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De la pugna educativa nacional

De la pugna educativa nacional

De la pugna educativa nacional

Juan M. Negrete

En esta humilde columna trabajamos vericuetos enredosos sobre el derrotero educativo del país. Habrá que aclararles a los afables lectores que le dan seguimiento, que la discusión sobre la veta educativa, difuminada con el paso del tiempo, resulta dispersa. Por eso la restringimos a lo universitario. Aun así es de espectro amplio y puede derivar en dispersa y confusa.

Va una segunda aclaración necesaria. En nuestro portal Partidero discutimos por los días que corren la conveniencia de reducir nuestros espacios expositivos. Ya no son tan populares los artículos amplios y extensos. La nueva fórmula de aparición tiende a dedicarle cuando mucho un minuto de atención de lectura a cualquier texto abordado.

En nuestras columnas de opinión nos fijábamos un tope límite de mil palabras. Si nos atenemos al nuevo formato, haremos una reducción relativa a un medio millar de palabras. Nuestros artículos futuros se verán recortados como a la mitad de los actuales. Hay otras variantes en la discusión, pero no tiene caso entrar a más detalles técnicos. Volvamos pues nuestra atención al punto que nos entretiene, que viene a ser la disputa nacional por lo educativo.

Decíamos, o nos habíamos quedado más bien, en que la discusión por lo educativo en el país conoció etapas de mayor atención y de mejores fondos. Habíamos llevado nuestra atención a la discusión heredada por los mentores y los responsables políticos del rubro sobre las variadas experiencias vividas en el siglo XIX, en el que se perfiló la personalidad de nuestra nación.

Es tan importante este siglo en la vida nacional que, por ejemplo, el actual titular del poder ejecutivo, AMLO por más señas, a cada tres pasos nos está remitiendo en sus discursos con eventos, pasajes y menciones sobre tales momentos de nuestro pasado. Suponemos que no lo hace sólo por fijaciones personales y abusando de la posesión del micrófono y las candilejas, sino porque él, su generación y una gran multitud de paisanos estamos imbricados en estas definiciones de personalidad colectiva.

Habría que ir estableciendo ciertos distingos es estos campos. Cuando vemos por ejemplo a los posesionarios de muchos micrófonos públicos alternos, la mayoría de ellos ligada a los poderes fácticos, encontramos que estos discursos alternos no se atienen al patrón nacionalista, ni se muestran preocupados por el devenir y el interés colectivo. Más bien se dirigen a apuntalar la defensa de los intereses del mercado, de la llamada libre empresa y de las figuras económicas privatizadoras, con las que bregamos desde hace cuatro décadas. Resulta medio ocioso aclarar que somos muchos los mexicanos que nos esforzamos por superar de manera definitiva estos atorones  o pantanos en el devenir del desarrollo de la vida nacional. O atribuimos este interés abierto al menos a los treinta millones de electores que llevamos a AMLO al poder ejecutivo y que le signamos, con nuestra apuesta, la tarea.

El día de ayer nos amaneció este señor presidente entonces con una noticia inesperada. Tomás Zerón, ligado al aún irresoluto conflicto del caso Ayotzinapa, anda de prófugo escondido en Israel. Pues bien, AMLO informa que las autoridades de aquel país se comprometieron a cooperar en su exilio. De ser así, pronto retomará la discusión sobre nuestros conflictos educativos un nuevo cariz. El caso particular de la gran injusticia con los chicos de Ayotzinapa conocerá por fin una vía de solución civilizada. Aunque según vemos con el caso de la reciente tragedia de los migrantes en Chiapas, en nuestro país no cesan los túmulos mortuorios colectivos. Gracias, de nada.

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