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De la Guadalajara fundacional a la de hoy…

De la Guadalajara fundacional a la de hoy…

Román Munguía Huato               guadalajara

 

El gobierno de Guadalajara echará al vuelo las campanas este 14 de febrero, en el que se festeja el 478 aniversario de su fundación. Muchos nos preguntamos si realmente hay algo que festejar, sobre todo cuando habrá un gasto cuantioso que parece un verdadero despilfarro mientras permanecen muchísimas carencias de todo tipo en esta urbe. Con la celebración, según las autoridades municipales encabezadas por Ismael del Toro, se espera una derrama de 80 millones de pesos, un 30 por ciento más que el año pasado, asimismo una inversión de 26 millones de pesos, de los cuales 10.5 serán aportados por el gobierno municipal y resto por patrocinadores. El principal espectáculo será el de luces, tecnología y folclor GDLuz 2020. Habrá, pues, bombo y platillo con el festejo grandilocuente.

Si somos muy pesimistas podríamos preguntarnos, parafraseando a Vargas Llosa con uno de sus personajes de su novela Conversación en la Catedral: ¿En qué momento se jodió Guadalajara? Los lectores tendrán la palabra. Seguramente no fue un 14 de febrero amoroso y festivo de cualquier año. Es posible que haya sido unas cuatro décadas atrás, cuando la otrora y añorada “ciudad de las rosas”, la “Perla de occidente” empezó a tener los rasgos macrocéfalos de un proceso de urbanización de expansión muy caótico. Un verdadero caos en movimiento. Toda urbanización tiene sus determinaciones fundamentales por los procesos económicos (industrialización y comercio), y Guadalajara no es una excepción a la regla. Estamos hablando de una ciudad, a partir del municipio, convertida en metrópolis con un proceso de desarrollo del capital más complejo e intenso. Una ciudad en la que crece bajo esta lógica económica un cúmulo de contradicciones y conflictos sociales inevitables. Por supuesto, también en esta dinámica metropolitana influyen las políticas gubernamentales tanto federales, estatales y municipales impulsoras de un crecimiento económico mercantilista… y una marcada desigualdad social. En la década de los sesenta, cuando esta ciudad alcanzaba su primer millón de habitantes, se consideraba como signo de progreso el aumento poblacional: una ilusión desarrollista. La Guadalajara metropolitana actual tiene una población que se acerca a los seis millones de habitantes. Fue en los años ochenta pasados que irrumpió el neoliberalismo a la mexicana a diestra y siniestra, con todas sus consecuencias catastróficas habidas y por haber; y la región metropolitana se convirtió en un verdadero paraíso laboral para los inversionistas empresariales locales y extranjeros.

La ciudad adopta ciertas formas correspondientes al proceso histórico social y por eso podemos hablar de una Guadalajara de la conquista, de una Guadalajara colonial, de una liberal, porfirista y afrancesada; después, una ciudad moderna producto del capitalismo con sus diversas etapas. También, una ciudad con todas sus variantes culturales  e ideológicas, dentro de las cuales el factor religioso tiene peso importante en la idiosincrasia tapatía con su acendrado conservadurismo social y político. Nuestra ciudad es fiel testimonio material de su historia social, cultural, económica y política.

La Guadalajara de antaño, la ciudad habitable, vivible, hasta los años setenta, fue una ciudad todavía con rasgos humanos, por decirlo así. La de hoy es una ciudad deshumanizada. La Guadalajara del ayer histórico tuvo sus orígenes durante la conquista española del vasto territorio occidental. Es una ciudad de la conquista. Los intentos fundacionales de los españoles dan origen a una “ciudad itinerante”. La primera fundación de Guadalajara sucedió en 1532 en Nochistlán. La segunda fundación se hizo en Tonalá, donde permanecería durante aproximadamente 2 años, y la tercera ocurrió en 1535 en la región de Tlacotán; pero las vicisitudes de los asentamientos tenían riesgos ante los constantes enfrentamientos con las poblaciones indígenas de la región, obligándolos a buscar una nueva ubicación para la ciudad. En 1542, un 14 de febrero, según las crónicas, se fundó definitivamente un villorrio cuyos primeros habitantes fueron casi unas tres centenas de españoles peninsulares e indígenas, la Guadalajara trashumante dejaba de serlo. Ese día se levantó el acta fundacional de la definitiva Guadalajara neogallega y con ella se instaló el cabildo, y los primeros pobladores comenzaron a edificar la ciudad en un terreno a espaldas donde ahora se encuentra el Teatro Degollado. Con la fundación, lo primero que se levantó fue el cadalso y la horca, por aquello de los inconformes y, sobre todo, de los subversivos e irredentos indígenas.

