Eduardo González Velázquez

Cuando pensábamos que no podíamos estar peor, luego del desastre sexenal heredado por Felipe Calderón, la elite en el poder encaramó en la presidencia de la República a Enrique Peña Nieto. El candidato de Televisa; del establishment; el de la historia de amor de telenovela sellada con su boda; quien prometía firmar y cumplir sus compromisos; quien pondría los contratos sexenales más jugosos en bandeja de oro para sus amigos; para quien no existía conflicto de intereses en poseer una casa a nombre de uno de los contratistas preferidos de Los Pinos; quien fortalecería el paraguas de la corrupción e impunidad para cubrir las fechorías de los miembros más cercanos al poder.

​Con esos antecedentes, nada bueno podía venir para el país. Seis años después, la luz al final del túnel languidece frente a la pesada oscuridad del pasadizo peñista. Su herencia será un pesado lastre para el gobierno lopezobradorista.

A querer o no, este sexenio se movió de Ayotzinapa a la república del spot. El inicio fue trompicado a pesar del pequeño tanque de oxígeno que significó el Pacto por México, que en la práctica rápidamente se agotó. Quizá tendríamos que decir que nació agotado, cansado pues, como aquél que mal encabezó la Procuraduría General de la República y se empeñó en construir verdades históricas a modo. Le siguieron la cascada de reformas llamadas estructurales que arrojaron más nueces que ruido. Las promesas verbalizadas no alcanzaron a materializarse en mejoras de vida para los mexicanos. Ora la reforma educativa, ora la energética, ora la laboral, ora la de telecomunicaciones, pocos muy pocos beneficios generaron a la población; a lo sumo, nuevos empleos, aunque mal pagados por lo que fueron abatidos por la pesada carga del gasolinazo, la inflación y la devaluación.

Los escándalos de corrupción y la impunidad para protegerlos de la justicia, se multiplicaron en la administración peñista. Entre las casas blancas y de Malinalco, los contratos amañados para los amigos, los dineros de Odebrecht, la violencia e inseguridad, las desapariciones, las ejecuciones a manos de las fuerzas armadas, el aumento de la deuda nacional que sobre pasa los 10 billones de pesos, la pérdida de la brújula frente a Donald Trump, podemos afirmar que pocas cosas funcionaron en estos seis años.

El mejor indicador del pésimo ejercicio de “gobierno” de Peña Nieto fueron los resultados de la elección del 1 de julio, donde el PRI no solo perdió la presidencia, sino que tendrá la menor representación en el Congreso de la Unión en toda su historia.

No tengo duda, que el momento del sexenio fue la noche y madrugada del 26 y 27 de septiembre del 2014 cuando 43 estudiantes de la escuela rural de Ayotzinapa fueron desaparecidos a manos del Estado mexicano. Ese hito marcó el final del sexenio a menos de dos años de haber comenzado. La verdad histórica que yace en Ayotzinapa es el colapso peñista.

Antes del 1 de diciembre bien vale la pena comenzar a recordar lo que fue la mediocre (de medianía) presencia en Los Pinos, de Enrique el breve.

@contodoytriques

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