los rijosos. No se diga a nuestros próceres de derecha, desplazada por la voluntad popular de los espacios del poder, trauma real que no acaban de digerir y que les vive picando los hígados.

Los ocoteros de estas tirrias quisieran que nos contagiáramos todos los mexicanos de tal inquina. Pero no les va a resultar una tarea facilita, porque los contendientes de la pared de enfrente, a los que solíamos etiquetar de izquierdosos, no están o no estamos con los brazos cruzados. Para este dieciocho de marzo saldremos a la calle a festinar, de la misma forma que las mujeres, la gesta de la expropiación petrolera. El motivo puede no ser tan original. Pero la propuesta de mantener deslindados los campos y de no bajar la guardia, es lo que resalta por estos días. Como hubiera dicho Díaz Ordaz, de pronto se nos llenó el ambiente de alborotadores. Veremos cómo cuajan y a dónde nos llevan todas estas compulsiones. Y que conste que apenas empieza la zambra. Ya veremos si no se nos desborda.

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