Del cerro de Loreto al cerro de las Campanas

Josefina Reyes Quintanar
Al terminar la guerra de Reforma, muchos quedaron inconformes con las nuevas reformas sociales y económicas liberales del presidente Juárez. Los conservadores, la nobleza mexicana y por supuesto la Iglesia católica pedían a gritos un cambio de régimen y se les ocurrió establecer una monarquía en México. Todo encajaba a la perfección en los planes que maquinaba Napoléon III, quien intentaba revivir el Imperio francés y frenar el crecimiento de los Estados Unidos.
El 31 de octubre de 1861 se creó la Convención de Londres, una alianza formada por Reino Unido, Francia y España con el fin de realizar una intervención en la República Mexicana debido a que el presidente Benito Juárez decretó una prórroga de dos años para pagar la deuda externa a estos países europeos, una deuda que ascendía a los 80 millones de pesos; México estaba en bancarrota debido a medio siglo de conflictos y guerras constantes. Gracias al ministro de Relaciones Exteriores, Manuel Doblado, se firmó un convenio con el fin de evitar la incursión. Reino Unido y España negociaron, no así Francia, quien ya preparaba la invasión militar teniendo el pretexto perfecto de la deuda.
El conde de Lorencez, Charles Ferdinand Latrille, llegó con 6000 hombres bien armados con pistolas, carabinas con punta de metal, bayonetas y cañones en abril de 1862 al puerto de Veracruz con el fin de llegar al centro del país. Después de varios ataques, se libró la batalla del 5 de mayo en el cerro de Loreto, en la ciudad de Puebla. Aquí es donde nace un héroe, el general Ignacio Zaragoza Seguin, quien tenía bajo su mando a casi 5000 hombres, entre soldados y campesinos. Esa fue la victoria que seguimos festejando, se convirtió en un símbolo de la resistencia mexicana a la dominación extranjera. Y no es para menos, el ejército francés era considerado el mejor del mundo en ese tiempo, con fama de ser invencibles y con numerosas batallas ganadas.
Después vendrá la Segunda Intervención Francesa, el 13 y 14 de junio del mismo año se libró la Batalla del Cerro del Borrego, donde las tropas francesas sorprendieron y derrocaron al ejército mexicano. El hecho fue descrito como una desgracia por la masacre con más de 700 bajas. Lo anterior fortaleció la presencia francesa, facilitando su avance a la Ciudad de México. No olvidemos el papel de la “quinta columna” del ejército francés, así nombró Zaragoza a los conspiradores poblanos, las fuerzas conservadoras mexicanas quienes con una amplia red de colaboradores que se extendía por la ciudad de México, el Bajío y Veracruz mantenían comunicación con el ejército francés, brindando túneles y pasadizos, y no se diga comida típica para una digna recepción del enemigo.
Para 1863 ya habían arribado a territorio mexicano 30 000 efectivos más al mando del general Elie-Frederic Forey, a los que se agregaron 8000 mexicanos; el Ejército de Oriente al mando de Jesús González Ortega ya no pudo contener el ataque después de 62 días de batalla que dejó destruida la ciudad de Puebla. El 10 de junio los franceses llegaron a la Ciudad de México. Para entonces ya se había logrado una retirada estratégica del presidente Juárez con toda su comitiva de gobierno rumbo a San Luis Potosí y se esperaba la llegada de un príncipe europeo que ocuparía el trono del recién instaurado imperio mexicano: Maximiliano de Habsburgo. Esta ya es otra historia, pero sabemos que finalmente ganaron los Repúblicanos 5 años después con el fusilamiento del austríaco en el Cerro de las Campanas, en Querétaro.