Es notable que en la mayoría de las crónicas de la fundación de esta ciudad, y  en todos los discursos oficiales u oficiosos conmemorativos de tal fecha, impere una visión sesgada y tendenciosa de la ciudad fundada en nombre de su majestad Carlos V. Se presenta la historia fundacional como una epopeya legendaria cuyos protagonistas son unos españoles emprendedores, valientes y aguerridos (lo cual, en gran medida es cierto); portadores de una elevada moral cristiana de amor al prójimo, evangelizándolo para salvar su alma (de lo cual existen serias dudas). Los fundadores de esta ciudad quizás nunca se imaginaron que el villorrio de aquel entonces, siglos después se convertiría en una gran ciudad; en una enorme metrópoli cuyas dimensiones les asombraría, y quizás también les aterraría. La historia verdadera de Guadalajara, la visión de los vencedores, no tiene por qué presentar como héroes a Nuño de Guzmán, a Cristóbal de Oñate o a Beatriz Hernández. Eran conquistadores como cualesquiera otros que lograron someter a sus enemigos indígenas.

En la Guadalajara de fin de milenio hemos erigido monumentos en honor de los fundadores, especialmente en la llamada Plaza Tapatía; sin embargo, hay únicamente dos o tres levantados en memoria de los nativos, casi escondidos en alguna parte de la ciudad: la historia urbana local no registra, simbólica e ideológicamente, en su memoria colectiva a los pobladores que resistieron la conquista española.

En la Plaza Tapatía está ubicada, a su vez, la Plaza de los Fundadores; en esta última se levantó un motivo escultórico, adosado al Teatro Degollado, que representa a las huestes conquistadoras militares y espirituales en el momento en que deciden establecerse por fin en estas tierras. En otras partes de la plaza existen varias alegorías de los vencedores; en el único lugar donde aparecen los vencidos es en el altorrelieve escultórico adosado al Teatro; pero están sumisos, de rodillas, al poder. Visión idílica que trata sutilmente de borrar de la memoria histórica a los nativos y sus luchas de resistencia. La ideología simbólica urbana de la cultura dominante hace patente su conservadurismo político y su racismo encubierto no sólo en los discursos conmemorativos de cada 14 de febrero, día de la fundación de la ciudad, sino también en los motivos escultóricos de la urbanística caótica de la Guadalajara metropolitana.

La Guadalajara contemporánea tiene una larga lista de grandes y graves problemas sociales; algunos síntomas de una barbarie social como es la violencia incontenible y la inseguridad de sus habitantes. Por supuesto, debemos reconocer que todavía esta ciudad conserva algunos aires de la ciudad de antaño, a la que vemos con nostalgia por su condición vivible y humanizada. Esta ciudad es hoy día lo que es, para bien o para mal, el reflejo fiel de una oligarquía que detenta el poder económico y político, incapaz de marcar un rumbo de progreso y bienestar a la mayoría de sus habitantes. Veremos pasar interminables organismos gubernamentales para un aparente reordenamiento territorial y de “gobernanza”, mientras la ciudad sigue en su desmadre, y mientras la burocracia municipal hace añoranza cursi de la épica fundacional española, ajena a toda evocación de la resistencia de las luchas indígenas contra sus conquistadores elevados a héroes con pedestales y monumentos. También, mientras tanto, el derecho a la ciudad, a una ciudad democrática, sigue pendiente.

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