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Desaparecidos, fosas, embolsados, impunidad…

Desaparecidos, fosas, embolsados, impunidad…
Foto: Jonathan Bañuelos/Mural

Partidiario

Criterios

 

Hace años que Jalisco, y en particular Guadalajara y su zona urbana, padecen un cáncer terminal que corroe sus entrañas y apenas si nos queremos dar por enterados: la exacerbada violencia que se resume en desaparecidos, ejecuciones y fosas clandestinas por doquier.

Nadie ha podido, o querido, intervenir para extirpar ese mal. Al contrario, se agrava cada día más ante la aparente, o real, indiferencia de autoridades que hasta parecen cómplices.

Lo peor es que a nadie se inmuta, que el grueso de la sociedad parece acostumbrarse o se ha mimetizado ante tanta barbarie impune: muerte, desaparición forzada de personas, atroces torturas, tours de tráileres por las calles, hace un año, cargados con centenares de cadáveres (entre 322 y 380) y, ahora, la aparición en 119 bolsas con cadáveres y restos humanos que fueron echados a un pozo en La Primavera y que, hasta el domingo 15 de septiembre, sumaban al menos 44 cuerpos cuya descomposición tenía entre dos meses y tres días al término de tan macabra extracción el jueves 12 de este mes.

Al informar sobre el término de tan horrenda tarea, el doctor Macedonio Tamez Guajardo, coordinador del Gabinete de Seguridad, afirmó que tras el hallazgo de la fosa se enteraron que el cuerpo más reciente echado al pozo en cuestión tenía una evolución cadavérica de apenas tres días.

El mismo funcionario aceptó indirectamente, sin decirlo de manera abierta, como parte de la responsabilidad gubernamental, que “sirve como una reflexión del grado de degeneración  moral al que se ha llegado en algunos sectores de la sociedad, que llegan a este número de homicidios perpetrados en forma tan dantesca”.

Antes del descubrimiento del multientierro de cadáveres y partes humanas desmembradas cerca del poblado de La Primavera, ninguna autoridad se enteró de tan horrorosa situación, pese a que el pozo convertido en cementerio se encuentra relativamente cerca de las instalaciones de la Policía Federal.

Es así que uno se pregunta: ¿cómo es que las policías estatal, municipal o federal nunca se enteraron que frente a ellos, de lado o a sus espaldas pasaran y echaran a un pozo de agua decenas de bolsas negras cargadas con cadáveres u órganos arrancados a las víctimas, que ahora mismo médicos y peritos forenses están en la tarea de recomponerlos para su posible identificación?

Con esa multitudinaria tumba extrajudicial suman en el estado más de 260 fosas clandestinas localizadas en Jalisco. Son cerca del 9% nacional de las 3 mil 24 fosas encontradas en el país, con un total aproximado de 5 mil cadáveres, de acuerdo con las cifras dadas recientemente por el subsecretario de derechos Humanos, Alejandro Encinas.

Por lo demás, parece preocuparnos poco el estimado de 40 mil desaparecidos en todo el país desde que inició la desatinada guerra contra el narcotráfico de Felipe Calderón en 2006 y que, de facto, sigue hasta la fecha.

En la descarnada dictadura de Jorge Videla, en Argentina, el número de desaparecidos fue inferior a la cifra que ahora padecemos en nuestro país: 30 mil personas.

De ninguna manera, estoy seguro, nadie quiere que se rompa el récord de desaparecidos que alcanzó Colombia hasta someter el tráfico de drogas y negociar la paz con la guerrilla: 83 mil.

Ahora  mismo, un promedio diario de 45 personas acude al Instituto Jalisciense de Ciencias Florenses en busca de sus seres queridos, de acuerdo con una nota publicada este domingo 15 en Milenio Jalisco.

También, a la fecha, Jalisco tiene uno de los índices más altos de impunidad. Escasamente 10 de cada 100 homicidios obtienen justicia.

Todo indica que después de tanto hecho macabro el grueso de la sociedad se va acostumbrando, o se ha insensibilizado, al dolor de los demás, y, lo más lamentable, ante lo trágico. Hasta la peor injusticia e impunidad le parece parte del cotidiano acontecer. Las atrocidades, cualquiera que sean, empiezan a parecerle normal.

Para desgracia de todos, palpita en el ambiente una especie de insensibilidad social  a lo más parecido a lo apocalíptico frente a ciento de miles de desaparecidos y ejecutados por ajustes de cuentas o simple criminalidad, como en pocos lugares del mundo civilizado se da.

En tanto, hay centenares de familias que pasan, o han pasado, por tanto dolor por esos actos inconcebibles, en un mundo y en un momento en el que todo parece estar de cabeza y gobernado sólo por el mal de males.

Pareciera que nada pasa, que a nadie le incumbe nada. Cada cual en su mundo, en su ámbito. No estamos haciendo algo, lo que nos toca a cada cual, para frenar este infernal maremágnum, procurar el bien y exigir cuentas a los políticos que nos gobiernan.

Poco o nada reclamamos. Pero tampoco hay una verdadera preocupación por formar en lo recto a nuestra descendencia.

En cambio, vemos grandes, multitudinarias manifestaciones allende nuestras fronteras, hasta de más de un millón de personas movilizándose por cuestiones menores en Hong Kong, por ejemplo. Aquí nos dormimos en nuestros laureles.

En cualquier otra latitud ya hubiera caído no un gobierno, sino varios, ante tanta crueldad, ante tanto desgobierno. Ante tanta corrupción y presunta complicidad  y tan abierta, tan descarada impunidad.

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Acerca del autor

Felipe Cobián

Ex jefe de Información de Notisistema y Noticentro. Excorresponsal de Excelsior, La Jornada y Proceso. Fundador de Semanario Diez y Proceso Jalisco.

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