Desde El Limón a Apulco (cuento)

Desde El Limón a Apulco (cuento)

Gabriel Michel Padilla

[Esta narración es continuación del texto “Las prisioneras del Maximato “, ubicado en la época cristera]
EL LIMÓN
Comenzó la marcha por el antiguo camino a Sayula, el que pasa por El Limón y Tonaya, luego surca todo el llano grande y después sube por los oyameles de Apango para bajar entre cantiles al valle de Sayula. Por ahí pasa el tren.

La filas eran largas, adelante iban dos mil de caballería, después la artillería y la infantería, en medio de ellos, los tres carros en que viajábamos nosotras y el señor cura y atrás los Generales con el Estado Mayor.

Pasamos por el pueblo de El Limón. La gente no sabía de qué se trataba, por una parte, vieron tantos soldados, montados en sus caballos de distintos colores y luego tres carros cargados de monjas escoltadas por militares. Así no pudieron adivinar de qué se trataba. Cuando atravesamos los potreros llenos de ganado y de cabras, los animales suspendieron su pastoreo para contemplar aquella inusitada y larga serpiente de gentes y caballos. Una manada de cuervos que venía del rumbo de Zapotlán, al vernos desde el viento, de improviso cambiaron la dirección de su vuelo y enfilaron con rumbo a la sierra de Amula.

Pasamos por la hacienda de la Cidra, la cuna de Don José Antonio González Tinajero, nuestro grande e insigne fundador, y nos encomendamos a sus oraciones que desde el cielo podría rezar por nosotras, sus hijas, ahora lastimadas. Al invocar al padre Tinajero, me sentí mal de pensar que sintiera él alguna pena por haber fundado este monasterio. Ojalá no esté apenado pensando, por ejemplo: “¿Para eso fundé este convento, para que estas pobres monjas, ahora como palomas enjauladas, hayan caído en manos de tantos hombres vestidos de verde con sus carrilleras y sus rifles terciados?” Y yo le decía: Padre Tinajero, usted no tiene por qué estar apenado, siga disfrutando de su cielo. Deje este asunto en nuestras manos.

TONAYA

Después de cruzar varias veces el río Tuxcacuesco, llegamos al pueblo de Tonaya. Nos instalaron en una casa muy elegante. El General, muy gentil nos dijo:

Esta casa me la han asignado a mí, pero yo la cedo a ustedes en premio por lo bien que se han portado, nunca había tenido unas prisioneras tan ordenadas.  Y también les voy a ser sincero, gracias a que ustedes nos acompañan, los cristeros no nos han molestado para nada, a pesar de que estamos atravesando sus territorios. Les voy a mandar de comer y el señor cura comerá con ustedes.

Cuando el general salió, el señor cura nos obsequió una mirada a todas, y  nos dijo con mucha gentileza y alegría: ¡Ánimo niñas, muchos días de estos!

Por primera vez nuestras caras macilentas y llenas de polvo se iluminaron con una sonrisa. Y cada vez que sonreíamos, el polvo se sacudía de nuestras pestañas. En la mesa había sendas jarras de agua fresca y varios chiquihuites llenos de tortillas de maíz negro, tan buenas como las que comíamos en Ejutla.

Pasamos la noche en Tonaya y muy temprano salimos rumbo al pueblo de San Gabriel. Mientras el sol se asomaba por los volcanes, comenzamos a  cruzar aquel llano grande lleno de huizaches y lagartijas somnolientas. Las ruedas de los carros parecían atascarse en aquel polvo levantadizo, y parecía que cada vez era más trabajoso que avanzaran. Recordé entonces que el temible Pedro Zamora cabalgaba por este llano haciendo cosas malas con las muchachas de todos estos pueblos, a las que se robaban él y sus secuaces en ancas de sus caballos. Yo le di gracias a Dios por no haber caído en sus garras.

APULCO

Llegamos al pueblo de Apulco, el Estado Mayor se detuvo y también nuestros carros, que para buena suerte quedaron estacionados frente de santuario dedicado a Nuestra Señora del Refugio.

Nosotras rezábamos en silencio. Los soldados de caballería también al pasar frente al atrio del santuario, se inclinaban ante la preciosa torre que parecía un relicario de arabescos, esculpida de bellas figuras. La mayoría de  los soldados al pasar frente al santuario se quitaban la cuartelera en señal de respeto. Algunos intentaban mirar hasta el fondo para verle la carita a la Bondadosa Señora, como que algunos a la pasadita le decían a La Virgen:

Perdónanos Virgencita por llevar a la prisión estas pobres monjas, ellas no tienen culpa alguna, pero tampoco nosotros. Ten la bondad de creernos pues es la purita verdad. Nosotros venimos aquí dizque cuidándolas porque los cristeros, tus cristeros, nos las pueden arrebatar. Y a propósito, acuérdate de nosotros cuando pasemos frente al cerro del “Petacal”, dicen que ahí están varios miles de cristeros tan escondidos que no se pueden ver a simple vista, dicen que Tú y tu Hijo los protegen y los hacen casi invisibles, pero que de improviso salen con sus carrilleras terciadas y sus rifles treinta-treinta dispuestos a borrar un  ejército de veinte mil soldados sin sufrir una sola baja. Por eso Virgencita, es muy necesario que veles también por nosotros, cuídanos, también nosotros somos tus hijos, eso es lo que importa, aunque no seamos cristeros. Nosotros, mientras tanto, cuidaremos de estas pobres monjitas tuyas, ellas son buenas, ellas no matan soldados ni roban ganado, ni piden préstamos a los ricos como hacen tus cristeros.

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