De las locuras de Trump

De las locuras de Trump

Juan M. Negrete

Llevamos ya varios meses soportando cuadros destemplados, que nos vienen de las gentes en el ejercicio del poder. Esto no debería sernos extraño. Normalmente se tiene la concepción de que quienes se dedican al oficio público padecen del mal de la locura. Como pinta Cervantes a su personaje central, don Quijote de la Mancha, con padecimientos de extravío persistente, descocado y, por lo mismo, impredecible.

Al ser tan alto el número de colegas humanos metidos en oficios públicos, a los que denominamos como políticos por abreviar, no debería extrañarnos su desvarío. Empero, de repente se trepan a los escenarios ejemplares que rompen la rutina, que se exceden en sus disparates. Es la razón por la que todo mundo enciende las alarmas y pone atención, tal vez para prevenir calamidades, desprendidas de tales locuras.

Por los últimos días ha cogido la batuta el presidente de nuestros vecinos gringos, Donaldo Trompas, y ni quien le robe el escenario. Ya traía la solfa bien aprendida, sobreactuada a lo largo de todo el año anterior, 2025. Pero al arranque del actual, justo el tres de enero, escaló su furia desatada. Secuestró al presidente venezolano, Nicolás Maduro y lo entambó en una cárcel gringa. Dizque lo están juzgando en tribunales gabachos, lo que viene a ser otra parte de su teatro de equívocos.

No es que Maduro les haya promovido enojos especiales. Más bien habrá que ver estas medidas, como lo vamos pintando, cual excesos estrafalarios de la aplicación de su violencia. Habría que regresar la mirada a otros presidentes de otras naciones agredidas, invadidas y castigadas por embelecos gringos. ¿Qué le hicieron a Sadam Hussein, tras invadirle el país que gobernaba, al que invadieron con la mentira de que poseía armas de destrucción masiva o nucleares? No descansaron hasta ejecutarlo. ¿Qué otro final le plantaron al presidente de Libia, Moamar Khadafi, sino el extremo de privarle también de la existencia? Y viniéndonos ya más cerca, a este mismo año, ¿Cuál vino a ser el final del ayatola persa o iraní sino el final cruento?

Puestos a la tónica de estos arranques histéricos, se ve hasta extraño el procedimiento de mantener a Maduro con vida, aunque lo hayan sometido a un juicio destartalado. Los que saben o conocen más de cerca todos estos intríngulis mafiosos, en los que se enredan los políticos, nos disiparán las dudas, si es que puedan, de que a unos los retengan nada más en las mazmorras de la ignominia y a otros les apliquen el torniquete de la desaparición final, con extremos del sadismo.

Eso de que se cojan tirria entre sí y unos contra otros, viene a ser uno de los entretenimientos de la clase política, encumbrada o no. Dijimos arriba que es su distracción favorita y que por tanto ya deberían tenernos acostumbrados. Pero en los disparates desatados por este personaje gringo, el que nos ha atrapado la atención urbi et orbi, destaca que haya metido a su danza sin conchinchi al mero sumo pontífice romano. No sólo los católicos del mundo alzaron las cejas por semejante desaguisado, sino hasta quienes no guardan veneración por la curia romana.

Lo peor de tal extravagancia, metido ya el Trompas en su dinámica esquizofrénica, viene a ser el hecho de que publicite imágenes como de estampitas de oración, en las que él mismo aparece revestido con vestales de oficio litúrgico y reparta unciones y bendiciones a otros. Hay una en la que impone su mano de sanación a un personaje tirado en cama. Es obvio que retrata un procedimiento simbólico de sanación. Pero el cuadro es más que burdo. Uno por ser él, Trompas, quien unge al enfermo. Y otra, por ser el ungido un individuo de intenso parecido físico a Jefry Epstein. Simplemente dicho, no se midió.

¿Con qué autoridad moral se pone el tal Donaldo a caricaturizar al pontífice romano, León XIV, al tildarlo de debilucho y lanzarlo a la picota para la burla de su auditorio? No se puso a medir este güero desabrido la cantidad tan inmensa de seguidores que poseenen el mundo las autoridades consagradas de la curia romana. Al parecer, 1, 400 millones de personas profesan la fe católica. ¿Creerá entonces que lastimando el prestigio pontifical aumentará sus bonos de aceptación? O ¿qué corriente de extravío le llevaría a tales extremos?

En muchos procesos históricos se han escenificado rupturas de este tipo. Baste mencionar aquel capítulo inglés en el que el monarca Enrique VIII rompió con la curia romana, porque ésta no le aprobó el divorcio que quería alcanzar para separarse de Catalina de Aragón y casarse con Ana Bolena, a ver si con ésta sí podría procrear un varoncito. Pero la zafadura del magnate gringo actual aún no conoce explicación suficiente. ¿O querría tal vez que la voz autorizada, que se difunde desde las galeras vaticanas, le diera aprobación a los dislates bélicos con los que ha estado buscando destruir a la civilización persa?

Resulta increíble constatar los disparates que expulsa su ronco pecho mismo cuando busca darle sentido a sus barrabasadas. Veamos uno de los muchos ejemplos que podríamos exponer, para probar que está sufriendo una crisis de locura de remate. Que nos sirva para ejemplo su descripción textual, dada al público por él mismo, sobre la destrucción que ordenó desencadenar en Teherán:

Tienen que verlo. Es muy cool: misiles lanzados, misiles lanzados, misiles en lanzamiento; están siendo lanzados; luego, en siete segundos, fuego, fuego, fuego; Fuego, ¡boom!, fuego, ¡boom!”.

Suenan rumores persistentes, aunque muchos de ellos no aparezcan confirmados, de que altas personalidades ligadas al poder gringo buscan ya una forma definitiva de poner remedio. Y una de ellas sería la de separarlo del cargo; no para cuando se realicen las elecciones intermedias en el noviembre próximo, sino ya. Parece que el río suena. Lo veremos.

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